Tercer sermón de la serie Moldeando el carácter de nuestros hijos a la manera de Dios, predicado por el Pastor Sugel Michelén en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (República Dominicana) el 19 de enero de 1992. Material extraído principalmente de los sermones del pastor Greg Nichols.
Transcripción por Opus 4.7 Claude.
Bien, hermanos, como ustedes saben, estamos en este momento considerando la enseñanza bíblica sobre la tarea que tenemos de moldear el carácter de nuestros hijos. Pero antes de dedicarnos a construir el edificio, lo primero que debemos hacer —y que estamos haciendo en este momento— es echar el fundamento, la zapata sobre la cual podremos entonces levantar un edificio seguro y estable. Y este fundamento consta de tres presuposiciones, y ya en los sermones anteriores hemos visto dos.
La primera presuposición sobre la cual nos hemos estado basando en estos estudios es que cada uno de nuestros hijos necesita desesperadamente ser moldeado. Cada uno de nuestros hijos necesita desesperadamente ser moldeado. Ellos no pueden moldearse solos, y si los descuidamos, el pecado que mora en ellos hará estragos en sus vidas. Así que lo primero que debemos hacer —la primera presuposición que estamos dejando claramente establecida antes de construir el edificio— es que nuestros hijos necesitan urgentemente, desesperadamente, ser moldeados.
En segundo lugar, la semana pasada vimos que la responsabilidad de moldear el carácter de nuestros hijos recae sobre los padres. Somos nosotros quienes debemos moldear el carácter de nuestros hijos. Y todo lo que hicimos la semana pasada fue apoyar esta aseveración estudiando algunos textos del Antiguo Testamento y algunos textos del Nuevo Testamento. Y tanto en un lugar como en el otro encontramos mandatos explícitos de Dios a los padres de que moldeen el carácter de sus hijos, de que se dediquen perseverantemente a disciplinarlos, instruirlos —o, si quieren ponerlo de otro modo, criarlos en el más amplio sentido de ese término—.
Y de hecho, aunque la semana pasada nos dedicamos a estudiar únicamente aquellos textos donde Dios se dirige a los padres en cuanto a su responsabilidad, también hubiésemos podido citar aquellos textos del Antiguo y el Nuevo Testamento donde Dios se dirige a los hijos. No solamente a los padres, sino que también hay textos muy explícitos, muy claros, donde Dios se dirige a los hijos. Y cuando Dios ordena a los hijos a poner atención a la voz autoritativa de los padres, cuando Dios dice a los hijos que honren y obedezcan a sus padres, Dios está presuponiendo —Dios está implicando con ello— que esos padres se dedicarán a dar instrucción verbal a sus hijos, y que esos padres impondrán sanciones cuando esas órdenes sean desobedecidas. Todo esto está incluido en la palabra «padre».
Nuestro modelo de paternidad perfecto es Dios. Él es nuestro Padre. Y Dios, como nuestro Padre, hace todas esas cosas por nosotros: él nos protege, él nos cuida, él provee para nosotros, nos instruye, nos corrige. Así que todo eso está incluido dentro de la paternidad responsable.
Ahora bien, en esta noche, antes de pasar a delinear nuestra tercera presuposición, lo que queremos hacer es ampliar el principio que vimos la semana pasada, con tres consideraciones que nos ayudarán a poner ese principio que ya vimos en su perspectiva correcta. En cierto modo, lo que vamos a hacer en esta noche es simplemente dar algunas aplicaciones prácticas de la enseñanza que dejamos establecida la semana pasada.
Ya hemos dicho que es responsabilidad de los padres moldear el carácter de sus hijos, que esa es la enseñanza clara y contundente de Dios en su Palabra. Lo que vamos a hacer en esta noche es ampliar ese principio a través de tres consideraciones, o, si quieren ponerlo de otro modo, tres aplicaciones prácticas de las cosas que vimos la semana pasada. ¿Cuáles son esas consideraciones o aplicaciones prácticas que podemos derivar del principio que dejamos establecido en nuestro sermón anterior?
Primera consideración: moldear el carácter no es toda la extensión de nuestra responsabilidad
Bueno, en primer lugar, la primera aplicación, o consideración, es que la actividad de moldear el carácter de vuestros hijos no es toda la extensión de vuestra responsabilidad personal como padres. Como es un poco largo, voy a citarlo otra vez, porque yo sé que muchos están tomando notas: la actividad de moldear el carácter de vuestros hijos no es toda la extensión de vuestra responsabilidad personal como padres.
El peligro de irse de un extremo a otro
Uno de los problemas que enfrenta el hombre caído es su tendencia terrible a irse de un extremo a otro con mucha facilidad. Somos, en ese sentido, como una especie de péndulo que usted lo ve ahora en la extrema izquierda, y en unos tres o cuatro segundos después lo vemos en la extrema derecha. Hay una tendencia fuerte en nosotros a los extremos. O, poniendo otra ilustración más adecuada al caso, nosotros somos como el hombre que por dos o tres segundos se queda dormido en la carretera manejando, y cuando despierta se da cuenta de que va por el carril contrario. Rápidamente este hombre da un viraje al carro, pero en vez de introducir el carro en el carril correcto, más bien lo introduce en el paseo de la carretera del otro lado. Nos vamos de un extremo a otro con mucha facilidad.
Y eso mismo puede ocurrir al escuchar esta serie de sermones. Y como pastores que somos, debemos ponernos en el lugar de los hermanos, tratar de ver cómo están captando todo esto, para poder dar una nota de balance, para poder dar una nota pastoral, porque tendemos a los extremos.
Puede ser que algunos padres aquí han estado dormitando un poco con respecto a la responsabilidad que estamos exponiendo aquí, pero entonces viene el Espíritu Santo con la espada de la Escritura y despierta su conciencia. Si eso es así, hermanos, debemos alabar a Dios. Eso es bueno. Pero eso que es bueno no deja de tener un peligro. Eso es bueno; debemos alabar a Dios si él está despertando nuestra conciencia. Pero debemos reconocer que hay peligros.
