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La urgente necesidad de moldear el carácter de nuestros hijos

Primer sermón de la serie Moldeando el carácter de nuestros hijos a la manera de Dios, predicada por el Pastor Sugel Michelén en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (República Dominicana) el 5 de enero de 1992.
Transcripción por Opus 4.7 Claude.

Desde que se avisó que daríamos una serie de sermones sobre la crianza de nuestros niños, varias personas nos expresaron que estaban esperando ansiosamente que comenzáramos esta serie. Y debo confesar que yo mismo compartía ese anhelo, porque aparte de ser pastor de la iglesia también soy padre. Y al igual que los otros padres de la congregación, anhelaba que llegara el momento en que pudiera volver a detenerme en mis estudios regulares en este tema específicamente para revisar algunos conceptos aprendidos en el pasado y para continuar aprendiendo con otros materiales grabados y escritos que nos han estado llegando a la Iglesia en estos últimos años.

Muchos de nosotros aquí en la iglesia estamos embarcados en estos momentos en la empresa de criar hijos, sean niños pequeños, sean adolescentes, pero estamos metidos en ese barco y de ahí el interés que ha despertado el anuncio de esta serie de sermones. Por otro lado, tenemos aquí en nuestra iglesia un altísimo porcentaje de jóvenes que probablemente en unos pocos años también estarán metidos en el mismo asunto. Y deben tener desde ahora una perspectiva correcta acerca de lo que significa criar hijos, levantar niños desde el punto de vista de Dios.

Otros que están sentados aquí en esta noche son abuelos, son tíos, y también para ellos será muy beneficioso entender por qué los que son padres hacen lo que hacen, y de ese modo serán de ayuda en un momento dado y no un estorbo, como muchas veces ocurre.

Pero aparte de todo esto, hay un punto en el que todos saldremos beneficiados al escuchar esta serie de sermones. Y es que al hablar de la responsabilidad que tenemos los padres de moldear el carácter de nuestros hijos, por obligación tendremos que tocar esos textos de la Escritura que nos van a hacer ver y notar cuál es el carácter que Dios espera de todos nosotros. Nosotros no podremos nunca moldear el carácter de nuestros hijos si al mismo tiempo no estamos trabajando con nuestro propio carácter. Y en ese punto todos seremos tocados en esta serie de sermones.

Así que aunque usted no sea padre, ni tampoco planee serlo en un futuro cercano, y aunque usted no sea abuelo ni tío de nadie, a pesar de todo eso usted es un ser humano. Y como ser humano, será altamente beneficioso que se exponga a las enseñanzas que comenzaremos a dar a partir de esta noche acerca de cómo debemos moldear el carácter de nuestros hijos.

Por otro lado, debo hacer una advertencia aquí. Hermanos, yo no vengo aquí delante de ustedes como un experto en educación infantil, porque no soy un experto en educación infantil. Yo vengo aquí esta noche más bien como un pastor, así que no es mi propósito traspasar a ustedes mis elucubraciones ni descubrimientos personales. Tampoco vengo aquí a hablarles de mis experiencias como padre, sino más bien como un siervo de Dios y como un cristiano que, al igual que ustedes, necesita escuchar la voz de Dios con respecto a estas cosas.

Y como comentaba uno de nuestros pastores en nuestro culto de oración pasado, debemos tomar en cuenta que muchas iglesias se destruyen precisamente en la segunda y en la tercera generación. Nuestra iglesia es una iglesia de primera generación y esperamos que Dios nos conceda la luz necesaria para que podamos construir ahora el fundamento que permitirá que esta iglesia bíblica del Señor Jesucristo continúe por muchos años brillando con la luz de la gloria de Dios hasta que nuestro Señor venga.

Pero hermanos, para que esto sea posible, los padres debemos tomar muy en serio la tarea que Dios ha puesto sobre nuestros hombros de moldear el carácter de nuestros niños. Dios no espera que ellos se moldeen solos. Ese no es el plan de Dios. Tampoco Dios espera que lo hagan los abuelos ni las abuelas, y mucho menos los amigos de nuestros hijos. Hermanos, ese no es el plan de Dios. Tampoco Dios ve como algo adecuado que una niñera se ocupe de realizar esa labor. ¡Esa es una crueldad! Dios espera que los padres moldeen el carácter de sus hijos. Esa es la enseñanza de la palabra de Dios. Dios ha dicho claramente en su palabra: «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y amonestación del Señor».

