Segundo sermón de la serie Moldeando el carácter de nuestros hijos a la manera de Dios, predicada por el Pastor Sugel Michelén en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (República Dominicana) el 12 de enero de 1992.
Transcripción por Opus 4.7 Claude.
Bien, hermanos, como ustedes recordarán, el domingo pasado comenzamos esta nueva serie de sermones que hemos titulado Moldeando el carácter de nuestros hijos, la cual iniciamos estableciendo tres presuposiciones básicas, o tres principios fundamentales.
Estaba pensando ahorita, mientras estaba sentado esperando pararme aquí a predicar, que con la serie de sermones ocurre más o menos lo mismo que pasa con la construcción de una casa o de un edificio. Cuando uno busca un arquitecto, un ingeniero, para que le diseñe y le construya una casa, uno está esperando y deseando ver rápidamente las paredes ya levantadas. Pero resulta que al principio el trabajo es muy lento: tienen que comenzar a excavar en el solar, comenzar a poner el fundamento. Pero eso es necesario: si no ponemos un fundamento seguro, no vamos a edificar una casa segura.
De igual manera, cuando hablamos de que vamos a predicar o hablar sobre cómo moldear el carácter de nuestros hijos, quizás muchos de nosotros estamos esperando que nos digan algo rápidamente, algo práctico: cómo lidiar con los problemas de nuestros hijos, cómo trabajar con ellos en el hogar, qué hacer cuando no nos obedecen, qué hacer cuando hay una rebeldía, qué hacer cuando esto, qué hacer cuando aquello. Pero hermanos, aquí estamos primero poniendo el fundamento. Tenemos que tomar tiempo para dar estos principios fundamentales, los principios que van a sostener el edificio. Vamos a tener que esperar con paciencia hasta que esas paredes puedan comenzar a ser levantadas.
Dijimos la semana pasada que hay tres presuposiciones básicas, tres principios fundamentales sobre los cuales vamos a construir el edificio. La semana pasada tratamos con el primero de esos principios, y en aquella ocasión vimos, a la luz de la enseñanza de la Escritura, que cada uno de nuestros niños necesita desesperadamente ser moldeado por nosotros como padres. Ese es el fundamento, el primer fundamento que hemos echado en esa zapata que estamos tratando de echar para luego levantar el edificio.
La primera presuposición es: cada uno de nuestros niños necesita desesperadamente, urgentemente, ser moldeado por nosotros como padres. Y esto por tres razones: en primer lugar, por la realidad del pecado que mora en el interior de cada uno; en segundo lugar, por la efectividad de la corrección paterna; y finalmente, por los trágicos resultados que vendrán si descuidamos este deber.
Y esta noche consideraremos el segundo principio fundamental, el cual podemos enunciar de la siguiente manera: es responsabilidad personal de los padres moldear el carácter de cada uno de sus hijos. Ya hemos dicho que nuestros niños necesitan ser moldeados; ahora estamos diciendo que es responsabilidad de los padres dedicarse con fidelidad a Dios, con ahínco, con interés, a moldear el carácter de cada uno de sus hijos.
Hemos venido aquí a escuchar qué dice Dios
Ahora bien, hermanos, antes de pasar a considerar esta presuposición o principio fundamental, es necesario que hagamos una aclaración. Las enseñanzas que estamos impartiendo en esta noche, y todas las demás noches que el Señor nos permita expandir este tema, no han sido extraídas ni de la experiencia personal de este predicador, ni de la experiencia personal de ningún otro hombre, ni de la experiencia personal de un predicador de aquí de la iglesia o de cualquier otra persona. Hemos venido aquí, y vamos a seguir viniendo aquí, a escuchar cuál es la perspectiva que tiene Dios de estas cosas, las cuales han sido reveladas en este libro que nosotros conocemos como las Sagradas Escrituras.
Así que no hemos venido a enterarnos cuáles son las últimas teorías de los psicólogos, sean seculares o sean cristianos. Tampoco hemos venido a copiar las experiencias de tal o cual padre en la forma en que él ha criado a sus hijos. No: hemos venido a preguntarnos qué dice Dios, qué dice Dios.
Y esto es importante, porque una de las manifestaciones más latentes de la rebeldía humana es que Dios dice una cosa y el hombre dice otra. Y una de las áreas donde más se manifiesta esa rebelión humana es precisamente en la familia: Dios dice una cosa, el hombre dice otra. Por eso la invitación de Dios al hombre no solo incluye el abandono de sus pecados, sino también el abandono de sus concepciones personales. Dios no solo invita al pecador a dejar atrás sus pecados, sino que Dios, en una forma clara y expresa, invita al hombre a dejar a un lado sus concepciones personales.
Isaías capítulo 55, versículo 7. Allí podemos ver claramente cuál es la invitación que Dios le hace a todo hombre:
Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. (Is. 55:7)
Dios nos dice: «Deje el impío su camino» —su camino de maldad, su camino de pecado, su camino de egoísmo, etcétera— «y deje también sus pensamientos». ¿Por qué, hermanos? Porque nuestras concepciones personales están dañadas, nuestras concepciones personales están tergiversadas. Lo que los hombres llaman hoy «libertad de pensamiento», la Escritura le llama rebelión. Los hombres le llaman «libertad de pensamiento», pero la Escritura le llama rebeldía.
Isaías capítulo 65, versículo 2, dice Dios:
Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos. (Is. 65:2)
Una persona que anda en pos de sus pensamientos, en cualquier cosa —no solamente en el área de la familia, en cualquier cosa— no es un libre pensador, no es una persona independiente: es un rebelde. Y Dios dice aquí: «Ellos andan por camino no bueno». ¿Cuál es ese camino? Ellos andan en pos de sus pensamientos.