Uno de los peligros es el querer hacer en un día —o en una semana— lo que no se ha estado haciendo por años. El querer hacer en un día o en una semana lo que tenemos meses, años, sin hacer. Y ahora resulta que ese padre o esa madre le pega a su hijo en una semana todas las pelas que dejó de darle en el 1991. Y si eso es así, vuestros hijos no me van a querer, así que deben hasta proteger la imagen de su pastor. En una semana no podemos pegarle a nuestros hijos todas las pelas que durante un año no le hemos pegado. Ese es un peligro, porque no seremos balanceados en nuestra disciplina, y es posible que acabemos estancados en el paseo de la carretera, en el lugar opuesto.
Ahora, yo no estoy diciendo con esto que si se ha estado fallando en la disciplina, debemos continuar fallando por un tiempo hasta que nuestros hijos se acostumbren a la idea. No, eso no es lo que estamos diciendo. Lo que estamos tratando de hacer es prevenirlos contra una disciplina desbalanceada. Nos estamos refiriendo a un hogar donde antes no había prácticamente disciplina y ahora hay un exceso de ella, producto de un despertar repentino. Ese es el peligro que estamos exponiendo. Si hemos estado fallando, no debemos seguir fallando; pero debemos tener cuidado de no ser excesivos ahora. Ser en todo momento balanceados. Ese es uno de los peligros.
El peligro de reducir toda la responsabilidad a moldear el carácter
Otro peligro en el que podemos caer es el de pensar que toda nuestra responsabilidad como padres se resume en moldear el carácter de nuestros hijos. Y hermanos, eso no es así. Esa no es toda la extensión de nuestra responsabilidad.
Ese sería el caso de un padre que anteriormente se contentaba con suplir las necesidades de sus hijos y de vez en cuando satisfacer sus gustos y deseos —siempre y cuando, claro está, no sean gustos y deseos pecaminosos—. Pero ahora ese padre o esa madre ha sido despertado por la Palabra. Y eso es bueno. Pero tiene el peligro de que olviden que ciertamente nuestros hijos tienen otras cosas, otras necesidades, que no son únicamente la de ser moldeados. Ellos necesitan ser moldeados, pero hay muchas otras cosas más que nuestros hijos necesitan y nosotros, como padres, tenemos la responsabilidad de suplir para todas las edades de nuestros hijos.
Así que moldear el carácter de ellos no es el alfa y la omega de toda nuestra responsabilidad paterna. Como alguien ha señalado muy acertadamente, los padres somos responsables, de una manera amplia, de preparar a nuestros hijos para su llamado en la vida. Esa es nuestra responsabilidad. Nosotros hemos sido llamados por Dios a preparar, en el más amplio sentido de ese término, a nuestros hijos para su llamado en la vida. Y para esto tenemos que moldear el carácter de ellos.
Instrucción religiosa: revelación especial
Tenemos también que dar a nuestros hijos conocimiento en muchas áreas, tanto en el área de la revelación especial —y cuando hablamos de la revelación especial nos referimos específicamente a la Palabra de Dios; si quieren ponerlo de alguna manera, enseñanza religiosa o bíblica—, pero también tenemos que dar a nuestros hijos en el área de la revelación general, esas cosas que Dios nos ha revelado a través de su creación, a través de la vida.
Hermanos, el impartir conocimiento religioso a nuestros hijos no es una responsabilidad de la iglesia, sino de los padres. Así que no podemos sentirnos tranquilos por el hecho de que domingo tras domingo traemos a nuestros hijos pequeños a la Escuela Dominical o al culto. Porque la imagen que encontramos en la Palabra de Dios al respecto es otra muy distinta.
Vamos a Deuteronomio capítulo 6. Yo sé que es un texto muy conocido, pero a mí no me es molesto repetirles las mismas cosas. Deuteronomio capítulo 6, versículos 4 al 9. Este texto era clave en el judaísmo, en la teología antiguotestamentaria, donde Dios establece claramente aquí un patrón de religión monoteísta y las cosas que se derivan de ese patrón:
Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas. (Dt. 6:4-9)
Ya que hay un solo Dios, debemos amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, porque no hay otro Dios. No podemos repartir nuestro amor, nuestra fuerza, nuestra alma, en dos dioses, porque solo hay uno. Y estas palabras que yo te mando hoy —yo, Jehová, en una forma autoritativa como el único Dios que hay— estarán sobre tu corazón, y las repetirás a tus hijos.
Aquí encontramos a un padre dedicado a proveerle a sus hijos un conocimiento exacto de quién es Dios y de cuál es su voluntad para con los hombres. Y no solamente los sábados —que sería en el caso de los judíos en el Antiguo Pacto—, sino todos los días. En el caso nuestro, sería sentirnos tranquilos por traer a nuestros hijos los domingos a la iglesia. Pero Dios dice: no, es todos los días.
Muchos padres cristianos hoy día tienen la idea de que no deben instruir autoritativamente a sus hijos en la fe cristiana, por el temor de que al hacerlo estén coartando la libertad de ellos. Ellos prefieren dar información general a sus hijos, y entonces dejar que ellos decidan, para así no coartar su libertad y no violentar sus derechos. Estos padres proveen de cierta información al muchacho, pero luego lo dejan en libertad de actuar como a ellos les parezca mejor.
Hermanos, es cierto que no podemos hacer que nuestros hijos sean cristianos. Y en estos días, los domingos en la mañana, hemos estado hablando mucho de este asunto: nosotros no podemos hacer que nuestros hijos sean cristianos. Pero es nuestra responsabilidad criar a nuestros hijos en el marco de lo que Dios ha revelado en su Palabra. Y mientras ellos vivan bajo nuestro techo, deben saber que están en un hogar cristiano, y que hay ciertas formas específicas de comportarse en un hogar cristiano. El hecho de que ellos no profesen ser creyentes no elimina la responsabilidad de que viven bajo un techo donde el padre y la madre son creyentes. Y Dios le ha dado autoridad a los padres para exigir que sus hijos se comporten de cierta manera mientras vivan bajo el techo de sus padres.
