Quinto sermón de la serie Moldeando el carácter de nuestros hijos a la manera de Dios, predicada por el Pastor Sugel Michelén en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (República Dominicana) el 2 de febrero de 1992.
Transcripción por Opus 4.7 Claude.
Continuamos en esta noche con la serie de sermones que hemos titulado Moldeando el carácter de nuestros hijos. Y a partir de este momento, nosotros comenzaremos a levantar la edificación, ya que en los sermones anteriores nos dedicamos únicamente a colocar el fundamento, o la zapata.
Y debo recordar que ese fundamento consta de tres presuposiciones básicas. Todo lo que vamos a decir a partir de esta noche está basado en estas tres presuposiciones que hemos establecido ya.
En primer lugar, la primera presuposición es que nuestros hijos necesitan desesperadamente ser moldeados en su carácter. Ellos no pueden moldearse solos, y necesitan desesperadamente ser moldeados en su carácter.
En segundo lugar, vimos que esa tarea de moldear el carácter de nuestros hijos recae sobre nosotros: no sobre los abuelos, no sobre los amigos de nuestros hijos, mucho menos sobre una niñera. La Escritura enseña claramente que somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de moldear el carácter de nuestros hijos.
Y la tercera presuposición es que en el desempeño de esa tarea, nuestro ejemplo como padres reforzará o destruirá la labor que estamos realizando. En el desempeño de esa tarea de moldear el carácter de nuestros hijos, nuestro ejemplo como padres destruirá o reforzará la labor que estamos realizando.
Y repito: todo lo que vamos a decir a partir de esta noche descansa sobre estas tres presuposiciones fundamentales. Si estas cosas no han encontrado un lugar en nuestros corazones, todo cuanto digamos en lo sucesivo caerá en el vacío.
Y pienso, hermanos, que quizás nunca como ahora estas cosas necesitan ser enfatizadas, en la generación en que nos ha tocado vivir. En años anteriores, hasta cierto punto recientes, se nos ha vendido la idea de que el hombre no es malo por naturaleza, de que nuestros hijos nacen como un papel en blanco, y por lo tanto basta con hablar al niño sin ningún tipo de castigo corporal, sin ningún tipo de exigencia autoritativa, y eso basta para producir seres humanos valiosos y realizados.
Y como si esto fuera poco, el hombre no se ha limitado a decir esto, sino que ha ido un paso más adelante. Y ahora se nos dice que no es necesario que los padres cumplan su papel como padres, que más bien deberían tratar a sus hijos como amigos y razonar con ellos de igual a igual, sin ningún tipo de implicación autoritativa. Y de hecho, hasta escuchamos cómo algunos hijos ya no les dicen «papá» ni «papi» al padre, sino que lo llaman por su nombre: «Juan», «Pedro», «Alberto». Y se supone que eso es parte de una nueva liberación que ha habido. Ya los padres no son padres: ahora los padres son panas de sus hijos.
Recuerdo haber leído la historia real de un padre que fue llamado a la dirección de una escuela porque su hijo era un rebelde sin causa. Los maestros ya no sabían qué hacer con él. Y cuando el director habló con ese padre, él muy afligido dijo: «Yo no sé en qué he fallado, porque yo he sido un amigo para mi hijo». El director le dijo: «En eso es que usted ha fallado. Amigos tiene su hijo en la escuela de sobra. Lo que su hijo necesitaba era un padre». Y no es lo mismo. No es lo mismo.
¿Y cuál ha sido el resultado de todo esto? ¿Acaso es cierto, hermanos, que la enseñanza moderna está produciendo seres humanos más normales, seres humanos valiosos y realizados? ¿O más bien no es cierto que vivimos en un mundo lleno de gente frustrada e insegura? ¿Cuál es la realidad de todo esto? ¿Cuál es el resultado de la enseñanza moderna?
Y quiero aclarar que no estamos diciendo con esto que los padres no deben ganarse el corazón de sus hijos. No, no es eso lo que estamos diciendo. Debemos lograr que nuestros hijos depositen su confianza en nosotros, y que en cierta forma nosotros seamos más que un amigo para ellos. Pero para lograr eso no es necesario que depongamos nuestra autoridad paterna. Una cosa no necesariamente elimina la otra: ambas deben ser sostenidas.
Dios ha puesto autoridad en el mundo. Y de hecho, es interesante notar que las dos tablas de la ley tienen que ver, la primera con nuestra relación vertical, y la segunda con nuestra relación horizontal. ¿Y cuál es el primer mandamiento de la segunda tabla de la ley? «Honra a tu padre y a tu madre, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra». Todo lo que está contenido en la segunda tabla de la ley, en lo que respecta a nuestras relaciones horizontales, descansa en ese esquema de autoridad que Dios ha diseñado. «No matarás», «no hurtarás», «no dirás falso testimonio», etcétera: todo depende directamente de ese primer mandamiento de la segunda tabla de la ley: «honra a tu padre y a tu madre».
Así que lo primero que debíamos hacer entonces era establecer estas tres presuposiciones fundamentales, convencernos como padres de estas cosas: nuestros hijos necesitan ser moldeados, somos nosotros quienes debemos hacerlo, tanto con nuestra instrucción como con nuestro ejemplo. Y habiendo puesto la zapata, vamos entonces a comenzar a levantar el edificio.
Levantando el edificio: meta, método, manera
Y ese edificio constará de tres departamentos. Ahora levantan edificios de apartamentos en bloques: el bloque A, el bloque B, el bloque C, etcétera. Nosotros vamos a levantar un edificio, y ese gran edificio consta de tres grandes bloques, tres grandes temas básicos los cuales constituirán el esqueleto de toda la serie. Todos los sermones que daremos de ahora en adelante están agrupados en estos tres grandes bloques.
¿Cuáles son? Bueno, en primer lugar, nosotros veremos cuál es la meta que debemos tratar de alcanzar. En segundo lugar, veremos cuál es el método que debemos usar para alcanzar esa meta. Y finalmente veremos cuál es la manera, o la actitud, que debemos tener para alcanzar esa meta.
Así que nuestros tres bloques del edificio no se llaman A, B y C. Vamos a ponerle: meta, método, manera. Son los tres grandes bloques que vamos a tratar. Yo no estoy diciendo que nos faltan tres sermones para terminar la serie —recuerden, hermanos, que estaremos aquí durante unos treinta domingos hablando de este asunto—. Lo que estamos diciendo es que todo el resto de sermones que faltan podemos agruparlos en estas tres palabras claves: meta, método, manera.
Comencemos entonces con nuestro primer bloque en el edificio: la meta. ¿Cuál es, hermanos, la meta que debemos tratar de alcanzar con nuestros hijos? ¿Qué es lo que esperamos lograr? Y si de veras queremos llegar a algún lado con nuestros hijos, debemos responder esta pregunta. Debemos definir claramente hacia dónde nos dirigimos.