Y esta serie de sermones probablemente nos tome unos meses, ya que esperamos, si el Señor lo permite, dar unos treinta estudios acerca del tema, cuando menos. Como dije al principio, estaremos usando varios trabajos grabados y escritos, aunque debo dar un crédito especial a una serie de sermones que el pastor Greg Nichols predicó unos años atrás en la iglesia bautista de Trinity, así como también a un libro escrito en el siglo pasado por John C. Abbott, titulado La Madre en el Hogar; y para los hermanos y hermanas de la iglesia que pueden leer en inglés, yo les recomiendo de todo corazón que utilicen esa capacidad que Dios les ha dado, porque ese libro es inigualable, ese libro es una joya. Y básicamente, el material que estaremos tratando en estas noches va a ser sacado, extraído, de esos sermones del pastor Greg Nichols y de ese libro de John Abbott acerca de la madre en el hogar.

Tres presuposiciones básicas

Y antes de pasar a considerar directamente la tarea en sí que tenemos de moldear el carácter de nuestros hijos, hay tres presuposiciones básicas que debemos establecer. Tres presuposiciones básicas que estaremos estableciendo en los primeros tres o cuatro sermones.

En primer lugar, que la Biblia enseña que nuestros hijos necesitan desesperadamente ser moldeados por nosotros. Esta es la primera presuposición. Dios ha hecho al hombre una criatura muy dependiente de sus padres. Nuestros hijos necesitan comida, ropa, abrigo, amor, atención, educación, etcétera. Pero así como necesitan todas esas cosas, la primera presuposición que vamos a establecer aquí es que también necesitan, desesperadamente, ser moldeados por nosotros.

En segundo lugar, veremos, si el Señor lo permite, el próximo domingo, que es nuestra responsabilidad personal como padres moldear el carácter de nuestros hijos, que esa es nuestra responsabilidad. Y cuando hablamos de padres nos referimos al padre varón y a la madre también.

Y en tercer lugar, veremos la enorme importancia que tiene nuestro ejemplo en el cumplimiento de este deber.

Así que podemos resumir esas tres presuposiciones básicas en tres palabras claves: necesidad, deber, ejemplo. Nuestros hijos necesitan ser moldeados, nosotros tenemos ese deber y en el desempeño de ese deber nuestro ejemplo es importantísimo.

Así que hermanos, lo primero que vamos a hacer en estos tres o cuatro sermones es echar el cimiento, y luego podremos entonces construir el edificio. Comencemos pues con nuestra primera presuposición: nuestros hijos necesitan desesperadamente, urgentemente, ser moldeados por nosotros como padres. Y para probar este principio, esta presuposición, vamos en esta noche a dar tres razones bíblicas. ¿Por qué razón nuestros hijos necesitan urgentemente, desesperadamente, que nosotros los padres moldeemos su carácter? ¿Por qué? Por tres razones.

1. Por la realidad del pecado que mora en cada uno

En primer lugar, por la realidad del pecado que mora en el interior de cada uno. Proverbios capítulo 22, versículo 15. Siempre que hablemos de la crianza de nuestros hijos, por obligación tendremos que tocar ese texto. Dice el proverbista:

La necedad está ligada, amarrada, atada, entremezclada en el corazón del muchacho, mas la vara de la corrección la alejará de él. (Pr. 22:15)

Nuestro texto contiene dos partes, una negativa y la otra positiva. La negativa tiene que ver con la realidad del pecado que mora en nuestro interior. ¿Qué nos dice Salomón? Que la necedad está ligada al corazón del muchacho. La parte positiva tiene que ver con la efectividad de la corrección paterna: «mas la vara de la corrección la alejará de él». La negativa la veremos ahora, en el primer punto. La segunda será nuestro segundo punto.

Hermanos, ¿por qué necesitan nuestros hijos desesperadamente que nos ocupemos en moldear el carácter de ellos? Por la realidad del pecado que mora en ellos. Nuestros hijos no son papeles en blanco que están esperando ser dañados por ese horrible y pecaminoso mundo que está fuera de las puertas de nuestros hogares. Eso no es verdad. Nuestros hijos no son papeles en blanco. Ellos vinieron de fábrica con la necedad ligada en el corazón.

Por ello Agustín decía en sus Confesiones —él está tratando de confesar todos sus pecados, y entonces él va al tiempo cuando él estaba en los brazos de su madre, cuando era un bebé—:

¿Quién me recordará el pecado de mi infancia? Porque nadie está limpio de pecado ante vuestros ojos, ni siquiera el niño de un solo día de nacido sobre la tierra.

Y comentando luego algunas manifestaciones de rabia y envidia que vemos en los niños pequeños, Agustín diserta sobre la supuesta inocencia del niño, y dice lo siguiente:

Así que el niño es inocente, sí, pero sólo en la endeblez de sus miembros infantiles, pero no en su ánimo infantil.

