La Santa Escritura es la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores.

1. La Necesidad de la Escritura

La luz de la naturaleza y las obras de creación y providencia manifiestan de tal manera la bondad, sabiduría y poder de Dios que dejan a los hombres sin excusa; sin embargo, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación. Por lo tanto, agradó al Señor, en distintas épocas y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su iglesia; y posteriormente, para la mejor preservación y propagación de la verdad y para el más seguro establecimiento y consuelo de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, le agradó poner por escrito esa revelación en su totalidad, lo cual hace a las Santas Escrituras muy necesarias, habiendo cesado ya aquellas maneras anteriores por las cuales Dios reveló su voluntad a su pueblo.

2. Los Libros de la Escritura

Bajo el nombre de Santas Escrituras, o la Palabra de Dios escrita, están contenidos ahora todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamentos, que son los siguientes:

Del Antiguo Testamento:

Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías.

Del Nuevo Testamento:

Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos, Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos, Santiago, 1 Pedro, 2 Pedro, 1 Juan, 2 Juan, 3 Juan, Judas, Apocalipsis.

Todos estos libros fueron dados por inspiración de Dios para ser la regla de fe y vida.

3. Los Libros Apócrifos

Los libros comúnmente llamados Apócrifos, no siendo de inspiración divina, no forman parte del canon o regla de la Escritura y, por lo tanto, no tienen ninguna autoridad para la iglesia de Dios ni han de ser reconocidos o utilizados de ninguna otra manera más que otros escritos humanos.

4. La Autoridad de la Escritura

La autoridad de las Santas Escrituras, por la cual debe ser creída, no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios (quien es la verdad misma), el autor de ella; por lo tanto, debe ser recibida porque es la Palabra de Dios.

5. El Testimonio del Espíritu

El testimonio de la iglesia de Dios puede movernos e inducirnos a tener una alta y reverente estima por las Santas Escrituras; y la naturaleza celestial del contenido, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, la armonía de todas las partes, el fin que se propone alcanzar en todo su conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), el pleno descubrimiento que hace del único camino de salvación para el hombre, y muchas otras excelencias incomparables, y su entera perfección, son argumentos por los cuales ella demuestra abundantemente ser la Palabra de Dios; sin embargo, nuestra plena persuasión y certeza de su verdad infalible y su autoridad divina proviene de la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio en nuestros corazones por medio de la Palabra y con ella.

6. La Suficiencia de la Escritura

Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está expresamente expuesto o necesariamente contenido en las Santas Escrituras; a las cuales nada, en ningún momento, ha de añadirse, ni por nueva revelación del Espíritu ni por las tradiciones de los hombres.

Sin embargo, reconocemos que la iluminación interna del Espíritu de Dios es necesaria para un entendimiento salvador de las cosas reveladas en la Palabra; y que hay algunas circunstancias tocantes a la adoración de Dios y al gobierno de la iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de determinarse conforme a la luz de la naturaleza y de la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Palabra, que han de guardarse siempre.

7. La Claridad de la Escritura

No todas las cosas contenidas en las Escrituras son igualmente claras en sí mismas, ni son igualmente claras para todos; sin embargo, aquellas cosas que son necesarias conocer, creer y observar para la salvación, están tan claramente expuestas y reveladas en algún lugar u otro de la Escritura, que no sólo los eruditos sino también los indoctos, haciendo un debido uso de los medios ordinarios, pueden alcanzar un entendimiento suficiente de ellas.

8. La Preservación de la Escritura

El Antiguo Testamento en hebreo (que era la lengua nativa del pueblo de Dios en la antigüedad) y el Nuevo Testamento en griego (que en el tiempo en que fue escrito era la lengua más generalmente conocida entre las naciones), siendo inspirados inmediatamente por Dios y mantenidos puros a lo largo de todos los tiempos por su singular cuidado y providencia, son, por lo tanto, auténticos; de tal forma que en toda controversia religiosa la iglesia debe apelar a ellos como su autoridad final.

Pero debido a que estas lenguas originales no son conocidas por todo el pueblo de Dios, el cual tiene derecho a las Escrituras e interés en ellas y se le manda leerlas y escudriñarlas en el temor de Dios, han de traducirse a la lengua común de toda nación a la que sean llevadas, para que morando abundantemente la Palabra de Dios en todos, puedan adorarle de manera aceptable y para que por la paciencia y consolación de las Escrituras tengan esperanza.

9. La Interpretación de la Escritura

La regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma; y, por lo tanto, cuando hay duda acerca del significado pleno y verdadero de algún texto (el cual no es múltiple, sino único), éste se debe buscar en otros pasajes que se expresan con más claridad.

10. El Juez Supremo

El juez supremo, por el cual deben determinarse todas las controversias religiosas, y por el cual deben examinarse todos los decretos de concilios, las opiniones de autores antiguos, las doctrinas de hombres y espíritus particulares, y cuya sentencia debemos acatar, no puede ser otro sino las Santas Escrituras entregadas por el Espíritu; a cuya decisión así entregada se reduce nuestra fe finalmente.