La persona que se dirige hacia ningún lugar específico, puede ser que camine con paso firme y decidido, pero ¿saben a dónde llegará finalmente? A ningún sitio. Él salió hacia ningún sitio. Lo lógico es que, luego de haber caminado durante mucho tiempo, llegue a ningún lado.
Hermanos, debemos tener metas claras. Y más aún, esas metas deben ser bíblicas. No simplemente debemos tener metas: debemos tener metas bíblicas. Si decimos ser cristianos, debemos sentir la responsabilidad de lograr con nuestros hijos lo que Dios desea de ellos.
Hermanos, noten lo que estoy diciendo. Nosotros somos cristianos, decimos servir a Dios. Dios ha puesto a nuestros hijos a nuestro cargo. ¿Para qué? Para que nosotros hagamos de ellos lo que Dios desea de ellos, no lo que nosotros deseamos de ellos, no lo que la sociedad nos enseña que nosotros debemos hacer. Dios ha dicho en su palabra cuál es la meta que debemos tratar de alcanzar.
Y si no tenemos metas establecidas, y si esas metas no están delante de nosotros todo el tiempo, si llegamos a algún lugar correcto, va a ser por accidente. Si nosotros no hemos establecido la meta y no tenemos esas metas claras conscientemente puestas delante de nosotros, si llegamos a algún lugar correcto, será por accidente. Y yo pienso que ningún padre quiere trabajar con sus hijos por accidente. Quisiéramos saber que lo que estamos haciendo es adecuado, es correcto. Y de hecho, lo más seguro es que ni siquiera por accidente. Lo más seguro es que lleguemos a un lugar equivocado.
¿Qué dice el salmista en Salmos 127:1?
Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los edificadores. (Sal. 127:1)
Y el texto hebreo es mucho más fuerte: «Si Jehová no es quien edifica la casa, en vano han trabajado los edificadores». Aquí se vislumbra un individuo que, luego de haberse pasado la vida edificando un hogar, ahora mira hacia atrás. ¿Y qué ve? Que ha trabajado en vano. Probablemente se ha movido con paso firme y decidido, pero Jehová no ha edificado la casa.
¿Y cuándo es que Dios edifica una casa? Cuando esa casa está siendo cimentada en los principios bíblicos y en dependencia del Espíritu Santo. Esa es la casa que Dios edifica.
¿Cuál es nuestra meta? Hacer ciudadanos de dos reinos
Bien, hermanos: ¿cuál es nuestra meta? Ese es el primer bloque que estamos tratando de levantar. ¿Cuál es nuestra meta?
Para esta pregunta hay primero una respuesta general, y esa respuesta general nos llevará de la mano a una serie de detalles específicos que veremos en los próximos estudios de este bloque.
¿Cuál es la meta general? Fíjense, hermanos: la general, la amplia que debemos tener como padres en la crianza de nuestros hijos. La respuesta es muy simple. No es simple llevarla a cabo, pero es simple la respuesta. Nuestra meta general como padres es hacer de nuestros hijos buenos ciudadanos de dos reinos.
Nuestra meta general como padres, la que comprende todas las metas específicas, es hacer de nuestros hijos buenos ciudadanos de dos reinos. En primer lugar, ellos han de ser buenos ciudadanos de la nación en que les ha tocado vivir. Ellos han nacido en República Dominicana, y nosotros debemos tratar de que ellos sean buenos ciudadanos de la nación en que les ha tocado vivir: que sean obedientes a las leyes, que respeten a los gobernantes, que sean ciudadanos útiles, etcétera, etcétera.
Pero también ellos deben ser buenos ciudadanos del Reino de Dios. Buenos ciudadanos de la nación en que les ha tocado vivir, sí; pero ellos deben ser también buenos ciudadanos del Reino de Dios, de ese reino donde nuestro Señor Jesucristo es el rey soberano.
Vamos a ver algunos textos. Proverbios capítulo 24, versículo 21. Vamos a ver esta meta tal como Dios nos la ha revelado en su palabra. Dice aquí Salomón, hablándole a su hijo:
Teme a Jehová, hijo mío, y al rey; no te entremetas con los veleidosos, porque su quebrantamiento vendrá de repente; y el quebrantamiento de ambos, ¿quién lo comprende? (Pr. 24:21)
¿Cuál es el consejo de Salomón a su hijo? Le dice: «Hijo mío, tengo dos consejos para ti: teme a Jehová y teme al rey. Ambas cosas deben ser latentes en tu vida. Eres ciudadano de dos reinos: el reino terrenal, que tiene un rey terrenal; y el reino de Dios, que tiene un rey celestial».
Y esa debe ser nuestra meta como padres: que nuestros hijos sepan desenvolverse en ambos reinos.
Eso lo vemos ejemplificado en la vida de nuestro Señor Jesucristo, en Lucas 2:52. Recuerden, hermanos, que aunque nuestro Señor Jesucristo era el Dios encarnado, él era también hombre. Y como hombre, tuvo que desarrollarse en todas las etapas de la vida humana: como niño, como adolescente, como joven adulto, como un hombre maduro. Dice en Lucas 2:52:
Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. (Lc. 2:52)
Las dos cosas. Jesús se desarrollaba como ser humano, espiritual e intelectualmente, para poder funcionar en una forma adecuada tanto delante de Dios como delante de los hombres. Y el Señor Jesucristo nos enseña esto a nosotros directamente, no solo con su ejemplo.
En Mateo 22:21 tenemos aquel famoso relato donde los fariseos quieren tenderle una trampa a Cristo y ponerlo en contra del imperio que estaba gobernando Judea en aquel momento, que era el Imperio Romano. La cabeza del Imperio Romano era el César. Ellos le muestran una moneda —o no le muestran la moneda primero, sino que le dicen: «Señor, ¿debemos pagar tributos?». El Señor dice: «Enséñenme una moneda. ¿De quién es la inscripción?». «De César». ¿Cuál es la respuesta de Cristo a la trampa que le habían tendido?
Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. (Mt. 22:21)
Esa es la enseñanza que debemos dar a nuestros hijos: ellos deben aprender a dar a César lo que es de César; ellos deben aprender a darle a Dios lo que es de Dios. Esa es la meta general que nosotros debemos tratar de alcanzar. Nuestros hijos deben aprender a manejarse en este mundo en que les ha tocado vivir, pero al mismo tiempo deben aprender a conducirse en el temor de Dios. Al igual que Jesús, ellos necesitan crecer en gracia para con Dios y los hombres.
Y si nosotros queremos alcanzar esta meta, debemos entrenar a nuestros hijos en todos los aspectos de su humanidad. Debemos entrenarlos intelectualmente, físicamente, espiritualmente, moralmente, emocionalmente. Todas estas cosas son necesarias. Pero no olviden la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo en Mateo 6:33: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia».
Debemos entrenarlos físicamente, intelectualmente. Enviamos a nuestros hijos a la escuela porque queremos entrenarlos intelectualmente. Pero no olviden que lo espiritual y lo moral está primero. El Señor dice: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia». Debemos tener prioridades correctas. Y por lo tanto, a la hora de entrenar a nuestros hijos, la parte moral y espiritual debe estar por encima de todo lo demás. Esa debe ser nuestra prioridad.