Tres textos sobre la autoridad de los padres sobre sus hijos no creyentes
Hay tres textos claves en la Escritura que nos enseñan esto. Éxodo capítulo 20 —hay muchos otros; estamos hablando de textos claves—. Éxodo capítulo 20: los Diez Mandamientos, mandamientos que reflejan el carácter santo de Dios y por lo tanto son mandatorios para todo hombre. Dios juzgará al mundo, aun al mundo impío, por los Diez Mandamientos. Ese es el carácter de Dios, y el carácter es inmutable, el carácter de Dios. ¿Y qué dice Dios en el versículo 8 del capítulo 20?
Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. (Ex. 20:8-10)
Aclaro, hermanos, yo no estoy aquí hablando del Día de Reposo —estamos hablando de moldear el carácter de nuestros hijos, y estamos citando ese texto únicamente para probar el punto—. Unos domingos próximos nosotros comenzaremos una serie de sermones en la mañana acerca del Día del Señor; eso está planificado por los pastores. Pero aquí estamos probando un punto con respecto a moldear el carácter de nuestros hijos.
¿Qué dice el texto? «No hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija». ¿Qué dice Dios? Es el día del Señor, y por lo tanto, no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija. Dios entiende que mientras nuestros hijos vivan bajo nuestro techo, hay una autoridad paterna: es el día del Señor, y nosotros debemos enseñar a nuestros hijos que es el día del Señor.
«Ah, pero ¿y si ellos no son cristianos?». Es el día del Señor. Eso es lo que el texto nos enseña. Ahora, mucho cuidado, hermanos, con sacar conclusiones de esto, porque aquí, repito, no estamos estudiando acerca del día del Señor, para que ahora no tomen a sus hijos el día del Señor y conviertan su casa en una cárcel militar el día del Señor. Por favor, no saquen conclusiones; y yo no tengo tiempo para expandir esto. Lo que estamos tratando es de probar el punto de que los padres tienen autoridad para hacer que los hijos compartan esa fe que ellos tienen. Para los cristianos, para los creyentes, el día del Señor es especial, y lo que Dios está diciendo aquí en su Palabra es que para vuestros hijos también debe ser especial.
Otro texto: Josué capítulo 24. Josué capítulo 24, versículo 15. Aquí tenemos a Josué enfrentando a un pueblo idólatra. Y Josué está tratando de mover la conciencia de estos hombres a la fidelidad a Dios. Vamos a tomar desde el versículo 14 para tomar la idea:
Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová. (Jos. 24:14-15)
Hermanos, Josué no tomó a su familia, se la llevó aparte un momento, y le dijo: «Mis hijos, yo voy a hablar con el pueblo hoy. Yo quiero saber cuántos de ustedes van a servir a Jehová. Levanten la mano: Juanito, Pedrito. Ah, bueno, entonces puedo decir que yo y mi casa serviremos a Jehová». No, Josué no hizo eso. Josué era cabeza de su casa. Él era la autoridad. Y como cabeza y autoridad de su casa, él dio un decreto: «Yo y mi casa serviremos a Jehová».
«Ah, pero Josué, si tu hijo Pedrito no es creyente, si él sirve a Baal, ¿no le vas a permitir tener un altar de Baal en su habitación?». «No, no le voy a permitir tener un altar de Baal en su habitación, porque yo, como cabeza de esta casa, he decidido que yo y mi casa, incluyendo a mi esposa y a mis hijos, serviremos a Jehová».
Hermanos, esa es la autoridad que Dios ha puesto sobre los padres. Y si lo ponemos al día de hoy: «Ah, pero, entonces, fíjate, mi hijo no es creyente y él tiene un enorme póster de Madonna en el cuarto, medio indecente él; pero él no es creyente, ¿qué hago con él?». Yo y mi casa serviremos a Jehová. Es autoridad de los padres mientras sus hijos vivan bajo su techo: vivir bajo ciertas normas de fe cristiana. Yo no puedo pedirle a mi hijo que se comporte en todas las cosas como un creyente, pero en un hogar cristiano hay ciertas cosas que deben ser tomadas en cuenta, y el padre tiene autoridad para tomar esa decisión. Josué dijo: «Yo y mi casa serviremos a Jehová».
«Ah, pero hermano, eso es en el Antiguo Testamento, y nosotros estamos ahora en otra dispensación diferente» —usando la palabra «dispensación» en el sentido correcto de esa palabra—. Vamos a Efesios capítulo 6. ¿Qué dice Dios a los hijos y qué dice Dios a los padres? Bueno, a los hijos dice Dios:
Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. (Ef. 6:1)
¿Y qué dice a los padres? Versículo 4:
Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor. (Ef. 6:4)
«Ah, pero ¿y si ellos no son creyentes?». Bueno, Dios no me dice aquí «críen en disciplina y amonestación del Señor a los creyentes». Dios me está diciendo aquí: «Criadlos en disciplina y amonestación del Señor». Esa es mi responsabilidad como padre aun en el Nuevo Pacto, aun en el Nuevo Testamento.
No nos detendremos más en este punto, porque más adelante trataremos este tema ampliamente. Solo estamos tratando de probar la aseveración que hemos dicho, de que es responsabilidad de los padres proveer a sus hijos instrucción religiosa.
Instrucción general: revelación general
Pero hermanos, no solamente instrucción religiosa. Es también nuestra responsabilidad la de impartir conocimiento o instrucción general a nuestros hijos. Y voy a pedirles, por favor, que no saquen conclusiones apresuradas de lo que voy a decir ahora, hasta que hayan escuchado todo el material que pienso transmitir en esta noche.
Pero lo que estamos diciendo ahora es que nuestra responsabilidad no termina cuando impartimos instrucción religiosa o bíblica, sino que va más allá. Es nuestra responsabilidad enseñar a nuestros hijos a leer y a escribir. Es nuestra responsabilidad como padres enseñarles español y matemáticas. Es nuestra responsabilidad como padres enseñarles historia. Esa no es la responsabilidad del gobierno. Esa no es la responsabilidad de la escuela. Esa es nuestra responsabilidad. Somos nosotros quienes estamos llamados a preparar a nuestros hijos para la vida.
