Cuarto sermón de la serie Moldeando el carácter de nuestros hijos a la manera de Dios, predicada por el Pastor Sugel Michelén en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (República Dominicana). Material extraído principalmente de los sermones del pastor Greg Nichols.
Transcripción por Opus 4.7 Claude.
Bien, hermanos, nosotros continuamos con nuestra serie de sermones sobre el tema de moldear el carácter de nuestros hijos. Y debemos recordar que estamos en estos momentos sentando las bases sobre las cuales hemos de construir luego nuestro edificio. Y esa base, o fundamento, consta de tres presuposiciones básicas, de las cuales hasta ahora solo hemos visto dos.
La primera presuposición que demostramos a través de la Escritura es que cada uno de nuestros hijos necesita desesperadamente ser moldeado en su carácter. Si vamos a construir un edificio sobre la crianza de nuestros hijos, debemos partir de esa presuposición: nuestros hijos necesitan desesperadamente ser moldeados en su carácter. La Escritura nos enseña que ellos no pueden moldearse solos, y que, debido al pecado y la corrupción que traen de nacimiento, la tendencia natural de ellos será hacia el pecado, no hacia la virtud.
Nuestra segunda presuposición, la cual demostramos también a través de la Escritura, es que la responsabilidad de moldear el carácter de nuestros hijos recae sobre los padres, no sobre los amigos de los niños, no sobre los abuelos, ni mucho menos sobre una niñera. Son los padres quienes tienen el deber, la obligación, la responsabilidad —y todas las palabras sinónimas que usted pueda encontrar en el diccionario—; somos nosotros los padres quienes tenemos la responsabilidad de moldear el carácter de nuestros hijos.
Y hermanos, si estas cosas no son establecidas con firmeza en nuestros corazones, el resto de los sermones que pretendemos dar en esta serie no tendrán el efecto deseado. Por eso los hemos llamado presuposiciones fundamentales: porque conforman un fundamento, una zapata básica, sin la cual no podremos construir el edificio. Debemos estar convencidos de esto si vamos a tomar en serio nuestra responsabilidad paterna. Debemos convencernos de que nuestros hijos necesitan desesperadamente ser moldeados en su carácter, y convencernos de que somos nosotros, los padres, quienes debemos hacer ese trabajo.
Y en la noche de hoy pasaremos a considerar nuestra tercera presuposición fundamental. Y debo decir, antes de comenzar, que esta es quizás la que mayor peso ha tenido en mi propio corazón, y espero que Dios me ayude a transmitir este material con toda la seriedad que este asunto amerita.
Nuestra tercera presuposición fundamental es la siguiente: en la tarea de moldear el carácter de los hijos, el ejemplo de los padres ejerce una enorme influencia, sea para bien o sea para mal. Esa es nuestra tercera presuposición. Nuestro ejemplo como padres servirá para reforzar o para destruir nuestra labor de moldear el carácter de nuestros hijos. Existe una íntima relación, que no podemos evadir y que no podemos obviar, entre nuestro ejemplo delante de nuestros hijos y nuestro esfuerzo de moldear el carácter de ellos.
Y al igual que en las noches anteriores, estaremos usando un esquema bien simple, que consta únicamente de dos puntos. En primer lugar, veremos el principio establecido y explicado. Y en segundo lugar, una vez que el principio ha sido establecido y explicado, veremos el principio aplicado.
Recuerden: el principio que estamos tratando hoy es que nuestro ejemplo como padres ejerce una enorme influencia sobre nuestros hijos —una influencia que reforzará o destruirá el esfuerzo que estamos haciendo de moldear el carácter de ellos—. Y todo lo que haremos esta noche es establecer y explicar el principio, en primer lugar; y luego que el principio ha sido establecido y explicado, vamos a aplicarlo a través de ciertas consideraciones prácticas.
Hermanos, como creo que decía hace unos domingos atrás, estamos tratando de usar esquemas de pensamiento bien simples y apegándonos a lo que dice la Escritura, para que nadie diga «el mandamiento está muy lejos y yo no puedo llegar allí». No: dice Cristo que está cerca. No estamos hablando de cosas muy complicadas aquí. No estamos hablando del teorema de Pitágoras y de cómo sacarle la hipotenusa, yo no sé qué. Estamos hablando de algo bien simple. Es simple de entender, aunque no es simple de aplicar. Estamos tratando de usar esquemas bien simples para que todo el mundo pueda comprender cuál es la enseñanza de la Escritura con respecto a estas cosas.
El principio establecido y explicado
Cuando nosotros iniciamos esta serie de sermones, hicimos énfasis en el hecho de que estamos aquí como pastores instruyendo al pueblo de Dios a través de la Palabra de Dios. Así que nuestro enfoque es bíblico, por cuanto tenemos la firme convicción de que Dios no nos ha dejado en oscuridad en lo que respecta a la crianza de nuestros hijos. De manera que todos los principios que mencionemos en esta serie de sermones pretendemos probarlos no a la luz de ciertas investigaciones, o a la luz de las últimas opiniones de los expertos, sino más bien a la luz de la infalible Palabra de Dios.
¿Y qué nos enseña la Palabra de Dios con respecto al principio que estamos tratando hoy? Nos enseña que Dios ha creado un vínculo tal entre los padres y los hijos, que es inevitable que los primeros ejerzan una enorme influencia sobre los segundos. Eso es lo que enseña la Escritura: que Dios ha creado un vínculo tal entre los padres y los hijos, que es inevitable que los padres influencien a sus hijos, para bien o para mal. Vamos a ver algunos textos que van a probar este principio en sentido general.
Juan 8: los hijos imitan al padre
Primeramente, Juan capítulo 8, versículos 30 al 36. Vamos primero al versículo 30 al 33, y luego veremos el 37:
Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él. (Jn. 8:30)
Pero no con una fe genuina, porque muchas personas a veces creen con una fe temporal en Cristo, pero Cristo no cree en ellos. «Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él».
Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres? (Jn. 8:31-33)
La palabra griega aquí es esperma: «esperma de Abraham somos», somos sus descendientes físicos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. Versículo 37:
Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros. (Jn. 8:37)
«Sé que sois esperma de Abraham, sé que sois sus descendientes físicos, pero procuráis matarme». Y los hijos tienden a imitar a sus padres. «Si vosotros fuerais hijos de Abraham, no haríais lo que vosotros estáis haciendo». Versículo 39:
Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. (Jn. 8:39-41)
«Y vuestro padre no es Abraham». Preguntan entonces a Jesús: «¿Quién es nuestro padre?». Versículo 44:
Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. (Jn. 8:44)
El Señor está diciendo aquí: cuando Dios habló a Abraham, este creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Pero ustedes no tienen la menor intención de creer en mí, quien soy el Dios encarnado; sino que más bien, por causa de mis palabras, quieren matarme, a pesar de que algunos de ustedes dicen que creen en mí.
¿Qué demuestra esto? Que estos judíos eran unos mentirosos, y que estos judíos eran unos homicidas. Por lo tanto, el padre de ellos no podía ser Abraham. Sus obras revelaban claramente quién era el padre de ellos. Dice Cristo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo. Él es mentiroso; vosotros sois mentirosos. Él es un homicida; vosotros sois homicidas».
¿Qué demuestra esto, hermanos? Que los hijos imitan a los padres. Si vuestro padre fuese Abraham, imitarían a Abraham; pero esa no es la realidad del caso. Ustedes son mentirosos, son homicidas, y por lo tanto no pueden ser hijos de Abraham. Y el principio que el Señor está trayendo aquí es: los hijos imitan a los padres.
1 Corintios 4: imitadme
Primera de los Corintios capítulo 4, versículos 14 al 16. Ahora el apóstol Pablo, escribiendo a los hermanos de Corinto:
No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis. (1 Co. 4:14-16)
«Por tanto, os ruego que me imitéis». Pablo está dando por sentado el mismo principio: los hijos tienden a imitar a los padres; eso es lo natural. Y dado que «yo os engendré por medio del evangelio, os ruego que me imitéis». Os ruego que llevéis adelante este principio natural: imítenme a mí; yo soy vuestro padre en el evangelio.
Efesios 5: imitadores de Dios
Efesios capítulo 5, versículos 1 y 2. Una vez más el apóstol Pablo aplicando este principio del reino físico a la vida espiritual:
Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. (Ef. 5:1-2)
Pablo dice: vosotros decís que sois hijos de Dios, y lo natural es que los hijos imiten a los padres. Si sois hijos de Dios, debéis imitar a Dios, sobre todo en el aspecto del amor, la benignidad, la misericordia hacia aquellos que nos agreden. Ese es el contexto. Noten en Efesios 4:31-32:
Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. (Ef. 4:31-32)
Dice el apóstol Pablo: en el pasado éramos enemigos de Dios, pero Dios tuvo misericordia de nosotros; pecamos contra él, pero él nos perdonó en Cristo. Así que si de veras somos sus hijos, debemos imitarle a él en esto, sobre todo cuando alguien nos agrede, nos ofende, nos ataca.
¿Cuál es el principio que vemos en todas estas ilustraciones —en el caso de Abraham y sus hijos, en el caso de Pablo y sus hijos, en el caso de Dios y sus hijos—? El mismo principio: los hijos imitan a sus padres. Eso es una realidad que la Escritura da por sentado.
Las historias del Antiguo Testamento como ejemplos
Y este principio, que nosotros vemos en esas relaciones espirituales, lo podemos ver ejemplificado en las relaciones naturales de padres reales e hijos que encontramos en la Escritura. Y recuerden, hermanos, que el propósito de estas historias bíblicas que aparecen en la Escritura —de Abraham y sus hijos, Isaac y sus hijos, Jacob y sus hijos, David y sus hijos—, el propósito por el cual el Espíritu Santo inspiró esas historias y las dejó registradas en el sagrado libro, no era simplemente entretenernos ni entretener a nuestros hijos. El propósito es que nosotros podamos extraer lecciones espirituales de esos ejemplos. Dice Pablo en 1 Corintios 10:11:
Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. (1 Co. 10:11)
Estas historias están allí no como una mera entretención, sino para darnos ciertas lecciones.
Abraham e Isaac: la mentira que se hereda
Y allí tenemos, por ejemplo, el caso de Abraham y su hijo Isaac. Abraham fue indudablemente un gran hombre de fe; pero en dos ocasiones consecutivas cometió un grave error. ¿Cuál fue el error de Abraham? El error de querer resolver un posible problema a través de la mentira —digo «un posible problema» porque el problema no se había presentado, pero Abraham lo supuso, que podría suceder, y se salvó, o se curó en salud, como nosotros decimos, diciendo una mentira—.
Génesis capítulo 12, versículos 11 al 13:
Y aconteció que cuando estaba para entrar en Egipto, dijo a Sarai su mujer: He aquí, ahora conozco que eres mujer de hermoso aspecto; y cuando te vean los egipcios, dirán: Su mujer es; y me matarán a mí, y a ti te reservarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que me vaya bien por causa tuya, y viva mi alma por causa de ti. (Gn. 12:11-13)
Aquí había una media verdad, porque ella era su media hermana; pero una media verdad es una mentira, en este caso, porque la intención del corazón de Abraham era una intención mentirosa. Él quería dar a entender una cosa que no era cierta. Y Abraham, en este caso, mintió para resolver su problema.