Hermanos, no se puede ser un buen ciudadano de ninguno de los dos reinos si tenemos un mal corazón y si tenemos un mal carácter. Si de veras queremos tener prioridades en nuestra educación, lo moral y lo espiritual va primero. Porque se puede ser un iletrado y aún así ser un buen ciudadano de los dos reinos. Pero no se puede ser un buen ciudadano ni del Reino de Dios ni del de los hombres con un mal corazón y con un mal carácter.
Y por lo tanto, debemos decidir, hermanos, qué es lo que queremos lograr con nuestros hijos. ¿Qué es más importante para nosotros: que nuestro hijo consiga mañana una buena posición y un buen trabajo, o que sea un buen hombre y una buena mujer? ¿Qué es lo que queremos lograr con ellos? Aunque yo no estoy diciendo que una cosa necesariamente excluye la otra: se puede ser un buen hombre y una buena mujer y aún así tener una buena posición y un buen trabajo. Lo que estamos diciendo es que hay prioridades, y que el ser un buen hombre o una buena mujer es la prioridad.
Lo primero: poner el yo en su justo lugar
Para lograr esta meta, ¿qué debemos hacer? Bueno, lo primero que debemos hacer —y es el tema que vamos a tratar hoy; todo esto ha sido una pequeña introducción—, si nosotros queremos hacer que nuestros hijos alcancen esta meta y sean unos buenos ciudadanos del reino de Dios y del reino de los hombres, lo primero que debemos hacer es ayudar a nuestros hijos para que pongan el yo en su justo lugar.
Lo primero que debemos hacer para alcanzar esa meta es ayudar a nuestros hijos para que pongan el yo en su justo lugar.
Hermanos, la verdad es que nuestros hijos nacieron con el yo puesto donde no debe estar. Ellos nacieron así: el yo nació en mal sitio, y nosotros debemos ayudarlos a ponerlo en su justo lugar.
Por causa de la caída de nuestros primeros padres, el yo pasó a ocupar una posición central en la vida de todo hombre, ocupando de ese modo el lugar que le corresponde a Dios. Nosotros somos egocéntricos, somos egoístas por naturaleza. Nuestro yo está puesto en un lugar equivocado. Por eso ustedes ven cómo nuestros hijos, desde que nacen, desean llamar la atención sobre ellos, como si ellos fuesen el centro del universo, como si todo girara en torno a ellos.
Y es, por tanto, nuestra responsabilidad como padres entrenarlos para que, en vez de estar centrados en sí mismos, aprendan… ¿el qué? Porque la sociedad moderna, el humanismo moderno, nos dice: «Eso es cierto, el hombre no debe estar centrado en sí mismo, debe estar centrado en los demás». Tampoco. Eso es correcto: tampoco eso es correcto.
Nuestra responsabilidad es entrenar a nuestros hijos para que, en vez de tener una vida centrada en sí mismos, o una vida centrada en los demás, aprendan a tener una vida centrada en Dios. Eso es lo que enseña la Escritura. No es una vida antropocéntrica: es una vida teocéntrica. Debemos enseñarles que el centro de la vida no son ellos mismos. Solo Dios puede ocupar ese lugar, que le corresponde por derecho de deidad y por derecho de creación. Dios es Dios, él nos ha creado, y por lo tanto solo él, por derecho de creación y por quien él es, puede ocupar el centro de nuestra existencia.
La pregunta es: ¿y qué debemos hacer para que nuestros hijos tengan un saludable entendimiento de sí mismos? Que es el tema que vamos a tratar en el día de hoy. Nuestro tema es: cultivando un saludable entendimiento de sí mismos. ¿Qué debemos hacer para que nuestros hijos lleguen y alcancen ese saludable entendimiento personal?
Debemos hacer tres cosas. En primer lugar, hermanos, nuestros hijos necesitan una correcta imagen de sí mismos. En segundo lugar, necesitan una correcta evaluación de sí mismos. Y en tercer lugar, necesitan la habilidad de expresarse apropiadamente ellos mismos. Tres cosas.
1. Una correcta imagen de sí mismos: dignidad y humildad
Primero, ellos necesitan poseer una imagen correcta de sí mismos. Pero antes de explicar este asunto, debemos definir algunas cosas. Porque algunos psicólogos modernos —entre ellos, algunos que se autodenominan cristianos— han manipulado estos términos y los han desvirtuado terriblemente.
El mercado está saturado de libros que nos dicen que nuestros hijos necesitan desesperadamente acrecentar su autoestima. Me imagino que todos ustedes alguna vez se han topado con esta idea: nuestros hijos necesitan acrecentar su autoestima, necesitan saber que son infinitamente valiosos, y deben cultivar un fuerte sentido de amor por sí mismos.
Hermanos, estamos diciendo todo lo contrario. Estamos diciendo que nuestros hijos nacen con una sobreestima de sí mismos. Pero estos psicólogos —entre ellos, penosamente, algunos que se autodenominan cristianos—, y entre ellos no me avergüenzo, porque pienso que es una labor pastoral instruirlos y cuidarlos. Hermanos, cuidado con esos libros. Cuidado con esos libros, porque no presentan una doctrina teocéntrica, sino una doctrina antropocéntrica.
Y el texto favorito de los que apoyan esta enseñanza es Mateo 22:37-39. ¿Es cierto, hermano, que nuestros hijos necesitan acrecentar su autoestima? Vamos a verlo por la Escritura. El Señor Jesucristo, respondiendo a un intérprete de la ley que le preguntó: «Señor, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?», Jesús le dijo:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente —y Marcos añade: y con todas tus fuerzas—. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mt. 22:37-39)
Ahí es que viene el problema. Algunos interpretan este texto diciendo que solo podremos amar a Dios si amamos apropiadamente a nuestro prójimo, y que solo podremos amar apropiadamente a nuestro prójimo si nos amamos adecuadamente a nosotros mismos.
Un autor cristiano muy conocido —no en nuestro medio, pero sí en los Estados Unidos— dice lo siguiente al respecto: «Amor por nosotros mismos es, entonces, un prerrequisito y el criterio mismo de nuestro trato para con nuestro prójimo. Si no nos amamos a nosotros mismos, no podremos amar a otros. No podrás amar a tu prójimo ni tampoco amar a Dios a menos que primero te ames a ti mismo».
Hermanos, ¿es eso lo que enseña este texto? Y más aún: ¿es eso lo que enseñan las Sagradas Escrituras? Si esta enseñanza es correcta, entonces el primer mandamiento no es amar a Dios con toda la mente, amar a Dios con toda el alma, con todas las fuerzas: el primer mandamiento debería ser «ámate a ti mismo», y de ese mandamiento depende toda la ley y los profetas. Pero eso no es lo que enseña la Escritura. Cristo no dice aquí que el primero y más grande mandamiento es «ámate a ti mismo».