Yo sé que alguien puede estar pensando: «Pero ¿acaso no tiene el hombre libertad de pensamiento?». Sí, el hombre tiene libertad de pensamiento, pero dentro de los límites de lo que Dios nos ha revelado en su palabra. Decir, por ejemplo —y solamente por dar un ejemplo—, que la homosexualidad no es una perversión sino más bien «un estilo de vida distinto», eso no es libertad de pensamiento: eso es rebelión. Eso no es libertad de pensamiento: eso es rebeldía. Porque Dios ha dicho en su palabra que los homosexuales no heredarán el reino de Dios.
Y lo mismo podemos decir con respecto a la crianza de nuestros hijos. Fue Dios quien creó la familia, y por lo tanto es Dios el único que sabe cómo funciona ésta adecuadamente. Y aquí Dios dice una cosa y el hombre siempre está diciendo otra.
Ahora bien, hermanos, ¿qué dice Dios? Hemos venido aquí a escuchar qué dice Dios. Bueno, en primer lugar, Dios nos dice que nuestros hijos necesitan desesperadamente ser moldeados en su carácter. Eso es lo que Dios nos dice en su palabra: que ellos no pueden moldearse solos, que ellos necesitan ser moldeados. Y en segundo lugar, Dios nos dice en su palabra que es nuestra responsabilidad personal como padres dedicarnos a moldear el carácter de nuestros hijos.
Y es precisamente este principio el que deseamos desarrollar esta noche. La estructura de nuestro sermón en el día de hoy es bien simple: en primer lugar, veremos ese principio —que hemos dicho ya, de que los padres tienen la responsabilidad de moldear el carácter de sus hijos— sustentado en el Antiguo Testamento; y luego veremos el principio sustentado en el Nuevo Testamento. Es todo lo que vamos a hacer en esta noche.
El principio sustentado en el Antiguo Testamento
Así que veamos entonces, en primer lugar, este principio sustentado en el Antiguo Testamento. Y para ello quiero que vayan conmigo al libro de Proverbios. Vamos a ver cuatro textos claves del Antiguo Testamento, todos en el libro de Proverbios, y luego vamos a ver tres textos claves en el Nuevo Testamento.
Proverbios 1:7-10 — El fundamento de la sabiduría
Comencemos entonces con nuestro primer texto del Antiguo Testamento: Proverbios capítulo 1, versículos 7 al 10:
El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza. Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello. Hijo mío, si los pecadores te quisieren engañar, no consientas. (Pr. 1:7-10)
Como ustedes pueden haber notado desde el sermón anterior, el libro de Proverbios ocupa un lugar clave en el tema que estamos tratando. Todo padre que quiera ser fiel a Dios en su tarea de moldear el carácter de sus hijos debe familiarizarse con este libro inspirado. Nosotros debemos verlo, hermanos, como si fuera nuestro libro de texto. Un libro de texto fundamental —no uno entre otros, un libro de texto fundamental— en la tarea de criar a nuestros hijos en el temor de Dios.
El propósito de este libro lo vemos expresado en los primeros seis versículos:
Los proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel: para entender sabiduría y doctrina, para conocer razones prudentes, para recibir el consejo de prudencia, justicia, juicio y equidad; para dar sagacidad a los simples, y a los jóvenes inteligencia y cordura. Oirá el sabio, y aumentará el saber, y el entendido adquirirá consejo, para entender proverbio y declaración, palabras de sabios, y sus dichos profundos.
La palabra «simple» en hebreo da la idea de una persona que tiene una mente tan abierta que cualquier idea puede penetrar en su corazón, cualquier idea puede entrar en su mente y hacerlo actuar de cierta manera. Es decir: un simple es una persona muy influenciable. En inglés hay una palabra más apropiada que sería la palabra naïve: una persona muy simple, muy influenciable, que puede ser movida con facilidad. Dice que el libro de Proverbios puede dar sagacidad a una persona así.
El texto clave de todo el libro es el versículo 7: «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová». Ese es el tema del libro: la sabiduría que viene del temor de Dios. Salomón está aquí instruyendo a su hijo en la sabiduría, entendiendo por sabiduría la capacidad de emplear los mejores medios para los mejores fines. Cuando nosotros hablamos de un hombre o una mujer sabios, estamos hablando de una persona que tiene la capacidad de emplear los mejores medios para lograr los mejores fines. Es decir, un hombre sabio puede discernir entre el bien y el mal, y a la hora de tomar una decisión decidirá lo que es mejor —tanto para la gloria de Dios como para su propio bienestar y el bienestar de otros—.
Así que una persona puede ser muy inteligente, puede haber acumulado una gran cantidad de conocimiento, y aún así no ser sabia. No necesariamente una persona sabia es inteligente; no necesariamente una persona inteligente es sabia. Puede haber un hombre, puede haber una mujer, que haya tenido la oportunidad de acumular una gran cantidad de conocimiento, y no ser aún así una persona sabia.
¿Y cuál es el deseo de todo padre piadoso y sensato? ¿Que sus hijos sean inteligentes, o que sus hijos sean sabios? Bueno, quisiéramos que sean inteligentes y sabios. Pero si tenemos que elegir entre una de las dos cosas, hermanos, oremos a Dios que nos dé hijos sabios. Porque hay muchas personas inteligentes en este mundo con vidas destrozadas. Hay muchas personas geniales en este mundo con vidas destrozadas, vidas destruidas, personas inservibles, cuya vida no sirve para nada. Así que, hermanos, todo padre piadoso, todo padre sensato, debe desear que sus hijos lleguen a ser sabios, que a la hora de enfrentar la vida sepan tomar las mejores decisiones y usar los mejores medios para lograr los mejores fines.
Ahora bien, Salomón nos dice en los versículos 7 al 10 que hay tres fundamentos necesarios para obtener esa sabiduría.
Primer fundamento: el temor de Dios
En primer lugar, dice él que si deseas obtener sabiduría, debes adquirir temor de Dios. «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová». El temor de Dios es el principio, la fuente de donde emana la sabiduría, la parte principal y fundamental de ese conocimiento. Y así como no podemos aprender a leer sin conocer el abecedario, así tampoco podemos llegar a ser sabios sin tener temor de Dios. Eso es imposible.