Y vemos el mismo ejemplo en Génesis capítulo 20, versículos 1 al 5. Abraham y Abimelec:
De allí partió Abraham a la tierra del Neguev, y acampó entre Cades y Shur, y habitó como forastero en Gerar. Y dijo Abraham de Sara su mujer: Es mi hermana. Y Abimelec rey de Gerar envió y tomó a Sara. Pero Dios vino a Abimelec en sueños de noche, y le dijo: He aquí, muerto eres, a causa de la mujer que has tomado, la cual es casada con marido. Mas Abimelec no se había llegado a ella; y dijo: Señor, ¿matarás también al inocente? ¿No me dijo él: Mi hermana es; y ella también dijo: Es mi hermano? Con sencillez de mi corazón y con limpieza de mis manos he hecho esto. (Gn. 20:1-5)
Hermanos, la Escritura no oculta las debilidades de sus héroes. Más bien las pone allí como una advertencia para nosotros. Ahora bien, noten la repercusión que esto tuvo en la vida de Isaac. Génesis capítulo 26, versículos 6 al 7:
Habitó, pues, Isaac en Gerar. Y los hombres de aquel lugar le preguntaron acerca de su mujer; y él respondió: Es mi hermana; porque tuvo miedo de decir: Es mi mujer; pensando que tal vez los hombres del lugar lo matarían por causa de Rebeca, pues ella era de hermoso aspecto. (Gn. 26:6-7)
Aquí está el hijo de Abraham utilizando el mismo patrón de conducta: «es mi hermana». Seguramente Abraham nunca enseñó a Isaac a hacer las cosas de esta manera; seguramente nunca le enseñó a mentir en una forma deliberada. Pero su ejemplo fue fatal para su hijo en esa área.
Y, hermanos, repito: estas historias están en la Escritura no para que algunos malvados y perversos las tomen como una excusa, diciendo: «Ah, pero si eso fue Abraham, qué se puede esperar de mí». No: solo una mente carnal no regenerada puede tomar la Escritura como una fuente de tropiezo. Dice Cristo: «Bienaventurados los que no encuentran tropiezo en mí». Estas historias están allí como una advertencia, una advertencia de lo que nos puede suceder si nos descuidamos, y de las trágicas consecuencias que tendrán en nuestras vidas esos descuidos.
Así que, antes que tomar estos textos como una excusa para pecar, la sabiduría más bien nos mueve a correr en un sentido opuesto, al ver los terribles frutos que estos hombres cosecharon a corto y a largo plazo. Todavía en la vida de Jacob y de sus hijos, los nietos y los bisnietos de Abraham, podemos ver algunos de los estragos que ese patrón de conducta pecaminoso causó en esa familia. Así que no debemos tomarlo como una excusa para pecar, sino más bien como una advertencia para alejarnos del pecado.
El caso de Elí
Cómo los hijos tienden a imitar a sus padres, y cómo esta imitación será una fuente de bendición o de maldición para ellos. Hermanos, vean el ejemplo de Elí. Elí fue un hombre piadoso, temeroso de Dios; sin embargo, Elí tenía muchas debilidades en su crianza. Sobre todo, aparentemente, este hombre tenía una fuerte debilidad en su dominio propio. Y como lo sabemos —dice la Escritura— era un hombre gordo, era un hombre grueso, pesado de cuerpo: no tenía dominio propio en el comer. Y al no tener dominio propio en el comer, junto con muchas otras debilidades, Elí causó estragos en la vida de sus hijos, a pesar de haber sido un hombre piadoso y a pesar de haber intentado instruirlos en el temor de Dios. Pero sus debilidades como padre, y su falta de dominio propio, causaron estragos fatales y de trágicas consecuencias en la vida de sus hijos.
Y todo padre que desee de corazón moldear el carácter de sus hijos debe conocer este principio y tomarlo en cuenta con toda la seriedad y con todo el peso que este asunto amerita. Hermanos, nuestros hijos nos imitan a nosotros.
Una ilustración personal
Yo recuerdo, hace unos años atrás, que una de mis hijas, cuando estaba pequeña, comenzó a hacer una mueca extraña con la cara. Y yo decía: «Pero ¿quién le habrá enseñado esta mueca tan rara y tan fea?». Un día, por casualidad, descubrí el misterio: fui yo mismo quien se la enseñó. Porque cuando yo daba reversa en el carro, y mis hijos siempre se sentaban detrás, yo tendía a subir los lentes con la nariz para poder ver bien. Y ella me estaba simplemente imitando a mí, haciendo exactamente la misma mueca que yo hacía. Yo era el culpable; yo le enseñé a mi hija a hacer esa mueca tan extraña.
¿Por qué los hijos imitan a los padres?
Los hijos imitan a los padres. Y alguien se preguntará: ¿por qué es esto así? ¿Por qué razón los hijos imitan a los padres? Yo pienso que conocer la respuesta de esta pregunta nos ayudará a comprender la manera en que nuestros hijos funcionan internamente.
¿Por qué los hijos imitan, o tienden a imitar, a los padres? Por tres cosas.
Primera: somos sus modelos obligados
En primer lugar, ellos tienden a imitarnos porque, durante una buena parte de su vida, nosotros somos sus modelos obligados. Ellos irán creciendo hasta llegar a ser hombres y a ser mujeres. Pero ¿dónde encontrarán ellos los modelos que les enseñen cómo se supone que deben comportarse los hombres y las mujeres? Bueno, obviamente, ellos tomarán sus modelos del universo en que viven. Y en ese universo en que ellos viven, los padres jugamos un papel protagónico durante muchos años.
Hermana, tu hija no puede ver cómo la hermana tal que es muy piadosa se somete a su marido y lo trata con respeto. Tu hija no puede ver eso, sencillamente porque ella no vive en esa casa, ella no vive en ese lugar, y esos patrones no se captan en una breve visita.
Hermano, tu hijo varón no puede saber cómo el hermano tal gobierna con sabiduría, con firmeza y con ternura a su esposa y a sus hijos, porque él no vive allí. Ellos conocen el patrón de vida de nuestro hogar. Para ellos, ese es el único patrón que existe, porque no han visto otro. Y cuando ellos vengan a captar que ciertamente hay otros patrones de vida, sus caracteres ya estarán encaminados por el camino que nosotros, como padres, les hemos trazado. Nosotros somos sus modelos.
Y eso es algo tan trascendental que muchos de nosotros copiamos inconscientemente algunos patrones de conducta que, cuando éramos pequeños, no nos agradaban. Pero, aun así, los copiamos, porque ese fue el universo donde nosotros crecimos.