Y de acuerdo con la enseñanza de estos psicólogos cristianos, el amor a uno mismo es imprescindible para amar al prójimo, y ese amor al prójimo es imprescindible para amar a Dios. Entonces, hermanos, ¿cuál es, desde el punto de vista de ellos, el primero y más grande mandamiento? Pues, lógicamente, «ámate a ti mismo». Pero Cristo no dice eso. Cristo dice aquí que el primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas.
¿Dónde podemos situar, entonces, la enseñanza de Cristo en Mateo 16:24? «Si alguno quiere venir en pos de mí…» —¿qué dice?— «niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame; porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará».
Esa es la enseñanza bíblica: no «ámate a ti mismo». No «ámate a ti mismo». Todo lo contrario: la enseñanza bíblica es lo opuesto. «Niégate a ti mismo».
Hermanos, en Mateo capítulo 22 el Señor no nos está ordenando que nos amemos a nosotros mismos. El Señor, más bien, lo está presuponiendo. El Señor lo está presuponiendo. Dios nos creó con un instinto de conservación que, en cierta forma, nos lleva a amarnos a nosotros mismos. El problema es que el hombre caído ha llevado ese amor por sí mismo a un punto exagerado. El hombre caído se ama a sí mismo con fervor.
Pero Dios ha puesto en nosotros un vehículo de autopreservación. Cuando tenemos hambre, procuramos comer; cuando tenemos frío, procuramos cubrirnos; cuando estamos cansados, procuramos descansar. Y lo que el Señor nos está enseñando aquí es simplemente que debemos amar a nuestro prójimo con ese mismo fervor. Y en vez de estimularnos a amarnos más a nosotros mismos, o a acrecentar nuestra autoestima, lo que el Señor más bien nos está enseñando —y nos enseña en muchas otras partes de la Escritura— es que precisamente ese excesivo amor propio es lo que nos impide amar a Dios y amar al prójimo. Ese excesivo amor que nos tenemos a nosotros mismos es lo que nos impide amar a Dios con toda la mente, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
Por eso, hermanos, yo no podía pararme aquí sencillamente y decir «debemos procurar que nuestros hijos tengan una correcta imagen de sí mismos», porque hay mucho problema hoy día con esta declaración. Y queríamos establecer claramente qué era lo que no estábamos diciendo. Nuestros hijos no necesitan acrecentar su autoestima. Ellos tienen una estima de sí mismos bastante grande ya por naturaleza, porque son seres caídos y nacen con un egocentrismo y un egoísmo terrible. No es la autoestima lo que nuestros hijos necesitan.
¿Qué es, entonces, lo que necesitan? Una correcta imagen de sí mismos. Nosotros debemos ayudar a nuestros hijos a adquirir una correcta imagen. Y esto envuelve dos elementos esenciales: dignidad, por un lado, y humildad, por el otro.
Para poder ayudar a nuestros hijos a adquirir una correcta imagen de sí mismos, ellos necesitan dos elementos esenciales: dignidad por un lado, humildad por el otro. Sin estos dos elementos, uno al lado del otro y en tensión constante, no puede haber un entendimiento saludable de nuestra propia identidad como seres humanos.
Al contemplarnos como criaturas hechas a la imagen de Dios, veremos la dignidad que poseemos como seres humanos. Que no somos iguales que los animales. El hombre no es un animal desarrollado, como enseña la biología moderna. El hombre posee una dignidad especial. Un hombre y un perro no son iguales. No son iguales. El hombre lleva en sí mismo la imagen de Dios.
Pero al recordar que somos miembros de una raza caída y que personalmente hemos violado la ley de Dios, entonces eso nos permite contemplarnos con humildad. Ven, las dos cosas: dignidad y humildad. Y solo lograremos poseer una correcta imagen de nosotros mismos cuando nos veamos en función de tres doctrinas: la doctrina de la creación, la doctrina de la caída y la doctrina de la redención. Somos seres creados a la imagen de Dios, pero somos seres caídos que necesitamos ser redimidos por el Señor Jesucristo.
Estas tres cosas, una al lado de la otra, nos librarán de caer en extremos. ¿Y qué tenemos al día de hoy? Bueno, tenemos, por un lado, que algunas personas sobreenfatizan la dignidad del ser humano. Solo hay que ver el título de algunos libros: Tú eres alguien especial. Tú eres alguien especial. Un sobreénfasis en la dignidad del ser humano. ¿Cuál es el resultado? Orgullo, soberbia, vanagloria, independencia de Dios.
Hermanos, el evangelio moderno ha hecho a Dios un siervo del hombre. El evangelismo moderno ha hecho a Dios un siervo del hombre. ¿Por qué? Porque se ha sobreenfatizado la dignidad humana, y ese es el resultado.
Pero por el otro lado, algunos sobreenfatizan la pecaminosidad y la debilidad. ¿Cuál es el resultado? Autoconmiseración, temor, inseguridad.
Hermanos, nuestros hijos tienen que entender que ellos tienen dignidad por cuanto fueron creados a la imagen de Dios; pero también deben entender que son miembros de una raza caída, y eso los ayudará a tener su corazón puesto en su justo lugar.
Lo que la sociedad caída valora — y lo que Dios valora
Y noten que estamos yendo a la Escritura para hablar de la dignidad del hombre. ¿Por qué el hombre es digno y diferente a los animales? Sencillamente porque fueron hechos a la imagen de Dios. No por ninguna otra cosa. No por ninguna otra cosa.
Y es penoso ver cómo, al día de hoy, los hombres —incluyendo a veces muchos cristianos— valoran y dignifican a los seres humanos por otras razones. Un autor cristiano, a quien no quiero citar porque no lo recomiendo totalmente, pero pienso que este autor ha dado en el clavo, menciona cuáles son esas cosas erróneas que se toman en cuenta hoy para valorar y dignificar al hombre. Él menciona tres; yo voy a añadir una cuarta.
Una es la inteligencia. La inteligencia. Los hombres, al día de hoy, son valorados de acuerdo a su nivel intelectual. Si es muy inteligente, el individuo es buscado. Si el individuo tiene una inteligencia promedio, bueno, él está en el montón. Y si salió bruto, eso es una maldición. La inteligencia.
El segundo aspecto que se sobreenfatiza hoy es la belleza física. La belleza física. Y eso más que la inteligencia. La belleza física es un ídolo, es un arma que se le enseña a las niñas, sobre todo, a usarla desde que están pequeñas. Si nació bella, eso es ya una profesión en sí misma. La belleza física.
Tercero: habilidades atléticas. Habilidades atléticas. Si el individuo sale fuerte, con capacidad de jugar baloncesto, béisbol o cualquier otro deporte, eso también se sobreenfatiza. Y si el individuo es inteligente, buen mozo y atlético, ese individuo acabará. Eso es lo máximo a lo que puede llegar un ser humano: ser inteligente, buen mozo y atlético. Busquen los ídolos que fabrica la pantalla cinematográfica, y verán que todos son, de acuerdo a lo que dice el guion de la película, así. Hay que verlo cómo son en la vida real; pero de acuerdo al guion de la película, son inteligentes, buenos mozos y atléticos.