El hombre que teme a Dios toma en serio sus amenazas. El hombre que teme a Dios sabe cuáles son sus mandamientos, y sabe que esos mandamientos deben ser obedecidos por su propio bien. El hombre que teme a Dios aprende a ampararse en las promesas divinas.
Pero hermanos, ¿qué le pasa a un hombre que no tiene temor de Dios? Un hombre que no tiene temor de Dios es una especie de barco navegando a la deriva en una noche oscura y tempestuosa, sin carta de ruta y sin brújula. Eso es un hombre que no teme a Dios. Y por lo tanto es imposible ser un hombre sabio sin temor de Dios. Eso no puede ser. Ese hombre está navegando en una noche oscura, tempestuosa, sin carta de ruta y sin brújula: no puede llegar a ningún sitio. Por lo tanto no puede ser un hombre sabio.
Segundo fundamento: instrucción y dirección paterna
En segundo lugar, Salomón nos dice que para obtener esa sabiduría se necesita dirección e instrucción paterna. Versículos 8 y 9: «Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello».
Algunas personas supuestamente están dispuestas a aceptar lo primero como bueno y válido —es decir, el temor de Dios— mientras que al mismo tiempo desprecian la instrucción y dirección paterna. Pero ¿qué dice Dios aquí? Dios dice: «Hijos míos, si deseáis obtener la sabiduría, no solo debéis vivir en el temor de Dios, sino que también debéis escuchar lo que dicen vuestros padres». Eso es lo que dice Dios aquí.
Niños y jóvenes que están aquí en la iglesia, por favor, escuchen bien. Niños y jóvenes que están aquí sentados en esta noche, escuchen bien: Dios dice aquí que si deseas ser sabio, debes escuchar a tus padres. Ambos padres. Dios dice muy claramente: «No desprecies la instrucción de tu padre, no menosprecies la dirección de tu madre». Ambos padres están incluidos.
Dios no está pensando aquí en la madre que está sentada en la casa y que constantemente dice al niño: «Deja que venga tu papá». No. Tampoco Dios está contemplando aquí a un niño que le teme a su padre, que obedece a su padre, pero que menosprecia la dirección de su madre. Ese niño es un insensato. Dios dice aquí: «Niños, si queréis ser sabios, debéis escuchar la voz autoritativa de vuestros padres». Ambos padres: papi y mami, los dos. Porque los dos fueron puestos por Dios como una autoridad sobre ti.
Y como bien señala el pastor Nichols —de quien estamos tomando la mayor parte de este material—, él dice a los niños y jóvenes:
Niños, jóvenes: ellos, los padres, han vivido más que ustedes, han visto más que ustedes, saben más que ustedes. Escúchenlos por su propio bienestar. Si queréis ser tontos, rechazad su consejo. Si queréis ser sabios, recordad no solo que los ojos de Dios están sobre ustedes —que es el temor a Dios— sino también escuchad a vuestros padres.
Y sobre todo, los jóvenes, cuando son adolescentes y pasan de los 15 años, siempre llegan a creer que son más inteligentes que sus padres. Mira, jovencito: si tú piensas que eres más inteligente que tus padres, yo voy a suponer que lo eres. Vamos a suponer —dentro de 10 años te vas a dar cuenta que no es así, pero vamos a suponer— que lo eres. Quiero poner un ejemplo sobre tu conciencia en esta noche: nuestro Señor Jesucristo era perfecto, indudablemente más inteligente que José y María, y dice la Escritura que durante toda su vida estuvo sujeto a sus padres hasta que llegó a ser un adulto. Así que cuando el diablo ponga en tu corazón la idea de que eres más inteligente que tu papá y que eres más sabio que tu mamá, recuerda que el Señor Jesucristo era más inteligente que tú, que tu mamá y que tu papá, y se sometió a sus padres hasta que llegó a ser un adulto.
Si quieres ser sabio, Dios te dice aquí lo que tienes que hacer. Si quieres ser un tonto, rechaza el consejo de tus padres, y vas a ver, vas a ver.
Tercer fundamento: rechazar el consejo del mundo impío
Y en tercer lugar, Salomón nos dice en los versículos 10 al 19 que si queremos ser sabios, debemos rechazar los consejos del mundo impío que nos rodea. Dice aquí en el versículo 10: «Hijo mío, si los pecadores te quisieran engañar, no consientas». No consientas.
El autor nos está presentando un contraste aquí. Él no está viviendo en un mundo utópico donde todo es bondad, donde todo es bueno, sino que él sabe que en este mundo no solo recibiremos influencias positivas, sino también influencias negativas. Así que, por un lado, dice a los niños y jóvenes: «Escuchad la voz de Dios, escuchad a vuestros padres». Pero por el otro lado dice: «No escuchen la voz de los pecadores». Ellos tratarán de engañarte, ellos tratarán de arrastrarte al estilo de vida de ellos. Si quieres ser sabio, no cedas a la presión. No te dejes intimidar, no seas tan cobarde —eso es lo que Dios está diciendo—. No seas tan cobarde, no te dejes intimidar, no te dejes arrastrar. Debemos resistir el estilo de vida y la filosofía de vida del mundo si deseamos ser sabios.
El Salmo 1, que cantamos hace un momento, ¿qué dice? Que si queremos ser sabios debemos tomar la senda distinta a la del consejo del malo:
Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, su hoja no cae, y todo lo que hace prosperará. (Sal. 1:1-3)
Ese es el resultado de ser un hombre y una mujer sabios. Así que para obtener la sabiduría hay tres fundamentos aquí: vivid en el temor de Dios, escuchad a vuestros padres, rechazad la presión e influencia de los malvados.
Una presuposición que nos atañe a los padres
Pero hermanos, hermanas, esta enseñanza presupone algo. Nos sentimos contentos los padres ahora porque nuestros hijos están aquí sentados escuchando estas cosas, y decimos: «¡Qué bueno que mi hijo, mi hija, está oyendo esto!». Pero hermano y hermana, aquí hay algo que te atañe a ti como padre primariamente. Salomón está presuponiendo que nuestros hijos están recibiendo, tanto del padre como de la madre. Hay una presuposición envuelta en el texto.