Y eso significa que somos nosotros quienes debemos enseñar a nuestros hijos a pensar. Nosotros tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros hijos a pensar. La Escritura dice que debemos amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y aparentemente los evangélicos estamos de acuerdo en ese punto. Pero, hermanos, también la Escritura dice que debemos amar a Dios con toda nuestra mente, que debemos amar a Dios con todo nuestro intelecto. Y por lo tanto, es nuestra responsabilidad ayudar a nuestros hijos a desarrollar las capacidades intelectuales que Dios ha dado a cada uno de ellos.
Somos nosotros quienes debemos formar en nuestros hijos el hábito de lectura. Somos nosotros quienes debemos enseñarles a tener un proceso lógico de pensamiento. No es simplemente venir de la escuela y decir que en el año 1492 Colón partió en un barco y llegó aquí. No, hermanos, eso tiene sus bemoles, eso tiene sus consecuencias históricas. Y nosotros estamos llamados —no el profesor de historia de la escuela; nosotros estamos llamados— a sentarnos con nuestros hijos, razonar con ellos, y enseñar a nuestros hijos a pensar. Somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de ayudar a nuestros hijos para que, si en el día de mañana Dios en su gracia los trae a salvación, ellos puedan amar a Dios con toda su mente: no con una mente atrofiada por haberse entontecido durante horas viendo televisión, sino con una mente desarrollada por un padre que se ocupó de crear en su hijo hábito de lectura, que enseñó a su hijo a tener un pensamiento lógico. Esa es nuestra responsabilidad.
Preparar a los hijos para la vida adulta
Los varones: futuros esposos y padres
Por ejemplo, en cuanto a los varones, somos nosotros quienes debemos hacer que esos niños o jóvenes varones lleguen a ser mañana buenos esposos y padres. Nosotros debemos formar desde ahora en ellos el líder que se supone que debe llegar a ser —por lo menos de su hogar— cuando se case. Porque cuando ellos se casen y se vayan de su hogar, deberán proveer para su familia, deberán tomar decisiones, deberán ser responsables en cuanto a las necesidades de su esposa e hijos —no solo en el aspecto económico, sino también en el aspecto emocional, intelectual, espiritual, etcétera—.
La pregunta es, hermanos: ¿estamos nosotros preparando a nuestros hijos varones para eso? ¿Estamos nosotros conscientemente trabajando con nuestros hijos varones para que ellos lleguen a ser mañana esposos, padres, líderes de su casa? ¿O estamos criando jóvenes inseguros que después no saben qué van a hacer con su vida; jóvenes que ni siquiera se atreven a acercarse a una muchacha porque no saben cómo hacerlo, porque su padre no hizo lo que dice Proverbios?
Donde tenemos a un hombre que toma a su hijo varón y le dice: «Mi hijo, cuando te vayas a fijar en una muchacha, toma en cuenta esto, y esto, y esto. Ten cuidado con la mujer ligera; ten cuidado con la mujer hermosa pero hueca de cabeza». Allí tenemos a un padre educando a su hijo varón. ¿Para qué? Para que no sea un joven inseguro, sino para que sea un individuo seguro que sepa qué hacer con su vida. Esa es responsabilidad de los padres, hacer eso. Esa es nuestra responsabilidad.
Las hijas: futuras esposas y madres
Y somos nosotros también quienes debemos preparar a nuestras hijas para ser esposas y madres. Ese es un trabajo de los padres: preparar a nuestras hijas para que lleguen a ser como ese modelo que nos presenta Proverbios 31, una mujer que sabe cocinar, que sabe coser, que sabe ocuparse de una casa, y —asómbrate— hasta comprar una propiedad. La mujer de Proverbios 31, dice allí, toma la heredad, la vende. Aquí tenemos a una muchacha que se le enseñó a pensar. Se le enseñó a pensar. Sus padres se ocuparon de eso.
De hecho, ese es el mandato implícito que encontramos en Tito capítulo 2. Tito capítulo 2, versículos 3 al 5, hablando de las ancianas de la iglesia:
Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. (Tit. 2:3-5)
Y si eso es una responsabilidad de las ancianas de la iglesia con respecto a las jóvenes de la iglesia, cuánto más no será una responsabilidad de una madre cristiana hacia su hija.
¿Saben por qué Pablo tuvo que dar órdenes como esta? Porque Pablo entendía que muchas jóvenes llegarían a la iglesia de hogares no creyentes. Y entonces la iglesia tiene que fungir, en cierta manera, como los padres debieron haber fungido. Por eso hay consejería prematrimonial en la iglesia. ¿Saben por qué? Porque muchos jóvenes han llegado a las puertas del matrimonio, al umbral del matrimonio, y no tienen ni idea de lo que el matrimonio significa. ¿Y saben por qué? Porque probablemente sus padres no eran creyentes y no instruyeron a sus hijos en esas cosas. Son los padres quienes deben llamar a su hijo, a su hija, antes de casarse y decirle: «Mi hijo, mi hija, es a esto que te enfrentas. Esto es el matrimonio. Estas son tus responsabilidades. Ese es tu papel».
Hermanos, es nuestra responsabilidad —no del gobierno, no de la iglesia, no de la escuela—. Así que si bien es cierto que debemos dedicarnos a moldear el carácter de nuestros hijos, también es cierto que esa no es toda la extensión de nuestra responsabilidad como padres.
Segunda consideración: la responsabilidad de los padres no cancela la legitimidad de la influencia delegada
Ahora bien, la segunda consideración es la siguiente: la responsabilidad de los padres no cancela o niega la legitimidad de una influencia delegada. La responsabilidad de los padres no cancela o niega la legitimidad de una influencia delegada.
Y he aquí el balance de lo que decíamos en nuestro punto anterior. Es nuestra responsabilidad como padres preparar a nuestros hijos para la vida. Pero eso no quiere decir que debamos aislar a nuestros hijos de cualquier otra influencia. Eso no es lo que estamos diciendo.
Por eso decía hace unos momentos que no saquen conclusiones apresuradas, porque alguien podría pensar que estábamos criticando que los padres envíen sus hijos a la escuela. Pero eso no es lo que estamos diciendo. El hecho de que un padre envíe su hijo a la escuela no elimina la responsabilidad que él tiene de preparar a su hijo para la vida. Lo que ese padre está haciendo es tomar la decisión de permitir otras influencias en la vida de su hijo, y probablemente esos serán beneficiosos para él.