Y la cuarta, que podemos añadir, y que yo voy a añadir esta noche, son las habilidades artísticas: pintura, si canta bien, si toca algún instrumento musical. Esas son las cosas que la sociedad moderna exalta. Y, hermanos, penosamente, muchos cristianos han cometido el error de dignificar y valorar al ser humano en base a estas cosas.
Y desde que el mundo cayó —perdón, desde que nuestros padres cayeron— vivimos en un mundo caído donde los valores se han trastornado. Lean los cuentos infantiles, lean los cuentos infantiles, y ustedes verán allí lo que son valores trastornados. La mala siempre es fea; la buena siempre es linda. El único cuento que se sale de ese patrón es Blancanieves, porque la reina era mala y era, o sea, era hermosa, de acuerdo al cuento, aunque finalmente murió como una bruja fea. El asunto es que siempre lo feo es malo, lo bello es hermoso. Exactamente lo opuesto a lo que dice la Escritura: que Satanás se viste como ángel de luz.
Y, hermanos, quiero dar una advertencia aquí con respecto a nuestros hijos y los cuentos infantiles. Nosotros no debemos, de ninguna manera, alejar a nuestros hijos de los cuentos infantiles; pero nunca dejen que ellos examinen esos cuentos sin vuestro criterio al lado, porque no son cuentos inocuos: muchos de ellos son inicuos. Y son dos palabras muy diferentes —se parecen y suenan parecido, pero son muy diferentes—. Hay cuentos inocentes; tal vez tu hijo necesita tu ayuda para evaluar ciertas cosas.
El año pasado se estrenó aquí la película de La Sirenita. Dice la crítica que es la película más hermosa que ha hecho Walt Disney. Yo no estoy diciendo aquí que se debe prohibir a nuestros hijos ver La Sirenita. Pero miren, padres: no permitan que sus hijos vean esas cosas sin que ustedes estén al lado de ellos, porque esas películas enseñan valores incorrectos. Enseñan valores incorrectos. Muy hermosa la música, muy hermosa la película, muy bien hecha; pero el valor que se enseña detrás es inadecuado.
Cuando la Sirenita va a perder la voz y le pregunta a la bruja: «¿Cómo voy a poder conquistar al príncipe?», ¿qué le dice ella? «Usa tu cuerpo. Usa tu cuerpo». Ese es el valor que nosotros queremos enseñarle a nuestras hijas: que usen su cuerpo para conquistar a los hombres. Hermanos, no son mensajes inocentes. Y nuestros hijos, nuestras hijas, necesitan que nosotros estemos a su lado. Dejar a un niño ver televisión solo es un crimen. Es un crimen. Su mente se está llenando de basura, y él no tiene la capacidad de discernir el bien y el mal.
¿Qué debemos hacer? ¿Prohibir La Sirenita? No, hermanos. No, hermanos. Nosotros vivimos en un mundo y no podemos abstraernos completamente de él. Como menciona Gordon MacDonald en El padre eficaz: él dice que tiene en su mente la imagen de un padre como la que vio en la Segunda Guerra Mundial: un soldado con un detector de minas caminando por en medio de un valle lleno de minas explosivas, con un detector delante. Eso es un padre cristiano. Él va adelante, con el detector de minas. Él tiene que ir por el mundo. Sus hijos van a vivir en este mundo. Él no los puede aislar completamente del mundo. Pero él va delante de ellos con un detector de minas, para que los hijos sepan dónde deben pisar y dónde no deben pisar.
Hermanos, nuestros hijos no tienen criterios para evaluar esas cosas. Tomen las Tortugas Ninjas. ¿Sabían ustedes que la comisión de violencia de los Estados Unidos —que no es protestante— protestó porque esa película no se puso restringida para menores? Fue la película que tuvo más actos de violencia en el año 1990. «Ay, pero son unas tortugas». Sí, que dan patadas a diestra y siniestra. ¿Eso es lo que usted quiere que su hijo haga? ¿Eso es lo que usted quiere que su hijo haga?
Hermanos, nosotros tenemos que educar a nuestros hijos. Esa es nuestra función. No podemos abstraerlos del mundo, es cierto. Pero tampoco debemos dejarlos caminar solos por él. Y aquí hay padres que se han ido a dos extremos. Algunos han levantado una muralla china alrededor de su casa: «Nada de eso entra en mi casa. En mi casa no entra periódico, no entran revistas, no hay televisión, no hay esto ni aquello». Una muralla china alrededor: eso es lo que debemos hacer. Hay otros que se han ido al otro extremo y dicen: «En mi casa no hay murallas». No, hermanos, ni una cosa ni la otra. Ni una cosa ni la otra. Nosotros no vivimos en Marte: vivimos en este mundo. Pero debemos ayudar a nuestros hijos a tener valores correctos. Esto fue una digresión.
¿Y qué sucede, hermanos, cuando estas cosas son enfatizadas —la belleza física, el intelecto, las habilidades atléticas, las habilidades artísticas—? ¿Qué hacemos nosotros cuando sobreenfatizamos estas cosas? Que, por un lado, alimentamos el orgullo y la soberbia de aquellos que poseen esas habilidades; pero, por el contrario, alimentamos un sentido de inseguridad en aquellos que carecen de ellas.
«Ah, pero entonces usted está de acuerdo en que lo que debemos hacer es levantar el autoestima de aquellos que son inseguros». No. ¿Saben una cosa interesante? Tanto la inseguridad como la soberbia son manifestaciones de orgullo. Tanto la inseguridad como la soberbia son manifestaciones de orgullo. ¿Por qué? Algunas personas son inseguras porque se aman tanto a sí mismas que no quisieran fallar delante de los demás. Y eso es orgullo. Eso es orgullo. No es acrecentar su autoestima lo que él necesita: es tener una correcta imagen de sí mismo.
Y esas personas cuyos padres sobreenfatizaron la belleza física, la habilidad atlética, la habilidad artística o la inteligencia, y ellos no poseían ninguna de esas cosas porque Dios no se las dio, ¿saben lo que pasa con esas personas? Se pasan la vida sintiéndose culpables por no poder llenar la medida que sus padres esperan de ellos. Y se caracterizan por un constante proceso de autojustificación, porque se sienten acusados por todo el mundo. Cualquier amonestación o corrección que usted haga a una de esas personas, la verán como un ataque personal, porque son personas inseguras. Son personas inseguras.
He ahí el resultado que cosecharemos si no proveemos a nuestros hijos una correcta imagen de sí mismos: tendremos hijos soberbios, o tendremos hijos inseguros que se sienten rechazados por todo el mundo, sobre todo por sus padres. Sobre todo por sus padres.