Segunda: heredan características de nuestro temperamento
En segundo lugar, los hijos tienden a imitar a los padres porque ellos heredan genéticamente algunas características de nuestro temperamento. Así que ellos no solamente se parecen a ti físicamente, sino que también se parecen a ti internamente. Eso ciertamente es un misterio; pero los que tienen hijos saben que estamos hablando de algo real, y decimos: «Oye, pero fulanito sacó el mismo carácter que su madre», o «coge los mismos piques que tu padre». Un problema genético.
Vamos a Génesis capítulo 5 para demostrar esto bíblicamente. Génesis capítulo 5, versículos 1 al 3:
Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados. Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set. (Gn. 5:1-3)
Dios creó al hombre a su imagen y a su semejanza. Y debemos decir que esa imagen y semejanza divina no se perdió en la caída, sino que quedó distorsionada. ¿Y por qué quedó distorsionada genéticamente, hereditariamente? Porque a partir de la caída, Adán y Eva engendraron hijos ya no conforme a la imagen de Dios, sino conforme a la imagen de un hombre caído. Y a partir de ese momento, esa imagen de Dios iba a pasar distorsionada a través de la herencia de los padres, de tal manera que nosotros engendramos hijos a nuestra semejanza —y, repito, no solo en el sentido físico, sino más bien en el sentido interno—.
Aunque es necesario que digamos algo respecto a los temperamentos. Los temperamentos en sí mismos no son malos ni son buenos: todos los temperamentos tienen sus virtudes y sus peligros. Son neutros; no son malos ni son buenos.
Por ejemplo, si una persona es apacible, eso es bueno. Es bueno que una persona sea apacible, quieta, tranquila. Pero puede ser que esa persona adquiera una tendencia a huir de los problemas en momentos en que tal vez debe enfrentarlos. Así que es bueno ser apacible, pero también tiene sus peligros: la de huir de los problemas en vez de enfrentarlos bíblicamente.
Tener determinación y firmeza de carácter, eso es bueno. A veces yo escucho cómo los padres dicen: «Mi hijo tiene un carácter fuerte». Hermano, si tu hijo tiene un carácter fuerte, dale gracias a Dios; eso es una bendición. Tener firmeza de carácter, determinación, eso es bueno. Pero esa forma de ser encierra el peligro de ser sobredogmático en algunas cosas en que no debemos hacerlo; o el riesgo de llevarte por encuentro a toda persona que no cree exactamente como yo creo; el riesgo de ser intolerante. Es bueno tener firmeza de carácter, es bueno ser una persona con determinación, pero tiene sus peligros.
Así que debemos saber que nuestro ejemplo tendrá una enorme influencia en nuestros hijos a la hora de canalizar esos temperamentos. Por ejemplo, si somos muy decididos, pero esa forma de ser la canalizamos por el camino de la terquedad y de la aspereza, es de esperarse que nuestros hijos —o el hijo que heredó este gen— tiendan a imitarnos en ese asunto. Para él será fácil seguir el mismo curso de acción que nosotros, porque él nació con una tendencia natural hacia ese temperamento nuestro; y lo que está haciendo nuestro ejemplo es moviéndolo eficazmente a canalizar eso por un camino equivocado. Eso que fue una bendición que Dios nos ha dado en nuestro hijo, nosotros nos estamos encargando de canalizarlo por un camino de perdición. Él nació con decisión; nosotros lo hicimos terco. Nosotros lo hicimos intolerante con nuestra forma de ser.
Así que el temperamento no es malo ni es bueno. Pero nuestros hijos tenderán a imitarnos, y ellos canalizarán su temperamento heredado de nosotros de acuerdo a las actitudes que nosotros asumamos en nuestra vida.
Tercera: es más fácil seguir el ejemplo que la instrucción
Y en tercer lugar, nuestros hijos tienden a imitarnos porque es más fácil para ellos seguir nuestros ejemplos antes que nuestras instrucciones. Es más fácil para ellos seguir nuestro ejemplo que nuestras instrucciones. De hecho, en muchas ocasiones es nuestro ejemplo el que terminará definiendo en la mente de nuestros hijos el significado de nuestras instrucciones.
Por ejemplo, cuando una madre le dice a su niño de dos o tres años que debemos ser gentiles, para ese niño en ese momento el concepto es un poco abstracto. El niño no puede definir con toda exactitud lo que la palabra «gentil» significa. Pero él está observando a la madre día tras día, minuto tras minuto: cómo la madre le habla al servicio que trabaja en la casa, cómo la madre le habla a su papá, cómo la madre corrige al mismo niño —sobre todo en aquellos momentos en que el niño comete una falta que afecta a la madre directamente, por ejemplo, entrar con los pies sucios de tierra en la casa cuando acaba de ser trapeada—. Es una falta; el niño debió tener consideración. Pero aquí estamos hablando de la manera en que la madre reacciona ante la falta del niño que la ha afectado a ella directamente, ha afectado su trabajo.
Entonces, este niño, que no ha tomado un diccionario para buscar lo que significa la palabra «gentil», tiene en su madre su propio diccionario. Hermana, tú eres para tu hijo un pequeño Larousse: eso es lo que tú eres para tu hijo. Tú le das la instrucción, pero es tu ejemplo lo que está contribuyendo a definir en la mente del niño lo que el concepto realmente significa.
Si tú preguntas a este niño «¿cómo debemos tratar a los demás?», en el 99.9 por ciento de los casos el niño responderá «con gentileza». Pero a la hora de tratar a los demás, lo que él hará es hacer exactamente lo que hace su mamá. El niño te dirá intelectualmente el concepto, pero a la hora de actuar él lo hará como ha aprendido observando a su madre, observando a su padre día tras día en la forma en que tratan a los demás.
Y eso se aplica a todas las cosas, no solamente a la gentileza. Se aplica a la forma en que los padres reaccionan ante los problemas de la vida. Se aplica a la forma en que ellos toman decisiones. Se aplica a la forma en que valoran las cosas. Se aplica en la manera en que visten. Todo, todas las cosas. Hermanos, debemos saber que nuestros hijos siguen más fácilmente nuestro ejemplo antes que nuestras instrucciones.