Muchos jóvenes terminan escuchando el consejo de los malvados porque no encontraron en el hogar las respuestas que tenían a sus preguntas. No las encontraron. Tenían temor a ser defraudados por padres que nunca tenían tiempo, o sencillamente nunca llegaron a desarrollar con sus hijos una relación abierta de comunicación. Desde que nacieron no llegaron a fomentar esa relación; quisieron esperar a que los niños sean más grandes, y siempre había una razón para esperar a que sean más grandes para fomentar esa relación. Y ¿qué sucedió cuando surgieron las inquietudes y el joven llegó adolescente con muchas preguntas? Decidió ir a buscar sus respuestas en otro lado. Esa fue su decisión.
Hermanos, es importante que nos detengamos por un momento a considerar esto. ¿Podemos con limpia conciencia amonestar a nuestros hijos porque ellos no han seguido nuestros consejos y nuestras instrucciones en cuanto a los valores de la vida, en cuanto a la vida eterna, en cuanto al temor a Dios, en cuanto a los amigos con que debían andar, los amigos que debían escoger, el estilo de vida que debían imitar, el modo de comportarse como una señorita o como un joven? ¿Podemos nosotros amonestar con buena conciencia a nuestros hijos porque en algún punto de esos no han seguido nuestra instrucción? ¡Oh, hermanos! Más bien, ¿podemos nosotros ser amonestados por Dios por cuanto no hemos instruido adecuadamente a nuestros hijos en lo que respecta a esas cosas? Hermanos, ¿cuál de las dos cosas? ¿Podemos nosotros amonestar a nuestros hijos, o puede Dios amonestarnos a nosotros porque no les hemos dado a ellos instrucciones claras en todas las cosas?
Hermanos, somos nosotros los que debemos instruir a nuestros hijos en cuanto a los amigos que deben tener, en la forma en que se deben vestir, en el estilo de vida que van a seguir, en el temor a Dios, en la piedad, en todo —en todo—. Nuestros hijos no pueden moldearse solos. Ellos necesitan de nuestra instrucción para que puedan llegar a ser sabios.
Así que este primer texto que hemos leído del libro de Proverbios infiere el deber que estamos tratando de establecer en esta noche. ¿Cuál es el deber? Nosotros, los padres, tenemos el deber de moldear el carácter de nuestros hijos. Y Salomón está presuponiendo que todo padre, toda madre, dará dirección, instrucción clara, a sus hijos. Pero hay otros textos en el mismo libro de Proverbios que no infieren el asunto, sino que lo enseñan clara y directamente. Aquí lo infiere; pero hay otros textos de Proverbios que lo enseñan en una forma clara y llana.
Proverbios 19:18 — «Hay esperanza»
Proverbios capítulo 19, versículo 18:
Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo. (Pr. 19:18)
Noten que aquí no se infiere nada. Dios nos dice en una forma directa que el disciplinar a nuestros hijos, el criarlos en la disciplina y amonestación del Señor, no es una opción, tampoco es una sugerencia: es un deber, una obligación. El no hacerlo equivale a tomar otra decisión.
Noten: el texto pone delante de nosotros dos decisiones. O decidimos criar a nuestros hijos en el temor de Dios, o entonces hemos tomado otra terrible decisión. ¿Saben cuál? Destruirlo. «Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza, y que no se apresure tu alma para destruirlo». Padres, no hay más que dos opciones aquí: o estamos conscientemente dedicados a forjar un carácter sabio y piadoso en nuestros hijos, o estamos dejando crecer en ellos la semilla de su propia destrucción. Solo dos opciones.
Pero hay algo aquí que nos llama poderosamente la atención, y es el hecho de que Dios no se limita en el texto a dar la orden, sino que al mismo tiempo pone un incentivo. Dios no solo te da la orden, sino que al mismo tiempo Dios te estimula, pone un incentivo aquí. Dios nos dice: «Castígalo en tanto que hay esperanza». Lo que él está diciendo es: hay esperanza. Y Dios está usando esa esperanza como una motivación para los padres.
¿Y qué es lo que nos llama la atención? Bueno, lo que nos llama la atención es el hecho de que Dios entiende que nosotros los padres necesitamos un incentivo, que nosotros los padres necesitamos una motivación para hacer esto. Y ya me imagino algunos solteros aquí preguntándose: «¿Y necesitan los padres, para dedicarse a moldear el carácter de sus hijos, acaso necesitan los padres una motivación, un incentivo para dedicarse a una tarea tan sagrada?». Bueno, solo una persona que no tenga hijos podría responder que no. Porque realmente hay pocos trabajos que tiendan a ser más desalentadores que este: el moldear el carácter de nuestros hijos. Y como Dios sabe eso, Dios no se limita a darnos la orden: Dios también nos estimula, porque él es un Dios bondadoso.
Hermanos, cuando un padre ha estado trabajando con su hijo una y otra vez, una y otra vez, y vienen esos terribles momentos cuando creemos no que el asunto se ha estancado, no, sino que más bien ha echado para atrás… entonces nos preguntamos: «¿Y valdrá la pena todo esto? ¿Vale la pena todo esto: las pelas que he tenido que pegarles, las veces que he tenido que hablarles acerca de ese mismo asunto, y ha vuelto a caer en el mismo asunto? ¿Vale la pena todo esto?». Hermanos, no se den por vencidos, porque vale la pena. Dios nos dice: hay esperanza, hay esperanza. Él nos conoce y sabe cuánto nos desanimamos, pero nos ha dejado esta promesa aquí para alentarnos a seguir adelante.
Perseveren en el asunto. Si ya se lo has dicho 50 veces, díselo otra vez con la misma paciencia que tuvo el primer día que se lo dijo. Insista de nuevo, exígele otra vez. Nunca se dé por vencido, porque, hermano, hay esperanza. Dios lo dice en su palabra: hay esperanza.