¿Qué lección sacamos de todo esto, hermanos? Debemos mortificar esa tendencia maligna y perversa que tenemos de apreciar la belleza física y la inteligencia como si se tratasen de valores verdaderos. Al niño gracioso, todo el mundo le hace gracia. Hermanos, eso es pecado. Hermanos, eso es pecado. Y más que pecado, eso es una crueldad.
Ninguna de esas cosas tienen que ver con logros personales. El ser inteligente no es un valor. El ser hermoso no es un valor. Ahora, el esforzarse para dar el máximo de lo que tenemos —eso sí es un valor. Aquí no estamos diciendo que un niño que tiene capacidad de sacar cien y saca ochenta no debe ser amonestado por sus padres, porque su capacidad es de cien. Pero, hermanos, el que su capacidad es ochenta, cuando saque ochenta, prémielo igual que al que sacó cien, porque él se esforzó al máximo de lo que podía. Y eso es lo que debemos premiar: el esfuerzo.
Y repito: es una crueldad rechazar a un niño porque es menos agraciado físicamente, de acuerdo a los patrones que el mundo nos ha enseñado de lo que es belleza, o porque es menos inteligente. Nuestros hijos llevan consigo la imagen de Dios. Y aunque ellos mismos son pecadores, aunque ellos no son merecedores de nada, ellos llevan la imagen de Dios. Y esa imagen es valiosa.
Vamos a suponer que usted tiene una foto de su esposa en el escritorio. Muchos esposos tenemos una foto de nuestra familia o de nuestra esposa en el escritorio. Y llega un compañero suyo de trabajo y comienza a burlarse de la foto, y a reírse de la foto, y a hacer chistes a costa de la foto de su esposa. ¿Cómo se siente usted? Bueno, usted se siente mal, y le hace ver al individuo que no le está agradando el chiste. Y él dice: «Pero ¿por qué te molestas? Me estoy burlando simplemente de un pedazo de papel que no cuesta ni cincuenta centavos». ¿Qué le responde usted? Bueno: «Sí, es cierto, el papel no cuesta ni cincuenta centavos. Pero la imagen que está ahí es la imagen de mi esposa».
Hermanos, nosotros somos miembros de una raza caída, eso es verdad. Y lo que merecemos es el infierno. Pero, aún así, llevamos con nosotros la imagen de Dios. No valemos nada por nosotros mismos, eso es verdad. Pero, hermanos, aún así, llevamos con nosotros la imagen de Dios. Y Dios toma a título personal cualquier afrenta que se hace contra su imagen.
Génesis 9:3-6:
Todo lo que se mueve y vive os será para mantenimiento; así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo. Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis… porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre. El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre. (Gn. 9:3-6)
El Señor dice aquí: todo lo que se mueve y vive os será para mantenimiento. Podemos comer carne, porque Dios lo dice en su palabra. Lo que no podemos es comer carne con su sangre. O sea, que podemos matar a los animales para comerlos. «Pero el que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios es hecho el hombre». Dios toma eso a título personal, porque su imagen ha sido plasmada en ese hombre, aun en ese hombre caído.
Santiago capítulo 3, ese gran capítulo que habla de la lengua y de cómo debemos controlarla, dice en los versículos 9 al 10:
Con [la lengua] bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. (Stg. 3:9-10)
Hermanos, Dios plasmó en nuestros hijos su imagen, y aunque ellos mismos no son merecedores de nada, esa imagen divina ha sido puesta en ellos, y por lo tanto debe ser respetada. Eso es lo que concede al hombre superioridad por encima de los animales. Es allí donde radica la dignidad del ser humano.
Y si su hijo no salió agraciado, si Dios no le dio mucha inteligencia, la imagen de Dios está en él, y eso lo hace un ser humano digno. Digno.
2. Una correcta evaluación de sí mismos
¿Qué es, entonces, lo primero que debemos dar a nuestros hijos? Una correcta imagen de sí mismos. En segundo lugar, necesitan una correcta evaluación de sí mismos. Necesitan tener una correcta evaluación de sí mismos.
Dios ha repartido a todos, soberanamente, algunas habilidades y algunas características físicas y mentales. Y es importante que nuestros hijos posean una correcta evaluación de sí mismos. Hay algunos padres que se preguntan: «¿Y qué hago si mi hijo es hermoso de verdad? No soy yo quien lo dice: las personas me dicen que mi hija es hermosa, y yo quiero prepararla para que cuando ella sea grande, las personas no abusen de su belleza. Ella va a tener que enfrentar probablemente la envidia de algunas hermanas y mujeres. ¿Qué debemos hacer? Mi hijo es inteligente, ¿qué debo hacer? Nació con habilidades artísticas: son obvias que las tiene. Nació con habilidades atléticas, ¿qué debo hacer?». O también puede haber un caso de un padre que diga todo lo contrario: «Mi hijo no posee esas cualidades, de acuerdo a los estándares de belleza de la sociedad en que nos movemos. Mi hijo no es hermoso, o no posee habilidades atléticas ni artísticas. ¿Qué debo hacer?».
La respuesta es: encarar este asunto con honestidad. Encarar este asunto con honestidad. Nunca le mienta a su hijo o a su hija, porque Dios no ha de bendecir una mentira. Si Dios, en su soberanía, ha dado ciertas habilidades a su hijo, pero le ha negado otras, encare esto con honestidad y enséñele a aceptar la soberanía de Dios en esas cosas.
Romanos capítulo 12, versículo 3. Yo no estoy diciendo con esto que, si su hijo es hermoso, usted se va a pasar la vida diciéndole: «No te preocupes, tú eres hermoso, tú eres hermoso». No. Lo que estoy diciendo es que si, en un momento dado, hay problemas con eso, tú le vas a decir: «Sí, hijo mío, realmente Dios te ha dado ciertas facciones físicas. Pero eso no es importante. Eso no es importante». Tiene que aprender a lidiar con esas cosas. Pero eso no es importante.
En Romanos capítulo 12, versículo 3, dice el apóstol Pablo:
Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de la fe que Dios repartió a cada uno. (Ro. 12:3)
Los psicólogos cristianos siempre le añaden a este texto: «ni más bajo, tampoco». Pero Pablo no dice eso. ¿Saben por qué? Porque en la mayoría de los casos tenemos más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener. Y como el apóstol Pablo conoce la naturaleza humana, no puso la parte contraria. Él simplemente dijo: «Hermanos, que nadie tenga más alto concepto de sí que el que debe tener; que piense de sí con cordura».
Y nuestros hijos deben aprender a recibir críticas, lo mismo que deben aprender a recibir alabanzas y palabras de aliento cuando lo han hecho bien. Ellos deben saber lo que tienen y lo que no tienen, pero siempre bajo la perspectiva que nos enseña Pablo en 1 Corintios 4:7:
¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Co. 4:7)
¿Qué dice Pablo en 1 Corintios 15:10? «Por la gracia de Dios soy lo que soy». Esa es la perspectiva. Esa es la perspectiva. Ellos deben saber lo que tienen, lo que no tienen, pero siempre bajo esa perspectiva: «¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios como un regalo? ¿Por qué te glorías como si no lo hubieses recibido?». Nuestros hijos necesitan conocer cuáles son sus áreas fuertes, cuáles son sus áreas débiles, cuáles son sus limitaciones. Ellos deben alcanzar un correcto entendimiento de sus capacidades.