Eso no quiere decir que no debamos darles instrucciones. Sí debemos instruir verbalmente a nuestros hijos. Vean algunos textos en el libro de Proverbios:
Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello. (Pr. 1:8-9)
Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura. (Pr. 4:1)
Versículo 10: «Oye, hijo mío, y recibe mis razones, y se te multiplicarán años de vida». Versículo 20: «Hijo mío, está atento a mis palabras». Capítulo 5, versículo 1: «Hijo mío, está atento a mi sabiduría». Versículo 7: «Ahora, pues, hijos, oídme, y no os apartéis de las razones de mi boca». Capítulo 6, versículo 1: «Hijo mío, etcétera, etcétera».
Aquí no estamos hablando de cambiar una cosa por otra. No estamos hablando de que ambas cosas son necesarias para la crianza de nuestros hijos: instrucción y ejemplo. Pero nunca olvides que el ejemplo siempre será más determinante que tu instrucción, porque es más fácil para tu hijo seguir tu ejemplo antes que seguir su instrucción.
Ilustración de Abbott: el niño airado y la madre airada
Y el señor Abbott, en su libro La madre en el hogar, nos presenta un caso típico: el caso del niño que se aira en un momento dado contra su hermanita y le pega airado. La madre observa la situación, se aira con el niño, y entonces le pega airada.
¿Qué ha sucedido allí? Bueno, aquí ha sucedido que tanto el hijo como la madre han pecado contra Dios. Aquí ha sucedido que ambos han cometido el mismo crimen. El niño se airó y golpeó; la madre se airó y golpeó. Es el mismo crimen.
Aquí no ha habido instrucción, aquí no ha habido crianza, aquí no ha habido disciplina. Aquí lo que ha habido es el refuerzo de una actitud pecaminosa de parte del niño. De ahora en adelante, este niño tendrá miedo de volver a golpear a su hermanita delante de su mamá. Pero aquí no ha habido instrucción. Lo que ha habido a partir de ahora es un refuerzo de la actitud pecaminosa del niño.
¿Qué ha aprendido el niño? Que cada vez que él se aire y su mamá no esté ahí, debe golpear, porque eso es lo que mami hace. Eso es exactamente lo que mami hace: «Yo cometo una falta, ella se aira y me pega airada. Eso fue lo que yo hice. Entonces, ¿cuál fue mi falta? Mi falta fue hacerlo delante de ella. Debí ser más astuto para la próxima vez». Y hermanos, eso es lo que muchas veces los padres hacen con sus hijos.
Resumen del principio
Así que aquí las tres razones de por qué nuestro ejemplo ejercerá una influencia tan determinante en la vida de nuestros hijos, para bien o para mal:
- Ellos nos tienen como sus modelos.
- Ellos han heredado genes que fueron traspasados a ellos en nuestro temperamento, nuestro carácter.
- Ellos siguen más fácilmente el ejemplo que la instrucción.
El principio aplicado
Pero lo que vamos a hacer ahora, ya que el principio ha sido establecido, es aplicarlo. Estamos diciendo —y creo, con la ayuda del Señor, que hemos podido demostrar que es ciertamente así— que nuestro ejemplo será determinante para ellos, para bien o para mal. Vamos a tomar estos dos aspectos y a tratarlos uno por separado: cómo nuestro mal ejemplo mina nuestro esfuerzo de moldear el carácter de nuestros hijos, y cómo nuestro buen ejemplo podría reforzarnos.
Cómo el mal ejemplo mina nuestros esfuerzos
Vamos a comenzar primero con el mal ejemplo. Hermanos, nuestro mal ejemplo minará nuestros esfuerzos al tratar de moldear el carácter de nuestros hijos. ¿Por qué? También por tres razones.
Primera: cerrará nuestra boca
En primer lugar, porque nuestro mal ejemplo cerrará nuestra boca y nos hará más difícil la labor de disciplinarlos. ¿Por qué razón nuestro mal ejemplo minará nuestros esfuerzos? Porque ese mal ejemplo terminará cerrando nuestra boca y nos hará más difícil la labor de disciplinar.
Cuando un padre o una madre pierde los estribos a menudo delante de sus hijos, a la hora de tener que corregirlos por ser ásperos y mal hablados, las conciencias de estos padres los molestará. Y eso les dificultará la labor de disciplinarlos.
Hermano, te verás retratado en ellos. Te verás retratado en ellos, y eso no te permitirá hacer con tranquilidad lo que debes hacer, porque tendrás una conciencia herida, tendrás una conciencia cargada. Hermano, no lo olvides: tu mal ejemplo cerrará tu boca a la hora de tener que corregir a tu hijo. Y esa tarea, que ya de por sí es bien difícil para un padre, será mucho más difícil para ti. Tu conciencia te molestará, y esa molestia de conciencia obstaculizará el que tú hagas lo que debes hacer: disciplinar a tu hijo.
Segunda: cerrará los oídos de tu hijo
En segundo lugar, tu mal ejemplo no solo cerrará tu boca, sino que también cerrará los oídos de tu hijo, y lo provocará a ira. Hermano, no pienses que ellos están pasando por alto las cosas que están viendo en ti. Dice el pastor Nichols que nuestros hijos no son tan estúpidos como nosotros creemos. Hermano, no pienses que tus hijos no te conocen. No pienses que ellos no te están observando día tras día, minuto tras minuto. Y a medida que el tiempo pasa, te conocen cada vez mejor. Y cuando tú los corriges por causa de su mal temperamento, de su mal carácter, ellos piensan dentro de ellos mismos: «¿Pero qué acerca de tu temperamento? ¿Qué acerca de tu carácter? ¿Qué acerca de tu amargura de ánimo, la forma en que tú respondes delante de las aflicciones, delante de las situaciones adversas de la vida?».
Hermanos, muchos de nuestros hijos no escuchan las amonestaciones de sus padres sencillamente porque no los respetan. Sencillamente porque no los respetan. Y cuando ese padre falla delante de sus hijos, y no se arrepiente delante de ellos, y no les pide perdón por lo que ha hecho, y los hijos no ven que en verdad ese padre está luchando por mortificar ese pecado, esa debilidad, todo eso contribuye terriblemente a minar la autoridad de ese padre o de esa madre. Mina la autoridad.