Quizá tengamos que esperar a que nuestros hijos se casen y tengan sus hijos para ver el fruto de todo esto. Probablemente. Y sabe algo más: probablemente nuestros propios hijos tendrán que esperar a tener sus hijos para comprender algunas cosas. Probablemente. Pero un buen día llegarán a tu casa con tus nietos —o sea, con los hijos de ellos— y te mirarán con cierta nostalgia y te dirán: «Ahora yo entiendo algunas cosas». Hay esperanza, hay esperanza. No te des por vencido. Sea más tarde o más temprano, verás lo que este texto dice, lo verás. Sea más tarde o más temprano, Dios lo ha prometido.
Pero recuerda, hermano, que la promesa de Dios solo se obtiene por medio de la fe y la paciencia. Por medio de la fe y la paciencia. Hebreos capítulo 6, versículo 12: «Sean imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». El asunto no es creer en un momento: el asunto es seguir creyendo, seguir creyendo, perseverar, aún cuando las circunstancias me dicen: «Esto no vale la pena». Pero hermano, cuando tu circunstancia te diga: «Esto no vale la pena», recuerda Proverbios 19:18: hay esperanza.
Proverbios 23:13-14 — «Es un asunto de vida o muerte»
Proverbios capítulo 23, versículo 13 al 14:
No rehúses corregir al muchacho, porque si lo castigas con vara, no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol. (Pr. 23:13-14)
Una vez más nos encontramos aquí con un imperativo. No es una opción ni una sugerencia. Podrás rehusar algunas cosas a tus hijos, pero nunca rehúses el corregirlo. Eso es lo que dice Dios aquí. ¿Por qué? ¿Cuál es el incentivo? Porque si no lo corriges consistentemente, estás produciendo en ellos ese estilo de vida que probablemente lo llevará a una muerte temprana. Si rehúsas corregir a tu hijo, lo estás forjando, lo estás moviendo a ese estilo de vida que probablemente conduzca la vida de tu hijo a una muerte temprana.
Así que, mientras el texto anterior proveía un estímulo a los padres desanimados, este texto provee un estímulo para los padres despreocupados, o los que están excesivamente ocupados en otras cosas. Aquel le decía al padre desanimado: «Hay esperanza»; este le dice a los padres despreocupados: «Hay un riesgo, hay un riesgo». Lo que Dios nos está diciendo aquí es que este es un asunto de vida o muerte, que hay un alto riesgo envuelto en el descuido de este deber. El texto nos dice que por nada del mundo rehúses el corregir a tu hijo, que el riesgo que te corres es altísimo. Hermano, lo estás exponiendo a una muerte temprana; y lo que es peor aún, no estás haciendo nada para impedir que tu hijo vaya al infierno. No estás haciendo nada para impedir que tu hijo caiga finalmente en el infierno. Este es un asunto de vida o muerte.
La ilustración del bebé en la piscina
Hermanos, imagínense por un momento una ilustración que escuché esta semana, o que leí esta semana. Imagínese por un momento que sus tres hijos están jugando en el patio de su casa, donde usted les ha armado una pequeña piscina de plástico. Sus niños de dos y cuatro años están metidos en el agua, y su bebé de cinco meses está sentado en su coche observando a los otros niños. Pero usted entra por unos segundos a la casa a hacer algo, y en ese momento a sus hijos se les ocurre la brillante idea de sacar al bebé del coche y meterlo con ellos en el agua.
Yo le voy a hacer una pregunta: ¿cuál sería su reacción si de repente usted escuchara el grito de sus hijos de dos y cuatro años diciéndole que su bebé de cinco meses está en el fondo de la piscina con la cabeza debajo del agua? ¿Cuál sería su reacción? ¿Se imaginan ustedes que la madre les diría: «Yo no puedo ir ahora porque estoy haciendo unos quehaceres en la cocina, o me estoy pintando las uñas»? ¿Ustedes creen que la madre diría eso? Yo supongo que no, yo supongo que no. Es más: estoy seguro que no.
¿O qué le diría el padre a los niños: «No puedo ir ahora porque faltan unos minutos para que se termine el segundo tiempo del partido de basketbol que estoy mirando aquí en la televisión»? ¿Ustedes piensan que el padre diría eso? ¿O: «Estoy leyendo el periódico —imagínate—, estoy leyendo las noticias del viaje de Bush a Japón, y quiero saber qué fue lo que pasó en la recepción donde Bush se desmayó; me faltan unos minutos»? ¿Ustedes imaginan que el padre o la madre dirían eso? Por supuesto que no. No importa lo que estén haciendo: seguramente correrán al patio a sacar al bebé de allí, porque es un asunto de vida o muerte. Cada segundo cuenta, cada paso cuenta.
Bien, hermanos: lo que Dios nos está diciendo aquí es que no hay excusa que sea válida para dejar de moldear el carácter de nuestros hijos, porque esto es un asunto de vida o muerte. Es un asunto de vida o muerte. «No rehúses corregir al muchacho, porque si lo castigas con vara, no morirá». No morirá. Cada segundo cuenta, cada minuto cuenta, cada hora, cada día, cada semana, cada momento cuenta. Es un asunto de vida o muerte. Eso es lo que Dios nos está diciendo aquí.
Así que, hermano, no digas que tienes mucho trabajo, o que hay otras cosas más importantes que atender. O te dedicas a moldear el carácter de tu hijo, o —escucha bien esto— en algún momento tendrás su cadáver en tus brazos. Y tal vez, tal vez, tú mueras antes que tus hijos. Pero aquí no estamos hablando únicamente de una muerte física: a veces hay una muerte peor que esa. O te dedicas a moldear el carácter de tus hijos, o verás con tus propios ojos la vida de tu hijo y de tu hija destruida. Y a veces me pregunto: ¿qué es peor para un padre, ver a su hijo muerto, o con una vida destrozada?
El texto dice: «No rehúses corregir al muchacho, porque si lo castigas con vara, no morirá». No morirá. Es un asunto de vida o muerte. Si no te dedicas a moldear el carácter de tus hijos, algún día tendrás en tus propios brazos el cadáver de tus criaturas. No hay tiempo que perder. No hay tiempo que perder. Ni un segundo, ni una hora, ni un día.