Dos extremos peligrosos al evaluar a nuestros hijos
Y padres, debemos orar a Dios que nos conceda un sentido común santificado para trabajar con estas cosas en la vida de nuestros hijos, porque esto no es fácil. No es fácil. Aquí es muy difícil no caer en dos extremos terribles. En dos extremos.
Por un lado, algunos padres alaban a sus hijos como si ellos fuesen los más inteligentes, los más hermosos o los mejores atletas del mundo. Y se lo hacen sentir a sus hijos. Se lo hacen sentir a sus hijos día tras día, sin saber que están creando un monstruo. Un monstruo. Le hacen creer que sus posibilidades son casi ilimitadas. Y, ¿saben lo que es peor? Exhiben a sus hijos delante de los demás como si fueran trofeos personales. Exhiben a sus hijos como si fuera una mercancía.
Yo no sé si a ustedes les ha pasado eso, pero yo personalmente pienso que pocas situaciones pueden ser más engorrosas que la de encontrarnos con personas que se alaban a sí mismos y alaban a sus hijos con una facilidad pasmosa. Pasmosa. Nos hablan de sus logros y de sus habilidades con una facilidad enorme. ¿Saben lo que dice la Escritura? «Alábete el extraño, y no tu propia boca; los labios ajenos, y no los labios tuyos». Eso es lo que enseña la Escritura.
Pero por el otro lado, hay algunos padres que hacen sentir a sus hijos que no sirven para nada. Que no sirven para nada. Que por más que se esfuercen, y por más que se esfuercen, nunca podrán hacerlo bien. Nunca podrán llenar la medida que sus padres esperan de ellos. ¿Saben lo que eso hace? Matarle la autoestima, no: matarle su sentido de esperanza. Ese niño dice: «Yo sé que yo nunca voy a poder hacerlo bien. Por más que me esfuerce, nunca podré hacerlo bien».
Qué terrible es cuando un padre le dice a sus hijos: «Tú nunca haces nada bien. Siempre haces las cosas mal». Hermano, le estás destruyendo a tu hijo el sentido de esperanza. El sentido de esperanza. Y él va a llegar a la convicción de que nunca podrá agradarte, nunca podrá llenar la medida de lo que tú esperas de él. Y entonces tomará por el camino de hacer todas las cosas mal, y a propósito, para llamar la atención. Porque no te olvides: él tiene una alta estima de sí mismo. Y si no puede descollar como bueno, lo hará como malo. No es que su autoestima fue rebajada: fue que su autoestima fue provocada. Provocada. Si él no puede descollar como bueno, olvídese, descollará como malo. Pero llamará la atención. Llamará la atención.
3. La habilidad de expresarse apropiadamente: masculinidad y femineidad
Finalmente, hermanos, nuestros hijos necesitan adquirir la habilidad de expresarse apropiadamente a sí mismos. Nuestros hijos necesitan la habilidad de expresarse apropiadamente a sí mismos.
¿Qué queremos decir con esto? Que debemos enseñar a nuestros hijos varones a expresar apropiadamente su masculinidad, y debemos enseñar a nuestras hijas a expresar apropiadamente su femineidad. Lo que no podemos permitir es que manifiesten ambos sexos al mismo tiempo. La Biblia dice claramente: «Portaos varonilmente, y esforzaos».
Nuestros hijos varones tienen que aprender a expresar apropiadamente su masculinidad. Nuestras hijas deben aprender a manifestar su femineidad. La Escritura nos enseña que estos sexos son distintos. Y si queremos que nuestros hijos y nuestras hijas adquieran un saludable conocimiento de sí mismos, nuestros hijos deben saber que son varones, y nuestras hijas deben saber que son hembras.
La palabra hebrea que expresa masculinidad significa fuerza. La palabra hebrea que expresa femineidad significa suavidad. Dios no creó a los hombres y a las mujeres iguales. Los creó con la misma dignidad, con las mismas capacidades intelectuales, espirituales, morales. Pero no son iguales. No son iguales.
A nuestros hijos varones: autoridad, gentileza, servicio y entendimiento
Vamos a comenzar con los varones. ¿Cuáles son esas cosas que debemos enseñar a nuestros hijos varones para que aprendan a expresar su masculinidad? Y debemos recordar que estamos aquí simplemente sentando las metas; no tenemos el tiempo para decir cómo vamos a hacer todas estas cosas, aunque al final vamos a dar una pequeña aplicación. Solamente vamos a citar cuál es la meta que debemos tratar de alcanzar.
En primer lugar, nuestros hijos varones deben aprender a manejar la autoridad, porque ellos mismos estarán luego en autoridad. Desde pequeños ellos deben aprender a ejercer autoridad. Ellos necesitan, primero, saber lo que es estar bajo autoridad. Nadie que está sin autoridad puede mañana ser autoridad. Por lo tanto, si queremos que nuestros hijos aprendan a expresar autoridad, lo primero que debemos hacer es ponerlos bajo autoridad.
Enseñarles también a ser firmes, decididos. Enseñarles a tomar iniciativa, porque todo eso está envuelto en la ejecución de la autoridad. Yo no estoy diciendo con esto que a su hijo de tres años tú le digas, para que tenga iniciativa: «¿Qué tú quieres comer hoy?». Hay cosas que nuestros hijos no pueden decidir, y necesitamos sentido común para saber cuándo vamos a comenzar a ponerle ciertas opciones por delante. Cuando tengan cierta edad: «Mi amor, podemos hacer esto o esto. ¿Cuál de las dos tú prefieres?». Enseñarles a tomar decisiones. Es penoso ver un adulto que no sabe lo que va a hacer con su vida. Nuestros hijos varones van a tener mañana una esposa, van a tener hijos, y ellos tienen que saber manejar la autoridad.
Pero al mismo tiempo, en segundo lugar, necesitan aprender a ser gentiles. La gentileza es tanto una característica de la masculinidad como lo es la firmeza de carácter. Un hombre que posea fortaleza de carácter y determinación, pero que al mismo tiempo carezca de gentileza, probablemente tendrá una fuerte tendencia a la crueldad y a la rudeza, a abusar de su autoridad.
Estas dos cosas deben ir una al lado de la otra. Cuando un hombre posee firmeza, fortaleza de carácter, decisión, pero carece de gentileza, lo más seguro generará temor en su esposa y en sus hijos. Pero por el otro lado, cuando un hombre es gentil y carece de fortaleza, de firmeza de carácter, probablemente generará inseguridad en su esposa. Es una combinación de las dos cosas que se necesitan en un hombre.
Por otro lado, también debemos enseñar a nuestros hijos varones a ser serviciales. A ser serviciales. Ellos no son unos pequeños déspotas en la casa, donde la mamá y las hermanas están allí para servirles. No. Dice la Escritura que, en el ejercicio de la autoridad, esa debe ser utilizada para servir a otros y no egoístamente para el propio provecho.