El ejemplo de Pablo y Gamaliel
Ahí tenemos el ejemplo del apóstol Pablo. El apóstol Pablo fue grandemente beneficiado por haber estado bajo la tutela de Gamaliel, y Gamaliel no era su padre. Ese rabino tuvo una gran influencia sobre el proceso de pensamiento de Pablo. Indudablemente, Gamaliel influyó —en lo que la gracia común encierra— influyó a Pablo en su proceso de pensamiento. Y cuando Dios trajo a Pablo hasta salvación e iluminó su mente ya regenerada, todos nosotros salimos beneficiados de esa influencia de Gamaliel sobre la vida del apóstol.
«Ah, pero él era inspirado por Dios». Sí, él era inspirado por Dios; pero la inspiración del Espíritu Santo es misteriosa, porque no anula el proceso de pensamiento del hombre. Nosotros podemos conocer algo de la forma de pensar de Pablo en sus epístolas. Ellos no eran meros amanuenses, ellos no eran simplemente secretarios que estaban escribiendo lo que el Espíritu Santo les dictaba. No: es una inspiración ciertamente misteriosa, pero Dios no anuló las capacidades de los hombres que estaban escribiendo, aunque todo lo que escribieron era inspirado por el Espíritu Santo.
Así que hermanos, los padres debemos entender que no lo sabemos todo. Y si eso ha sido cierto desde que el mundo es mundo, podemos decir que esta aseveración es más pertinente en este siglo que nos ha tocado vivir. No lo sabemos todo. Por tanto, es legítimo exponer a nuestros hijos a ciertas influencias delegadas.
Una advertencia importante
Pero aquí es importante dar una advertencia. Cuando usted, como padre, decida exponer a su hijo o a su hija bajo la influencia de alguien, no lo haga descuidadamente y sin pensarlo. No lo haga descuidadamente y sin pensar.
Y aquí quisiera dar una nota que no estaba planificada, pero me viene a la mente y creo que es pertinente. Hermanos, nosotros, los padres que tenemos a nuestros hijos en el colegio cristiano, deberíamos dar muchas gracias a Dios por ese ministerio. Porque usted, todas las mañanas, con mucha tranquilidad le pone su uniforme a su hijo y a su hija y lo envía al colegio, porque sabe que va a estar bajo la mano de un profesor o una profesora cristiana. Pero, ¿saben una cosa, hermanos? No todos los creyentes tienen esa bendición. No todos tienen esa bendición, y tienen que permitir que sus hijos y sus hijas reciban influencias de hombres y mujeres perversos. No me refiero únicamente a los compañeros; me refiero inclusive a los profesores. Me refiero inclusive a los profesores.
Cuando usted envía a su hijo o a su hija al colegio, usted lo está poniendo bajo la influencia de esas personas. Y por lo tanto, no debe hacerlo descuidadamente y sin pensarlo. Esas personas, consciente o inconscientemente, influirán en la vida de sus hijos. Ustedes lo que han hecho es decirle a sus hijos, en otras palabras: «Mis hijos, estas son ahora —por este tiempo— vuestra autoridad. Óiganlos».
Por lo tanto, eso que decíamos la semana pasada, de que Dios había puesto credulidad en el corazón de los hijos para con los padres, usted lo que está haciendo es ahora dirigiendo esa credulidad a esos profesores. Y cuántos de nosotros no hemos tenido el problema de recibir a nuestros hijos en casa, darnos una información, y nosotros decirle: «No, mi amor, eso no es así». Y entonces nuestro hijo dice: «Pero la profesora me lo dijo. El profesor me lo dijo». Y para ellos es una influencia muy fuerte. Ellos han dirigido la credulidad que en su gracia común Dios ha puesto en los hijos para con los padres. Ustedes han decidido dirigir algo de esa credulidad hacia esas personas.
Así que asegúrense de saber algunas cosas acerca de la persona o las personas que están ejerciendo esa influencia sobre ellos. Porque es un peligro muy alto el que nos corremos si lo hacemos descuidadamente y sin pensar.
Y no olviden que ustedes, lo que han decidido hacer, es beneficiarse de esas personas, pero usted no ha decidido olvidarse de su responsabilidad. Aun usted envíe su hijo al colegio, sigue siendo vuestra responsabilidad, no la del colegio. El colegio es simplemente un brazo de apoyo para que usted cumpla con su responsabilidad. Pero sigue siendo su responsabilidad.
Así que, hermanos, en el sentido más amplio del término, la responsabilidad es nuestra. No de la iglesia, no del gobierno, no de la escuela. Esos organismos están simplemente brindando un brazo de apoyo, pero somos nosotros quienes debemos preparar a nuestros hijos para la vida. Una cosa es usar inteligentemente las capacidades que otros tienen, y otra cosa muy distinta es dejar en manos de esa persona nuestra responsabilidad. Son dos cosas muy diferentes.
Tercera consideración: es el padre, no la madre, quien debe tomar el liderazgo
Bien, hermanos, la tercera y última consideración es la siguiente. Hemos visto dos. Recuerden: en primer lugar, hemos dicho que la actividad de moldear el carácter de nuestros hijos no es toda la extensión de vuestra responsabilidad personal como padres. En segundo lugar, la responsabilidad de los padres no cancela o niega la legitimidad de una influencia delegada. En tercer lugar: es el padre, y no la madre, quien debe tomar el liderazgo en este deber. Tercer y último principio o aplicación: es el padre, no la madre, quien debe tomar el liderazgo en este deber.
Noten con cuidado lo que estamos diciendo aquí. La palabra clave de nuestro encabezado es liderazgo: liderazgo. Y lo que estamos diciendo es que ese liderazgo recae sobre los hombros del padre, no sobre los hombros de la madre.