Hermano, cuando falles delante de tus hijos, y ellos han sido testigos de que has hablado con aspereza —aun sea a ellos mismos—, tu deber es pedirle perdón a tus hijos. No justifiques tu pecado delante de ellos. Si en algún momento te has airado y le has pegado con ira a tu hijo, y le has hablado con aspereza, hermano, tu deber como padre es llamar a tu hijo y, sin ninguna justificación, arrepentirte delante de él y pedirle perdón por la falta que has cometido. Y, sabes una cosa, cuando haces eso, tu autoridad se acrecienta. Te gigantas delante de tu hijo, porque estás tratando con tu pecado bíblicamente.
Y si eso ha sucedido en el contexto de una corrección, como el caso que presenta Abbott, donde el niño hizo algo malo y esa madre se airó por lo que el niño ha hecho mal: ¿qué debe hacer la madre? La madre debe buscar al niño y decirle: «Mi amor, yo te pegué por una razón justa. Yo debí pegarte; lo que hiciste no estuvo bien. Pero yo lo hice mal, y te pido perdón. No por haberte pegado, porque te merecías la pela; te pido perdón por haberte pegado con ira». Eso es lo que una madre debe hacer: llamar a su hijo y lidiar con su pecado delante de él.
Tercera: producirá autojustificación en ellos
Y en tercer lugar, tu mal ejemplo obrará en tus hijos un proceso de autojustificación de sus propios pecados. Tu mal ejemplo obrará en tus hijos un proceso de autojustificación en sus propios pecados. Si tú, que eres su padre, o que eres su madre, no estás trabajando consistentemente en la mortificación de tus pecados, ¿por qué tú esperas que ellos lo harán? Tú, que eres su modelo, tú, que eres su ejemplo, su padre, su madre: si tú no estás trabajando en la mortificación de tus pecados, ¿por qué tú esperas que tus hijos trabajarán en la mortificación de los de ellos?
Hermanos, ¿se dan cuenta del efecto devastador que tienen en nuestros hijos nuestros malos ejemplos? Esos malos ejemplos cerrarán nuestra boca, cerrarán sus oídos, y llevarán a nuestros hijos al terrible terreno de la autojustificación.
«¿Y la gracia de Dios?» — tres respuestas
Alguien puede estarse preguntando: «Ah, pero ¿qué de la obra de gracia de Dios? ¿Acaso no puede la gracia de Dios obrar en mis hijos y eliminar los efectos nocivos de mi mal ejemplo?». A eso yo tengo tres respuestas que dar. Sí, es cierto que la gracia de Dios puede obrar en tus hijos e impedir —o no impedir, sino más bien echar atrás— los efectos nocivos de tu mal ejemplo, pero solo hasta cierto punto. Y hay tres cosas que debes tomar en cuenta cuando el diablo te ponga ese pensamiento en tu mente.
En primer lugar, que es tu responsabilidad delante de Dios ser un buen ejemplo para tus hijos, y Dios te pedirá cuenta por ello. Tal vez Dios tome a tu hijo, lo saque de tu mal ejemplo, lo regenere, y por la gracia lo haga un gran hombre de Dios, una gran mujer de Dios. Pero cuando llegues delante del trono de Dios, tendrás que darle cuenta a él por el mal ejemplo que le diste a tu hijo, porque esa fue tu responsabilidad. Dios te puso ese niño en tus manos para que tú moldees su carácter, y Dios te pedirá cuenta a ti.
En segundo lugar, no tientes a Dios de ese modo. No tientes a Dios de ese modo. Si crías a tu hijo como un perverso, lo más probable es que, cuando crezca, sea un perverso. Si todo el tiempo estás dándole a tu hijo un ejemplo de lo que es ser una mujer iracunda, de lo que es ser un hombre iracundo: hermano, hermana, no tientes a Dios; lo más seguro, eso es lo que cosecharás con tu hijo. Dice el apóstol Pablo en Gálatas:
No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. (Gá. 6:7)
No tientes a Dios de ese modo.
Y la tercera respuesta que te voy a dar en esta noche es la siguiente: aun si se conviertan a Dios y la gracia de Dios obra en ellos, tendrán que vencer muchos obstáculos para su piedad —obstáculos que tú te encargaste de levantar durante toda su vida—. Y cuando esos niños lleguen al evangelio sin hábito de lectura, sin tener dominio propio, con un temperamento irascible, ellos tendrán ahora que comenzar a luchar, con la gracia de Dios, con ese temperamento, con esos pecados. Y fuiste tú, hermano, quien le levantaste a tu hijo todos esos obstáculos durante toda su vida.
Aclaración: el ejemplo no justifica el pecado
Aunque debo hacer una aclaración aquí, porque dice el apóstol Pablo que no debemos ignorar las maquinaciones de Satanás. Yo no estoy diciendo con esto que el mal ejemplo de los padres justifica el pecado de los hijos. No, no, no. Cada cual dará cuenta delante de Dios por su pecado.
Y cuando el apóstol Pablo escribía, por ejemplo, en Efesios capítulo 5: «Hermanas, estad sujetas a vuestros maridos», la mayoría de mujeres que estaban allí en la iglesia no vieron ese ejemplo en su casa. Fueron personas redimidas por la gracia de Dios de un mundo pagano. Pero Dios les decía: «Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos». Y ellas no podían decir: «Ah, pero yo no vi ese patrón de conducta en mi casa. Mi madre le hablaba mal a mi padre; mi madre nunca respetaba las disposiciones de mi padre; mi madre siempre hacía lo que le venía en gana». No: «Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos».