Lucas capítulo 22, versículo 24 al 27:
Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve. (Lc. 22:24-27)
Ese es el espíritu que debemos generar en nuestros hijos. ¿Qué dice la Escritura? «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella». Y desde que están pequeños debemos enseñar a nuestros hijos que ellos poseen o poseerán autoridad para servir a otros. Enseñarles a ser serviciales.
Cuarto: debemos igualmente ayudarles a adquirir entendimiento y sabiduría, sobre todo en lo que respecta al trato con las mujeres. ¿Qué dice el apóstol Pedro en 1 Pedro 3:7? «Maridos, vivid con ellas con entendimiento». Vivid con ellas sabiamente. Un hombre debe saber manejar a una mujer. Un hombre debe saber lo que es tratar a una mujer, tratarla como a vaso frágil, conocer la naturaleza femenina, conocer sobre todo a su propia esposa.
A nuestras hijas: modestia, industria y lengua misericordiosa
Y con respecto a nuestras hijas. A nuestras hijas, en primer lugar, debemos enseñarles lo que significa la modestia. Lo que significa la modestia. ¿Y qué es la modestia? La modestia es todo lo opuesto a una persona bulliciosa, sensual u ostentosa. Vayan al libro de Proverbios y encontrarán textos y textos y textos que hablan de lo desagradable que es una mujer ruidosa. Eso no es modesto.
Y debemos enseñar a nuestras hijas lo que es la modestia: una persona que no es ostentosa, que no es sensual, el tipo de persona que no busca cómo atraer la atención de los demás. Esa es la imagen opuesta a lo que la Escritura llama modestia.
1 Pedro capítulo 3, versículos 1 al 4:
Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. (1 P. 3:1-4)
En el día que tuvimos con los jóvenes el 21 de enero, el Pastor Aroche dio unas direcciones geniales a los jóvenes que estaban allí presentes. Les dijo: «Jóvenes, a la hora de fijarse en una muchacha, tomen en cuenta tres cosas: cómo se viste, cómo habla, y cómo resuelve sus problemas». Y lo ilustró con el pasaje de Tamar y Amnón. Dice que Tamar se vestía como las hijas vírgenes en Israel. No como las hijas vírgenes en el mundo, sino como las hijas vírgenes en Israel. Y las hijas vírgenes en Israel tienen una forma apropiada de vestirse, que no es la forma en que las muchachas —muchas de las cuales ya no son vírgenes— se visten en el mundo.
Hermanos, tenemos que tener muy claro esto. Y decía el Pastor Aroche a los hermanos varones: «Nunca se fijen en una muchacha que esté en el borde —que si fuera un poco más arriba, sería mundano, y un poco más abajo, sería modesto—. Porque las personas que se visten en el borde —que más arriba sería mundano y más abajo sería modesto— tienen el mundo en el corazón. Se visten en el borde, en el borde entre las dos cosas, para guardar las apariencias en la iglesia». Jóvenes, fíjense siempre en eso: cómo hablan, cómo visten y cómo resuelven sus problemas. Porque eso les va a decir a ustedes lo que es una mujer modesta.
Modestia, hermanos. Tenemos que enseñar a nuestras hijas a ser modestas. Modestia. A no ser bulliciosas. A no ser sensuales. A no querer atraer a los hombres con su cuerpo.
En segundo lugar, debemos enseñarles a ser industriosas y capaces. Industriosas y capaces. La mujer que se nos presenta en Proverbios 31 no es el tipo de mujer que no hace nada excepto preocuparse de su figura y de perder peso cuando ve que no están caminando bien en esa área. Eso no es la imagen que nos presenta Proverbios 31. Hermanos, la incapacidad no es parte integral de la femineidad. Dios espera que una mujer sea capaz. ¿Y a qué me refiero con que sea capaz?
Proverbios 31, versículos 10 al 16:
Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. El corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de ganancias. Le da ella bien y no mal todos los días de su vida. Busca lana y lino, y con voluntad trabaja con sus manos. Es como nave de mercader; trae su pan de lejos. Se levanta aun de noche y da comida a su familia, y ración a sus criadas. Considera la heredad, y la compra, y planta viña del fruto de sus manos. (Pr. 31:10-16)
Es una mujer capaz, es una mujer laboriosa, es una mujer que sabe pensar. Dios le ha dado inteligencia a la mujer, igual que al hombre. Y a veces tienen más sagacidad que los mismos hombres. Y nosotros debemos enseñar a nuestras hijas a cultivar esa inteligencia: enseñarlas a leer, a tener buenos hábitos de lectura. Y cuando sean adolescentes y ya manejen cierto dinero, debemos enseñar a nuestras hijas a ir poniendo en orden su librero, lo mismo que su ropero. Enseñarles a estudiar, a profundizar.
Y, por último, debemos enseñar a nuestras hijas a tener una lengua misericordiosa y bondadosa. ¿Qué dice Proverbios 31:26? «Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua». Debemos enseñar a nuestras hijas a ser francas, directas, pero al mismo tiempo con tacto. Que sean francas y directas, pero al mismo tiempo que tengan tacto. Una lengua bondadosa, misericordiosa. Esto es lo opuesto a ser chismosas, irónicas y manipuladoras. Chismosas, irónicas y manipuladoras.
¿Cuál es nuestra meta? Llevar a nuestras hijas a ser mujeres francas, pero bondadosas. Y ese balance no es fácil de lograr. Pero esa es la meta.
Conclusión: el ejemplo del padre y de la madre es vital
Hermanos, gracias por la paciencia que han tenido. No es mi costumbre irme más allá de una hora. Pero ya, denme dos minutos para concluir.
En todo este asunto que hemos hablado hoy, el ejemplo del padre y de la madre es vital. ¿Cómo vamos a lograr esto? ¿Cómo vamos a lograrlo? Nuestros hijos varones llegarán a ser el tipo de hombre que la Escritura describe como un verdadero hombre, contemplando cómo el padre hace las cosas, cómo toma decisiones, cómo trata a su esposa, cómo maneja la economía del hogar.
Nuestras hijas llegarán a ser mujeres virtuosas, en gran parte, contemplando el ejemplo de una madre que sabe lo que es modestia en el vestir, que sabe lo que es modestia en el hablar. Una mujer que sabe estar bajo autoridad. Una mujer reconocida entre todos los que la conocen porque tiene un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.
Hermanos, no existe ninguna fórmula mágica para lograr todas estas cosas. Recuerden: nosotros somos la primera escuela a la que nuestros hijos asisten, y ellos aprenderán a poner el yo en su justo lugar primariamente —no únicamente, pero primariamente— viendo como sus padres lo hacen.
Que Dios nos ayude a darle a nuestros hijos una correcta imagen de sí mismos, a que posean una correcta evaluación de sí mismos, a que aprendan a expresarse apropiadamente. Vamos a orar.