Ahora bien, esto no quiere decir que el padre es la única autoridad sobre los hijos. ¿Qué dice Éxodo capítulo 20, versículo 12? «Hijo, honra a tu padre y a tu madre». Y este texto, entre otros, enseña claramente que tanto el padre como la madre tienen autoridad y responsabilidad sobre los hijos. Tampoco estamos socavando la importancia que tiene sobre un hijo la influencia de su madre; ya hemos establecido la enorme importancia de esa influencia. Así que no estamos minimizando en ningún sentido el papel que le toca a la madre en la crianza, ni mucho menos estamos justificando a esas madres que abandonan su hogar para estar en otra cosa, descuidando a sus hijos. No, eso no es lo que estamos diciendo. Lo que estamos afirmando es que el liderazgo en la tarea de moldear el carácter de nuestros hijos y de prepararlos para la vida recae sobre el padre, no sobre la madre.
Dos textos directos y uno inferido
Y vamos a ver dos textos bíblicos que enseñan esto directamente, y uno que lo infiere. Efesios capítulo 6, versículos 1 al 4. El apóstol Pablo dice:
Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. (Ef. 6:1)
La palabra «padres» que el apóstol Pablo usa allí es la palabra griega goneis, que podríamos traducir «progenitores». Pablo dice: «Obedeced en el Señor a vuestros progenitores». E, inspirado por el Espíritu Santo, el apóstol Pablo nos identifica quiénes son esos progenitores, en el versículo 2:
Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. (Ef. 6:2-3)
Y ahora, dice en el versículo 4: «Y vosotros, padres». Y aquí el apóstol usa otra palabra diferente a la del versículo 1. Por eso es que es tan importante hacer una exégesis adecuada: porque la palabra «padres» en español es la misma en el versículo 1 y en el 4, pero no en el griego. En el griego, la palabra «padres» del versículo 4 es la palabra pateres, que identifica única y exclusivamente al padre, no a la madre. ¿Y qué dice el texto?
Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor. (Ef. 6:4)
Y ese mismo juego de palabras lo encontramos en Colosenses capítulo 3, versículos 20 al 21:
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. (Col. 3:20-21)
«Padres» —a los varones, padres— «no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten».
Así que la enseñanza bíblica es que los hijos le deben obediencia a ambos padres, por la sencilla razón de que ambos son una autoridad sobre ellos. Ambos padres deben dedicarse a moldear el carácter de sus hijos. Por eso en Proverbios capítulo 1 versículo 8 dice: «Hijo mío, no desprecies la enseñanza de tu padre, y no menosprecies la enseñanza de tu madre». De hecho, no solo debemos decir que la madre está incluida —incluida, no, no, no—, sino que generalmente ella es la que pasa más tiempo con los hijos, y por lo tanto la influencia de ella siempre será mayor. Pero hermanos, aquí estamos hablando de liderazgo, de liderazgo. Todo eso no elimina lo que Pablo está enseñando aquí: es el padre, el hombre, quien debe tomar el liderazgo en este asunto.
Un texto del cual podemos inferir esto es Primera de los Corintios capítulo 14. Los textos que citamos antes lo enseñan directamente; ahora vamos a inferirlo de Primera de los Corintios capítulo 14, versículo 34 al 35. En la mitad del versículo, dice el apóstol Pablo:
Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos. (1 Co. 14:33-35)
Hablando de las mujeres que quieren tomar el papel de maestras, pastoras, en la iglesia, Pablo dice que no. Y no solamente en la iglesia de Corinto; Pablo dice: «Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar» —en ese sentido; para que los maridos no se tomen aquí prerrogativas que no les corresponden—. «No les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice; y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos».
¿Qué está presuponiendo Pablo en ese texto? Bueno, Pablo está presuponiendo que el marido será el líder espiritual de ese hogar; que cuando la mujer tenga una pregunta teológica —esté estudiando la Escritura y hay algo que ella no entienda— ella irá con toda confianza a su marido. No porque él lo sabe todo, sino porque su nombre honroso, porque ella sabe que es un hombre de piedad, porque ella sabe que es un hombre humilde, que si no conoce la respuesta de la pregunta que ella le está haciendo, este hombre le dirá: «Mi amor, yo no sé qué significa esto, pero te prometo que voy a sacar un tiempo para estudiar. Aun si es necesario, llamaré a los pastores de la iglesia, pero te voy a dar una respuesta».
Pablo está presuponiendo que el hombre es el líder espiritual de su casa. Y si eso es real en la relación esposo-esposa, cuánto más no lo será en la relación padres-hijos. Los hijos deben entender que su padre es el líder de su casa.
¿Qué significa el liderazgo del padre en sentido práctico?
¿Qué significa esto en sentido práctico? Eso significa que es el padre quien va a trazar las directrices del hogar; que es el padre quien ha de velar para que esas directrices se cumplan. Él no simplemente le dirá a su esposa: «Mira, mi amor, yo quiero que en el tiempo que yo esté en la oficina trabajes esto con el niño» —y claro, en conversación con la madre, porque la madre puede traer una inquietud y decirle «estoy notando esto en el niño», y los padres conversar entre ellos, trazar la directriz, siendo el padre la cabeza—. Pero cuando ese hombre se va a la oficina, él va a velar para que esa directriz se cumpla. No es como ese tipo de hombre que nunca sabe dónde está su mujer porque él no tiene control de su casa, su esposa es independiente. No: es un hombre que, como líder de su hogar, traza las directrices, y no solo eso, él ha de velar porque esas directrices se cumplan —no tratando a su esposa como una niña, porque eso no es adecuado; estamos hablando aquí de dos adultos. Y él ha de velar, como un adulto, que su esposa, que también es adulta, cumpla las directrices que han sido trazadas—.
Pero no solamente eso: él también se ha de involucrar de un modo directo a llevar adelante esa preparación de sus hijos para la vida. Él no simplemente trazará las directrices, sino que él mismo se involucrará en hacerlo.
Vean ese modelo de padre expresado ilustrativamente en Primera de Tesalonicenses capítulo 2, versículo 10 al 12. El apóstol Pablo está comparando aquí a los pastores con los padres, y dice él:
Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes; así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros, y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria. (1 Ts. 2:10-12)
Un hombre que conoce a cada uno de sus hijos. Él conoce sus debilidades, él conoce sus fortalezas, de manera que él puede instruir, exhortar, consolar a cada uno de ellos. Esa es la mentalidad que Pablo tenía en su mente de lo que debe ser un padre.