Proverbios 29:17 — «Moldéelos ahora, descanse después»
Otro texto: Proverbios 29:17. Recuerden, hermanos, lo que estamos tratando de probar aquí: estamos tratando de probar que hay una responsabilidad en los padres de moldear el carácter de sus hijos.
Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma. (Pr. 29:17)
Una vez más, he aquí el deber: «Corrige a tu hijo». ¿Cuál es la motivación ahora? «Te dará descanso y alegría». Te dará descanso y alegría. Dice el pastor Nichols muy acertadamente:
¿Desea usted paz mental, felicidad? ¿Quiere estar orgulloso de sus hijos? ¿Quiere alegrarse en ellos? Moldéelos ahora, descanse después. Moldéelos ahora, descanse después. No los moldee ahora, y estará preocupado y ansioso después; llorará después.
Esa es la inferencia lógica del texto.
Hermanos, Dios está apelando aquí al amor propio. ¿O es correcto eso, que Dios apele al amor propio? Bueno, Dios lo cree correcto, porque Dios está aquí diciéndole a los padres: «Tú quieres descansar; aún sea por esa motivación egoísta, quieres descansar, moldea el carácter de tus hijos ahora; descansarás después». Todo ser humano desea descansar algún día, disfrutar de una vida quieta y tranquila. Bueno, el camino para los padres lograr eso es el de dedicarse a moldear el carácter de sus hijos. De lo contrario, cosechará dolor, tribulación, angustia y desasosiego.
Muchas veces los padres clamamos por un momento de paz y tranquilidad. De hecho, yo conozco el testimonio de muchos padres —entre los cuales yo me incluyo— que dicen: «Desde que tuve mi primer hijo no he vuelto a dormir una noche entera». Muy rara vez, muy rara vez. Siempre está uno con el oído agudo para ver un ruido, cualquier cosa que ocurre, la tos, aquello, lo otro. Y los padres clamamos: «Yo quiero un momento de paz y tranquilidad».
Bien: Dios está diciendo aquí que la tranquilidad vendrá, pero no ahora. La tranquilidad vendrá, pero no ahora. Moldéelos ahora, descanse después. Si hay algo que se le pueda quedar grabado de este mensaje en esta noche, es esto: moldéelos ahora, descanse después. Podremos tomarnos ciertos respiros en el ínterin, pero el verdadero descanso vendrá después. Ese «después» puede ser dentro de 15, 20, 25 años; yo no lo sé. Pero vendrá. Pero después, no ahora; no ahora.
Algunas personas me preguntan: «¿Cómo yo puedo saber si mi hijo o mi hija de 8 años es convertido?». Espera a que se case. Cuando tú lo veas que se casa con un hombre o una mujer piadoso, tú puedes decir: «Era creyente, era creyente». Moldéelos ahora, descanse después; esa es la fórmula bíblica. Dios te está prometiendo aquí tranquilidad, paz, sosiego. Pero, hermano: no ahora, no ahora.
El principio sustentado en el Nuevo Testamento
Ahora bien, habiendo sustentado el principio con algunos textos del Antiguo Testamento, vamos ahora al Nuevo Testamento.
Efesios 6:4 — Disciplina y amonestación
Efesios capítulo 6, versículo 4:
Vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor. (Ef. 6:4)
En este texto encontramos una enseñanza negativa y otra positiva. Aquí Pablo nos está hablando de dos filosofías de crianza distintas, y se nos manda a seguir una de las filosofías y evitar la otra. En la parte negativa se nos dice que no debemos provocar a ira a nuestros hijos. En la parte positiva se nos manda en cambio a criarlos en la disciplina y amonestación del Señor.
Y hay dos palabras aquí que debemos tomar en cuenta. La palabra disciplina es la misma que encontramos en el Antiguo Testamento traducida como «castigo», castigo, y enfatiza básicamente el elemento de demanda que debe estar presente en el proceso de moldear el carácter de nuestros hijos. Es decir, que Dios no está esperando únicamente que nosotros le digamos a nuestros hijos lo que ellos deben hacer y después confiar en que ellos van a hacerlo. No: debemos darles la instrucción, pero al mismo tiempo debe venir una demanda. ¿Qué sucede si el niño no sigue la instrucción? ¿Qué sucede, qué ocurre? ¿Cuál es la consecuencia de que el niño no siga la instrucción? ¿Cuál es la consecuencia de que el niño se rebele contra la instrucción del padre?
Así que la crianza en la disciplina y amonestación del Señor: tiene que haber demanda, tiene que haber consecuencia. Pero al mismo tiempo, tiene que haber dirección verbal y confrontación. Y esa es la palabra amonestación, amonestación. Así que en el proceso de criar a nuestros hijos, en el proceso de moldear su carácter, deben estar envueltos estos dos elementos: por un lado debemos dar algunas directrices verbales, pero por el otro lado debe haber algunas demandas de que esas directrices sean obedecidas. Son los mismos elementos que encontramos en el Antiguo Testamento: vara e instrucción.
Noten, hermanos: no puede haber uno sin el otro. No puede haber instrucción sin vara, no; tampoco puede haber vara sin instrucción. Hay padres que les pegan a sus hijos simplemente, y ellos creen que con eso están cumpliendo el proceso de crianza.
La ilustración del jarrón roto
Vamos a suponer por un momento que su niño está jugando en la sala y rompe un jarrón. El niño está asustado por lo que ha hecho. Usted lo toma por un brazo, ahí mismo se lo lleva a un sitio, y «pa», le da su pela. Pero usted no le ha explicado al niño qué pasó. ¿Qué puede estar pasando en la mente de ese niño? Bueno, puede estar pasando la idea de que le pegan por haber roto un jarrón.