El ejemplo de los padres nunca será una justificación para el pecado de nadie. Eso no es lo que estamos diciendo. Lo que estamos hablando aquí, hermanos y hermanas, es del efecto devastador que tienen sobre nuestros hijos nuestros malos ejemplos. No justificando el pecado de nadie, pero tienen un efecto devastador. Y aun si la gracia de Dios redime a nuestros hijos a pesar de nuestra irresponsabilidad, nuestros hijos tendrán que vencer muchos obstáculos para ser grandes hombres y mujeres de Dios. Y todo padre que ame a su hijo o a su hija debe tomar esto muy en serio. Debe tomar esto muy en serio.
Cómo el buen ejemplo restringe la maldad
Veamos ahora el ejemplo opuesto. Esto hace el mal ejemplo. Sin embargo, el buen ejemplo de los padres, para dar una nota positiva, tiene el efecto de restringir la maldad en el corazón de los hijos. El buen ejemplo de los padres tiene el efecto de restringir la maldad en el corazón de los hijos. Y esto también, por tres razones.
Primera: abrirá tu boca con buena conciencia
En primer lugar, porque el buen ejemplo abrirá tu boca para corregirlos con una buena conciencia. Tu buen ejemplo abrirá tu boca para corregirlos con una buena conciencia. Tendrás la tranquilidad, hermano y hermana, de saber que, aunque no eres perfecto —porque ningún padre lo es—, aunque no eres perfecto, tus hijos han sido testigos de cómo has estado lidiando bíblicamente con tus pecados. No que eres perfecto, pero tus hijos han visto día tras día, vez tras vez, cómo has estado lidiando bíblicamente con tu pecado.
Cómo aquel día que llegaste a tu casa molesto por una situación de trabajo, y tu hijo o tu hija te molestó, y le respondiste con aspereza. Sin embargo, tu hijo y tu hija vieron cómo tú te llamaste a tu hijo aparte y le dijiste: «Mi amor, cuando llegué del trabajo, tu padre se airó delante de ti. Quiero pedirte perdón, porque yo no debía haber hecho eso. Te hablé con aspereza, y te pido perdón. ¿Tú me perdonas?».
Ahora, cuando tu hijo trate con aspereza a su hermana, entonces podrás corregirlo con limpia conciencia. Porque tu hijo sabe muy bien que tú estás lidiando bíblicamente con tu pecado. Ellos son testigos. Y esto te proveerá de una buena conciencia para lidiar bíblicamente con los pecados de ellos.
Segunda: cerrará la boca de ellos
En segundo lugar, tu buen ejemplo cerrará la boca de ellos. No solamente abrirá la tuya, sino que cerrará la boca de ellos. Y tus hijos nunca podrán decir: «Odio esta religión porque mis padres son unos hipócritas». Nunca.
Quizás lleguen a odiar la religión por causa del pecado, de la maldad y de la corrupción que hay en ellos; pero, hermano, cuando tú y tu hijo lleguen delante del trono de Dios —él como un inconverso, y tú como un padre y una madre piadosos—, tu hijo será arrojado en el infierno por toda la eternidad, pero tú tendrás una buena conciencia de que el odio de tu hijo hacia el cristianismo fue causa de su propio pecado, no del tuyo. Que tu hijo llegó a ser un perverso por su propia corrupción, pero no por tu hipocresía. Y la boca de ellos será cerrada, porque ellos saben que tú no eres un hipócrita.
Ellos saben que tú no eres cristiano los domingos cuando vienes a la iglesia, sino que tú eres creyente los siete días de la semana. Que tú haces negocios como un creyente. Que tú no eres un león en la calle buscando dinero a diestra y a siniestra. Tus hijos conocen tu estilo de vida, tu honestidad, la forma amorosa, tierna, firme en que le hablas a tu mujer, la forma en que ella, en una forma sabia, responde a la autoridad de su marido. Cómo esta mujer tiene un espíritu afable y apacible delante de Dios. Y ese ejemplo está obrando, hermano y hermana, en el corazón de tus hijos y cerrándola: nunca podrán acusarte de ser un hipócrita.
Tercera: los seguirá por dondequiera que vayan
Y en tercer lugar, tu buen ejemplo los seguirá por dondequiera que vayan, y no podrán escapar de él nunca. Ellos podrán odiar tu religión, y cuando se casen tal vez no quieran saber nada más de eso. Pero sabes una cosa: tu buen ejemplo presionará el corazón de tu hijo hasta el resto de sus vidas. Los presionará para no escapar de ese ejemplo.
Y me viene a la mente ahora la historia de este gran hombre de Dios, John Newton, que muchos de ustedes conocen porque han leído la biografía. Dios le sacó del fango. La madre de Newton era una mujer piadosa, era una mujer creyente. Y los primeros siete años de la vida de este niño lo crió enseñándole la Palabra de Dios, la Palabra de Dios, la Palabra de Dios, con un ejemplo de vida piadoso y consistente.
Pero cuando Newton tenía siete años, la madre murió, y el padre, que no era creyente, se casó con una mujer impía, una mujer que no le dio ningún tipo de instrucción religiosa. Y el padre casi siempre estaba ausente. El resultado fue que Newton llegó a ser un hombre perverso. Iba en los barcos negreros ingleses a buscar negros en África para traerlos como esclavos y venderlos en Inglaterra. Un hombre totalmente despiadado, sin ningún tipo de moral. Dice él que cayó a lo más bajo que un hombre puede caer.
Pero, en una noche oscura, cayó una tormenta cuando Newton estaba en plena alta mar, y el barco estuvo a punto de hundirse, y el mismo Newton estuvo a punto de caer y de perecer ahogado en el mar. Y dice que en ese momento lo único que él recordó fue el ejemplo de su madre. Y vino a su memoria aquellos textos que su madre le enseñaba cuando él tenía siete años de edad. Y recordó Proverbios 1:24-26, donde Dios dice:
Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis. (Pr. 1:24-26)
Y ese hombre, en aquel momento, en esa noche oscura, en medio de altamar, lo único que pudo hacer fue clamar a Dios y decirle: «Oh Dios, yo no quiero descender a las garras del infierno». Y el ejemplo de su madre, en ese instante, marcó su corazón. Y Newton llegó a ser uno de los hombres más grandes que tuvo Inglaterra en el siglo XVIII. El ejemplo de su madre persiguió a este muchacho por el resto de su vida, aun después de muerta.