La mentalidad tribal y sus tres causas
En una de las visitas que el pastor Nichols hizo a Sudáfrica, él nos narra que entró en contacto con lo que él llama «mentalidad tribal» con respecto a los hombres y su papel en el hogar. Resulta que en algunas tribus africanas, el hombre tiene tres responsabilidades básicas: producir hijos —sobre todo varones, para que perpetúen el nombre del individuo—, producir hijos; proveer la comida; y proteger la familia. Esas son las tres funciones básicas de un hombre. De modo que en esas tribus africanas, para ser un padre hay que ser un patriarca, un buen cazador y un guerrero. Un hombre que sea patriarca, un buen cazador y un guerrero es un padre efectivo.
Ahora bien, cuando ese hombre entra por la puerta de su casa, él no tiene ninguna otra responsabilidad. Él produce hijos, él caza —o va de cacería—, y a la guerra. Pero de ahí en adelante, todo el resto está en las manos de la mujer. ¿Hay que ordeñar una chiva? Bueno, para eso está la mujer. ¿Y los hijos, que el niño se portó mal? Para eso está la mujer. ¿Que hay un problema en la casa porque el varón hizo esto y aquello? Para eso está la mujer. Él cumplió con toda su responsabilidad: él produce hijos, va de cacería y a la guerra; y eso es un padre efectivo.
Ahora hermanos, yo me pregunto, ¿acaso no es esa escena familiar para nosotros? Y yo estoy seguro que ninguno de ustedes —o casi ninguno— ha ido al África. Pero bueno, Mr. Paul nació allá; pero aparte de Mr. Paul y algunos otros, yo me imagino que esa escena es familiar para muchos de nosotros. No tenemos que ir al África para ver a esos padres. Seguramente muchos aquí conocen algunos hombres así. Son profesionales muy civilizados para muchas cosas, pero en lo que respecta a su responsabilidad de hombres en el hogar, ellos funcionan con una mentalidad tribal en pleno siglo XX, viviendo en el Occidente, en una civilización. ¿Son, o tienen, esos padres una mentalidad tribal y —lo que es peor aún— una mentalidad antibíblica y pecaminosa?
Y pienso que el pastor Nichols ha sido muy acertado al mencionar tres razones claves de por qué algunos padres funcionan de ese modo.
Primera causa: pereza, egoísmo y avaricia
Él dice, en primer lugar —y la primera razón es una terrible tríada—: la primera razón es pereza, egoísmo y avaricia. La primera razón de por qué algunos padres funcionan de ese modo es pereza, egoísmo y avaricia. Estas cosas constituyen las razones más comunes que llevan a los hombres a asumir esa mentalidad tribal.
La Escritura nos enseña que el camino del perezoso es como un seto de espinos: hay tantos obstáculos en su vida que él no puede avanzar. Hay algunos momentos en que este hombre hasta desea fervientemente un cambio en su vida —sobre todo cuando está aquí sentado en la iglesia y oye estas cosas—; él desea un cambio en su vida. Él ve cómo sus hijos crecen y cómo se le están yendo de las manos. Pero hay demasiada pereza, demasiado egoísmo. Este hombre está paralizado. Y como no se sacude en ese momento de cordura que tuvo —él tuvo un chispazo de cordura cuando estuvo aquí sentado en el culto—, pero como no se sacudió, poco a poco vuelve de nuevo al mismo patrón de vida. Después de todo, hay tantas cosas importantes que hacer, como por ejemplo, hacer dinero. Hay tantas cosas importantes que hacer: hacerse un nombre, un buen profesional.
Lo que ese padre, o tal vez ni siquiera se ha detenido a pensar, es que todo el dinero del mundo no podrá proveerle de consuelo a un padre cuyos hijos son un desastre. Tendrá mucho dinero, se hará famoso, el jefe lo respetará en la oficina, pero ese hombre irá a la tumba intranquilo y angustiado. Hermano, no hay dinero en el mundo que pueda proveerle consuelo a un padre así. No hay dinero en el mundo. Pero esa es la razón. Muchos padres descuidan a sus hijos por esa razón.
Segunda causa: ignorancia, temor e ineptitud
Una segunda razón es otra tríada: ignorancia, temor e ineptitud. Ignorancia, temor e ineptitud. Hermanos, es triste, pero muchos padres descuidan a sus hijos sencillamente porque se sienten ineptos, ignorantes e incapaces.
¿Y saben cuándo comienza eso? Eso comienza desde que el bebé nace y hay que cambiar el pañal, o darle la leche. Hay padres que no saben hacer eso. Hay padres que no saben hacer eso. Son brillantes en su profesión, admirados en el mundo, pero se volverían locos si sus esposas le dejaran el bebé solo por unos momentos —mientras ella descansa un poco o se dedica a otros quehaceres—. Se volverían locos.
Es cierto, hermanos, que al principio todos los padres nos sentimos un poco nerviosos —eso es natural—. Pero nunca aprenderás a lidiar con tus hijos si no lo intentas. Nunca aprenderás si no lo intentas.
Hermanos, algunos parecen pensar que el pañal mojado de un niño contiene ácido de batería; que si lo tocan, se dañaría en las manos. No es ácido de batería, créeme. No te va a hacer daño cambiarle el pañal a un niño. Y si no comienzas algún día, nunca aprenderás. Lo que sí le va a hacer daño a tu hijo es tener un padre ausente. Un padre que no sabe nada acerca de él, que no ha estado con su hijo en ninguna de las etapas de su vida.
Hermano, no te extrañes cuando tu hijo sea un adulto y te des cuenta de que el tiempo ha pasado y que eres un desconocido para él, y él es un desconocido para ti. Y eso comenzó desde que tu hijo estaba en la cuna. Allí comenzó el problema: tú no sabes ni siquiera cambiar un pañal, piensas que el imperdible te va a pinchar y quedarás dormido cien años como La Bella Durmiente. Y como decía el pastor Nichols, ahora lo hacen sin imperdibles, para hacerle todavía menos excusa: pañales desechables. Hermano, ahí comienza el problema. Tu hijo es un desconocido para ti. «Ah, porque te sentías inepto, ignorante, porque no sabías cómo hacerlo». Pero si no comienzas, hermano, nunca aprenderás. Nunca aprenderás.