Pero tal vez usted debe tomar al niño y decirle: «Mi amor, ¿qué yo te dije con respecto a jugar con una pelota en la casa?». «Que no se puede jugar con una pelota en la casa». «¿Qué tú hiciste?». «Jugué con la pelota en la casa». «¿Cómo se llama eso?». «Desobediencia». «Y ¿qué yo debo hacer como padre por tu desobediencia?». «Pegarme una pela». «Bien: date vuelta». Y le pega. Eso es vara e instrucción. No puede haber una de las dos: tienen que estar las dos para que el texto de Efesios 6:4 se cumpla cabalmente.
El contraste del texto: provocar a ira vs. moldear
Ahora bien, hermanos, debemos notar aquí la estrecha relación que existe entre la parte negativa del texto y su parte positiva. Algunos padres no le pegan a sus hijos porque tienen el temor de provocarlos a ira. Pero hermanos, el texto enseña todo lo contrario, el texto enseña todo lo opuesto: se nos dice que no debemos provocar a ira a nuestros hijos, sino —y esa palabra, esa partícula griega, es muy enfática, presenta un fuerte contraste entre dos ideas— sino que debemos dedicarnos a moldear su carácter. En otras palabras: lo que provoca a ira a nuestros hijos es que rehusamos el moldear su carácter. Él está diciendo: «No provoques a ira a tu hijo; en cambio de eso, moldea su carácter, disciplínalo y amonéstalo en el Señor».
Los niños que se dejan sin corregir, sin ninguna demanda sobre ellos, sin ninguna —o muy poca— dirección e instrucción paterna, terminan llenos de resentimiento, llenos de amargura, enojo, hostilidad y desafío. El texto nos está diciendo que si rehusamos corregir al muchacho, lo provocamos a ira, lo provocamos a ira.
Hermanos, nuestros hijos no entienden esto conscientemente, pero ellos anhelan tener un padre que los discipline. Ellos no lo entienden conscientemente, y cuando usted les va a pegar, por supuesto que lloran porque le tienen miedo a la vara. Pero hermanos, nuestros hijos desean internamente que sus padres les pongan reglas, que sus padres les digan por dónde deben andar, que les den directrices en cuanto a los amigos con quienes se deben juntar, en cuanto al vestido que van a usar, en la forma en que se van a comportar. Nuestros hijos lo necesitan y lo desean.
¿Saben por qué lo desean? Porque lo necesitan. Cuando usted tiene hambre, Dios ha puesto un dispositivo en usted, cuando necesita comer, para que le dé hambre. ¿Sabe por qué? Porque Dios sabe que nosotros somos tan descuidados en algunas cosas… y hay personas que son tan adictas al trabajo que, si no les diera hambre, se morirían de inanición. Pero ¿qué hace Dios? Dios ha puesto el dispositivo del hambre para que le haga ver al hombre que tiene una necesidad que debe ser suplida. Dios te ha puesto la sed como un dispositivo, lo mismo que el cansancio, para que entiendas que debes descansar, que debes beber agua. Sí: ciertamente Dios ha puesto en nuestros hijos la necesidad de ser corregidos. Ellos lo van a demandar aunque sea inconscientemente. Un bebito de 5 meses no le va a decir a usted que quiere un biberón de leche, pero su hambre lo lleva a gritar. Un joven, o un niño de 8, 5, 3, 4 años, no le va a decir: «Papi, yo estoy deseoso de que me pegues, yo estoy deseoso de que me disciplines». Por supuesto que no. Pero ¿saben una cosa? Inconscientemente el niño lo demanda, y cuando no se le da, se rebela, se rebela. Lo estamos provocando a ira, estamos provocando enojo en el niño, estamos provocando amargura, estamos provocando resentimiento.
El problema de nuestra generación
Hermanos, ese es el problema de nuestra generación. ¿Qué sucede con nuestra generación? Que provee a los niños y jóvenes de mucha información, pero de poca dirección. A través de todos los medios de comunicación, un jovencito de 12 años sabe más hoy, tiene más información que un hombre de 30 de hace 40 años atrás. Pero ¿cuál es el problema? Que se le da una información supuestamente neutral, se le dice: «Aquí están las opciones; escoge tú». Y él no tiene capacidad para escoger, él no tiene capacidad para escoger.
Y ¿qué hace la generación actual? Que levanta en ellos muchas preguntas, pero casi no les dan respuestas. Y ¿qué tenemos? ¿Qué tenemos al día de hoy? Una generación anárquica donde cada cual hace lo que bien le parece. Tenemos una generación anárquica, producto de ¿qué? Producto de información, pero de poca dirección. Producto de mucha información, pero que viene a través de televisión, radio… los padres están ausentes. El padre está trabajando en la oficina, y la madre está «realizándose como mujer». Y ahí tenemos el ejemplo, hermanos; ahí tenemos el producto. Esa es nuestra generación, la generación que nos ha tocado vivir: una generación anárquica.
Colosenses 3:21 — El balance: ni ausencia, ni opresión
Pero hay otro texto en el Nuevo Testamento que nos provee un balance perfecto a esto que hemos dicho: Colosenses capítulo 3, versículo 21. Aquí tenemos el complemento de Efesios 6:4:
Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. (Col. 3:21)
«No exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten». En Efesios 6:4 se nos dice que si no nos dedicamos a moldear el carácter de nuestros hijos, los provocaremos a ira. Pero ahora en Colosenses se nos dice que si ejercemos sobre ellos un control opresivo, terminaremos desalentando a nuestros hijos, descorazonándolos.
Así que en un texto advierte a los padres que, si dejan a sus hijos sin instrucción paterna, los llevarán al resentimiento y la amargura; pero aquí se advierte a los padres que hacen de sus casas un regimiento militar. Hay padres que hacen de sus casas un regimiento militar. Sus casas no son hogares: son museos. En un hogar uno se siente relajado, es su hogar; pero usted va a un museo y tiene temor de romper una escultura. Y hay padres que han convertido sus casas en un museo. Eso no es un hogar. Allí solo se oyen demandas y críticas: «Sí, señor». «No, señor». Demandas y críticas.