Hermano, tu buen ejemplo los presionará.
Aplicaciones prácticas
Veamos algunas aplicaciones prácticas que nosotros podemos sacar de todo esto.
Primera: nunca olvides que estás viviendo delante de tus hijos
En primer lugar, hermano, nunca olvides que estás viviendo delante de tus hijos. Nunca olvides que estás viviendo delante de tus hijos.
No tenemos que decir a nuestros hijos: «Bien, niños, en este día les voy a enseñar cómo se trata a la muchacha del servicio». No tenemos que decirles eso. O: «Bien, niños, en el día de hoy vamos a enseñarles cómo debemos reaccionar cuando alguien nos ofende». O: «Vamos a enseñarles hoy qué debemos hacer cuando las cosas no nos salen como nosotros queríamos, cuando no se pudo cumplir nuestro deseo». No tenemos que decirles eso expresamente, pero estamos haciendo eso cada minuto de nuestra vida delante de ellos.
Día tras día estamos enseñando a nuestros hijos lo que es ser un hombre. Día tras día estamos enseñando a nuestros hijos lo que es ser una mujer. Les estamos enseñando lo que significa el fervor, lo que significa la piedad, cómo se ora, cómo se adora a Dios en la soledad del hogar. Hermano, hermana, nunca olvides esto: tú eres una escuela para tus hijos. Y eso es inevitable. Ellos te están mirando y aprendiendo de ti minuto tras minuto.
Y lo grande es que ellos no solamente aprenden de nuestro ejemplo activo, sino también de nuestro ejemplo pasivo. Ellos no solamente son marcados por lo que nosotros hacemos, sino también por lo que dejamos de hacer. Y cuando un niño ve que su madre prácticamente nunca, en la soledad de su hogar, adora a Dios con himnos de alabanza que brotan de un corazón agradecido, esa madre le está enseñando a su hijo a ser un ingrato. No solamente enseñamos a nuestros hijos por las cosas que hacemos, sino también marcamos a nuestros hijos por las cosas que no hacemos. Y ellos están constantemente aprendiendo de nuestro patrón de vida.
Y esa madre, ese padre, que nunca llega a su casa dándole gloria a Dios por las bendiciones que Dios le ha dado, que nunca usa su boca regenerada y limpiada por la sangre de Cristo para levantar una alabanza a Dios: ese padre y esa madre están preparando a sus hijos para que no tengan fervor. No solamente lo que hacemos, sino también lo que dejamos de hacer.
Hermano, nunca olvides eso. Hermana, nunca olvides esto: eres una escuela para tu hijo, día tras día, minuto tras minuto. No puedes obviarlo, no puedes evadirlo. Consciente o inconscientemente estás marcando la vida de tu hijo. Nunca olviden eso, nunca.
Segunda: nunca olvides que estás viviendo delante de Dios
Segunda aplicación práctica: no olvides nunca, tampoco, que estás viviendo delante de Dios. No solamente delante de tus hijos. Si quieres llevar estos principios a cumplimiento, no olvides nunca que estás viviendo delante de Dios. Y en ese sentido, hay dos cosas que todo padre debe tener presente día tras día en su labor de criar a sus hijos y de moldear el carácter de ellos. Dos cosas: el día del juicio final, y la cruz de Cristo. El día del juicio final y la cruz de Cristo.
Hermano, si tú no piensas en esto seriamente hoy, penosamente tendrás que pensar en ello el día del juicio final. Si no piensas en esto seriamente hoy y lo encaras con honestidad, tendrás que pensar en ello el día del juicio final.
Hermano, pregúntate: «¿Qué clase de ejemplo estoy dando a mis hijos? ¿Qué clase de modelo soy para ellos? ¿Qué estoy haciendo con la vida de mis hijos realmente?».
Pero, en medio de esto, también recuerda la cruz de Cristo. La cruz de Cristo, para que trates con tu pecado franca, humilde y abiertamente delante de Cristo. No olvides nunca la cruz de Cristo. Recuerda que la tristeza que Dios produce es para arrepentimiento, no para la desesperación y la depresión. Si Cristo ha hablado a tu corazón en esta noche, no olvides, hermano, que él derramó su sangre para limpiarte de todo pecado.
Debes recordar el día del juicio, pero también debes recordar la cruz de Cristo. Y debes vivir día tras día con ambas conciencias en tu mente: una, para que te aliente a seguir adelante a pesar del cansancio que a veces nos entra a los padres; la otra, para que siempre tengamos nuestro corazón en regla delante de Cristo, porque, hermano, vamos a fallar muchas veces. El día del juicio, la cruz de Cristo. Nunca olvides que estamos viviendo delante de Dios.
Tercera: no olvides la obra de la gracia de Dios en el corazón
Y en tercer lugar, no olvides nunca la obra de la gracia de Dios en el corazón. No olvides nunca la obra de la gracia en el corazón.
Dios te ha prometido su gracia para asistirte en esta ardua tarea. Y si sientes que esta labor es demasiado grande para ti, recuerda que hay un manantial inagotable que fluye de la persona de Cristo hacia ti, por medio de su Espíritu. Dice el apóstol Juan:
Pues de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. (Jn. 1:16)
De su plenitud hemos tomado, gracia sobre gracia. Así que ese sentido de impotencia que nos entra de vez en cuando a los padres no debe llevarnos al desaliento, sino más bien impulsarnos a la piedad. ¿Y cómo? Recordando que separados de él nada podemos hacer, pero que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.
Si en ese momento de impotencia recordamos estas promesas, esa impotencia no nos llevará a la desesperación. Esa impotencia nos llevará a Cristo. Y ese llevarnos a Cristo nos hará cada vez más piadosos. No olvides, hermano, la gracia de Dios fluye del trono constantemente para ti.
Para estas cosas, ¿quién es suficiente? ... no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios. (2 Co. 2:16; 3:5)
Para esto, ¿quién es suficiente? Pero nuestra competencia viene de Dios. Vamos a orar.