Tercera causa: un celo mal dirigido por servir al Señor
Y la tercera causa que encontramos es penosamente más común de lo que quisiéramos aceptar. ¿Saben cuál es? Un celo mal dirigido por servir al Señor. ¿Saben por qué muchos padres descuidan a sus hijos? Por un celo mal dirigido por servir al Señor.
Y líderes de nuestra iglesia que me escuchan en esta noche, permítanme decirles algo con toda seriedad —y me lo digo a mí mismo—: el servicio al Señor no es una excusa para descuidar nuestra responsabilidad como padres. No lo es. Y es posible que todo esto surja de un sincero deseo de servir a Cristo, de un sincero deseo de agradar al Señor. Pero debemos saber —y esto es serio— debemos saber que la sinceridad de ese deseo no aminora el daño que le estamos causando a nuestros hijos. Podrás ser muy sincero, hermano, en tu corazón, pero eso no aminora el daño que causamos a nuestros hijos si descuidamos nuestra responsabilidad como padres.
De ahí que los pastores deben poner sus prioridades en orden, y aprender a decir que no a ciertas cosas. ¿Y saben por qué van a decir que no a ciertas cosas? Porque le prometió a su hijo que esta tarde iban a ir al mirador a jugar pelota. Va a descuidar a un hermano de la iglesia porque le prometió a su hijo ir a jugar pelota en el mirador. Sí, hermano. Sí, hermano. Porque es importante para su hijo que ese padre se vaya al mirador a jugar pelota con él. Y los hermanos deben entender que el pastor tiene esposa e hijos que cuidar, porque es parte de los requisitos de un pastor en Primera de Timoteo 3: que cuide bien su casa, que sepa criar a sus hijos con toda honestidad.
Claro, hermano, si una persona está a punto de tirarse del puente, él no le va a decir que tiene que ir a jugar pelota con su hijo. Sabemos que hay momentos en que los planes deben ser rotos. Pero no por cualquier cosa, porque nuestros hijos son importantes. Y cuando le damos la palabra a nuestros hijos, tenemos una cita con ellos. Y hermano, la cita con ellos estaba primero que la cita con ustedes. Hermanos, eso es lo que enseña la Escritura, la Palabra de Dios. Nosotros no podemos descuidar a nuestros hijos por la iglesia. ¿Saben por qué? Porque, a la larga, nuestros hijos nos van a descalificar. Nos van a descalificar. Entonces, cuando podamos dar los mejores años de nuestra vida, cuando tengamos experiencia y nuestros hijos tengan 20 y 30 años, ya no podremos ser pastores, porque nuestros hijos son unos perversos.
No, hermanos, no. Nuestra responsabilidad con la iglesia no elimina nuestra responsabilidad con nuestros hijos y con nuestras esposas —primero, que nuestros hijos—. No lo elimina.
Pero este peligro no es únicamente de los líderes de la iglesia. Ningún creyente está exento de caer en esa mentalidad desbalanceada, porque todo creyente verdadero ama al Señor y anhela servirle. Y eso está bien, hermano, pero que nunca sea nuestro servicio al Señor un impedimento para ser responsable en el cuidado de nuestros hijos.
¿Qué pensaríamos nosotros de un padre que tiene a sus hijos pasando hambre porque toda la comida que él lleva a la casa se la da a los hijos del vecino? ¿Ustedes dirían que eso es bondad, o mala administración? Yo pienso que eso es mala administración. Bueno, de igual manera, hermanos, cuando un padre o una madre dedican tanto tiempo a los otros que sacrifican a sus hijos, eso es mala administración, producto de una escala de prioridades incorrectas. Eso no es bondad, hermanos; eso es mala administración del tiempo.
Conclusión: pongamos los ojos en Jesús
Bien, hermanos, para concluir. Yo sé que al escuchar estas cosas que hemos hablado hoy, puede ser que venga cierto desánimo al corazón. Contemplamos todos esos deberes y nos preguntamos: «Para estas cosas, ¿quién es suficiente? ¿Quién es suficiente?». Pero recuerden, hermanos, que Dios no solamente nos ha dado mandamientos, sino también promesas. No solo mandamientos, sino también promesas.
Cuando centramos nuestra atención en los deberes únicamente, tendemos a desfallecer. Por eso la Escritura nos da un consejo, una exhortación, en Hebreos capítulo 12. No debemos centrar nuestra atención únicamente en los deberes. ¿Qué dice Hebreos capítulo 12, versículos 1 al 3?
Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. (He. 12:1-3)
¿Qué dice el autor de Hebreos? Miren a Jesús. Miren a Jesús. No pongan sus ojos en todos esos padres que han fracasado. No, hermanos, no pongan sus ojos en ellos. No pongan sus ojos en la sociedad moderna y sus métodos de crianza, porque son métodos bizarros. Aquí dice: pongan los ojos en Jesús.
¿Saben por qué? Porque él no solamente nos da la fuerza para seguir adelante, sino que también nos provee un manantial inagotable de perdón cuando fallamos. Por eso debemos mirar a Jesús. Él no solamente nos da aliento, estímulo, sino que el Señor tiene para nosotros una fuente inagotable de perdón, porque él sabe que somos polvo. Él sabe que muchas veces fallamos.
Nuestro Padre es un Dios balanceado, y él nos ha dado su Espíritu Santo para que podamos enderezar nuestros pasos, para que podamos resistir la presión del mundo, para que podamos continuar corriendo. Qué buen Padre es nuestro Dios. Él no está en los cielos con un látigo diciendo «caminen, caminen». No: Dios nos da el deber, nos da la fuerza para cumplirlo, y tiene para nosotros, hermanos, un manantial que fluye de la cruz del Calvario, la sangre de Cristo, la cual nos limpia de todo pecado.
Y podemos ir a esa fuente y decir: «Señor, perdóname. Yo sé que no lo he estado haciendo bien. Yo sé que he estado fallando en mis prioridades. Yo sé que he estado fallando como padre, como hombre, como líder de mi hogar». Y dice la Escritura: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad». Podemos seguir corriendo, hermanos, pero puestos los ojos en Jesús. Vamos a orar.