Hermanos, ese dominio egoísta, caprichoso y cruel, dejará a sus hijos sin aliento. Dejará a sus hijos sin aliento. La idea que estamos sembrando en ellos es: «No importa cuánto te esfuerces, nunca podrás agradar, nunca llenará la medida de mis exigencias, nunca». Es un control opresivo. Allí solo se oyen críticas, demandas, órdenes; es un regimiento militar. Eso no es una casa.
Así que en un caso producimos una generación de niños consentidos y malcriados, llenos de enojo y amargura; pero aquí producimos una generación de individuos destrozados que no saben qué hacer con sus vidas, niños inseguros. Ellos no saben qué hacer porque no pueden agradar a sus padres de ninguna manera; son tan exigentes, tan opresivos, que, hermanos, ni que sean robots podrán llenar las exigencias de sus padres. ¿Y qué nos dice Pablo? «Padres, no exasperéis a vuestros hijos». No ejerzan sobre ellos un control opresivo, cruel, egoísta, porque los dejarán sin aliento.
2 Timoteo 3:15 — Esperanza para hogares mixtos
Y un tercer texto del Nuevo Testamento, que quiero buscar y dar a modo de conclusión, es Segunda Timoteo capítulo 3, versículo 15. Este texto nos sirve como un ejemplo, como una ilustración de lo que hemos estado diciendo hoy. Dice el apóstol Pablo —leamos desde el versículo 14 para tomar la idea—:
Persiste tú, [Timoteo], en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. (2 Ti. 3:14-15)
Timoteo era hijo de una madre creyente y de un padre inconverso. Pero Pablo nos dice aquí que este niño, a pesar de haber sido criado en un hogar mixto —es decir, en un hogar donde los dos padres no son cristianos sino solo uno de ellos; eso es un hogar mixto—, aún así Timoteo aprendió desde la niñez las Sagradas Escrituras por medio de su madre Eunice y de su abuela Loida. Este niño conoció desde su más tierna infancia la palabra de Dios. Y ¿qué dice Pablo? Que a Dios le plugo usar esa enseñanza —a pesar de la influencia de su padre inconverso— para traer a Timoteo a salvación; y no solo a salvación, sino a ser un hombre piadoso, que fue grandemente usado, colaborador del apóstol Pablo.
Así que estas mujeres, Eunice y Loida, no se excusaron en el hecho de que el padre era inconverso. Tampoco esperaron a que Timoteo cumpliera los 6 años, o los 10, o los 12, para entrar en la educación del niño, sino que ellas fueron responsables con la educación del niño, y a Dios le plugo bendecir esa responsabilidad.
¿Y por qué traemos este ejemplo hoy en la noche aquí, hermanos? Porque puede ser que muchos aquí estén en una situación similar a la que tuvo que enfrentar Eunice. En su casa están tratando de educar a sus hijos en el temor de Dios, pero no tienen ayuda del esposo, o no tienen ayuda de la esposa. Y lo que queremos dejar en vuestros corazones a la luz de este texto es que a pesar de eso, hay esperanza. A pesar de eso, hay esperanza. Esa instrucción, hermano y hermana, que usted está dejando en el corazón de su hijo puede ser usada poderosamente por Dios para contrarrestar las influencias negativas que vienen de la otra parte, sea de su esposo o sea de su esposa.
Y eso es importante, porque a veces los creyentes se desesperan y dicen: «¿Valdrá la pena que yo esté trabajando con mi hijo o con mi hija, si no solamente no estoy recibiendo la ayuda de mi esposo —la ayuda de mi esposa—, sino que al contrario, estoy recibiendo una influencia completamente negativa? Yo le digo una cosa y él le dice otra; yo le doy una orden y él le da otra». Hermano, hermana: hay esperanza. Es indudable que tu situación es más difícil que la de otros hermanos y hermanas de la iglesia, pero ¿sabes una cosa? Probablemente la gracia del Espíritu para ti también sea mayor, porque dice la Escritura que «donde sobreabundó el pecado, sobreabundó la gracia». Dios da su gracia de acuerdo a la necesidad. Ciertamente necesitas más gracia, pero Dios tiene un arsenal ilimitado de gracia.
Tu trabajo no es en vano, hermano o hermana, no es en vano. Dios ha prometido bendecir su palabra. Lo que no debes hacer de ninguna manera, bajo ningún concepto, es rendirte. Eso es lo que no debes hacer, eso es lo que no debes hacer. Tú tienes un deber igual que toda madre o padre cristiano. El hecho de que tu esposo o tu esposa no sea creyente no te exime de tu deber. Pero, hermano: yo no he venido aquí a amonestar, yo he venido aquí a alentarte. A alentarte por medio del ejemplo de Timoteo: aún en tu caso, hermano y hermana, no rehúses corregir al muchacho. Continúa trabajando con él, y llevando a tu esposo o a tu esposa al trono de Dios en oración, pidiendo que lo traiga al arrepentimiento, y a que Dios ponga una pared que pueda impedir que esa influencia negativa llegue al corazón de tus hijos lo menos posible. Pero Dios está allí en su trono. Tú no estás sola, tú no estás solo educando a tus hijos, porque Dios está contigo, y Dios te ha dado su palabra también.
Conclusión
Hermanos y hermanas, Dios ha puesto sobre nosotros un deber que debe ser llevado a cabo con toda diligencia. ¿Cuál es ese deber? Los padres debemos dedicarnos a moldear el carácter de nuestros hijos. Pero no olviden que la gracia de Dios está disponible para nosotros en el cumplimiento de esta tarea. No estamos solos.
Dios es también un buen padre, y por lo tanto él no nos va a exasperar, él no va a ejercer sobre nosotros un control opresivo y cruel. Dios nos da la orden, pero, como padre amante que es, también nos da su gracia y la instrucción para poder hacerlo bien.
Que Dios nos ayude a tomar este deber con toda fidelidad, con toda responsabilidad. Nuestros hijos necesitan desesperadamente ser moldeados; somos nosotros los padres los que tenemos la responsabilidad de hacerlo.