¿Qué está diciendo San Agustín de Hipona? Que nuestros hijos son inocentes solamente en el sentido de lo débil que son sus miembros infantiles, pero no en su ánimo infantil.

Y en esos días estuve escuchando lo que decía un psicólogo norteamericano que no es creyente. Él decía: «Si le damos a un niño de uno o dos años la fuerza de un hombre de treinta, sería un asesino psicópata». Hermanos, cuando ustedes ven a un bebito rabiando porque usted no le quiso dar algo, si ese bebito tuviera la fuerza de un hombre de treinta años, lo golpearía. Y eso es lo que Agustín está diciendo, y eso es lo que nuestro texto dice: la necedad está ligada, amarrada, atada al corazón del muchacho.

Esa resistencia que vemos en el niño a obedecer, esa ira que manifiesta cuando no se cumple su voluntad, hermanos, no son niñerías. La Biblia le llama necedad. Entendiendo, claro está, que en la mentalidad de un hebreo, la palabra necedad señalaba esa propensión al mal que hay en el corazón de todo hombre. Hay una propensión al mal que viene de fábrica ligada en el corazón de todo hombre. Nuestra naturaleza está corrompida por causa de la caída del primer hombre y de la primera mujer.

¿Cuánto trabajo nos da enseñarles a nuestros hijos buenos modales? Pero que sólo salga a la calle y escuche una mala palabra, y usted verá cómo lo aprende de inmediato. ¿Cuánto trabajo nos da que nuestros niños no mientan, que nuestros niños obedezcan la orden del padre? Y nos preguntamos: «¿Quién enseñó a ese bebé a mentir?». Nadie le enseñó al bebé a mentir. La necedad vino ligada a su corazón. La corrupción de nuestra naturaleza caída. Hermanos, eso es lo que Dios nos enseña en su palabra.

En el Salmo 51, versículo 5, dice el salmista David: «En maldad he sido formado, en pecado me concibió mi madre». Y debo aclarar que el salmista David no está diciendo aquí que la relación sexual que hubo entre su papá y su mamá fue un pecado. Porque eso es sagrado, eso es santo a los ojos de Dios. El sexo no es pecaminoso siempre y cuando se mantenga en el marco del matrimonio. No es pecaminoso. Y allí tenemos el Cantar de los Cantares para demostrarlo. Pero David está diciendo: «Mi madre me concibió pecador. Cuando estaba en los brazos de mi madre, yo era un impío».

Y en el Salmo 58, versículo 3, dice el mismo David: «Se apartaron los impíos desde la matriz». Desde la matriz. Y como veíamos esta mañana en Efesios capítulo 2, el apóstol Pablo dice que somos «por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás». No nacemos justificados, no nacemos inocentes, nacemos hijos de ira, lo mismo que los demás.

Así que hermanos, nuestros hijos no tienen que salir de la casa para aprender el mal. Dice un autor al respecto: «Esto no es algo que ellos toman o aprenden por medio de la imitación de malas conductas, aunque eso puede reforzarlo, pero no es la fuente de ello». La mala conducta de los amiguitos de nuestros hijos va a reforzar su maldad, pero no es la fuente de su maldad.

Hermanos, nuestros niños vinieron originalmente con esa propensión al mal. Al principio se manifestará a través de pecados infantiles, pero ese principio de maldad que lleva a un niño pequeño a empujar al compañerito de juego que le ha quitado un juguete es el mismo principio de maldad que lleva al adulto de treinta años a disparar un revólver. Es el mismo principio de maldad, sólo que más maduro, sólo que ahora desarrollado.

No nos dediquemos a moldear el carácter de nuestros niños, y esa hierba mala que vino a sembrar en sus corazones dará su fruto tarde o temprano, de una forma u otra. Y como bien ha dicho alguien: «No podemos darnos el lujo de tratar a pecadores como si no fueran pecadores».

2. Por la efectividad de la corrección paterna

¿Por qué razón debemos dedicarnos con urgencia a moldear el carácter de nuestros niños? En primer lugar, por la realidad del pecado que mora en el interior de cada uno. En segundo lugar, la segunda razón se encuentra en nuestro texto: por la efectividad de la corrección paterna.

Noten, hermanos, que nuestro texto tiene una mala noticia y una buena noticia. Y tan cierta es la buena noticia como la mala noticia. Así como nos dice que la necedad está ligada al corazón del muchacho, también nos enseña que Dios nos ha provisto de un remedio: la vara de la corrección.

Por eso Dios hizo a nuestros hijos con una partecita acolchada aquí detrás, para que nosotros no le hagamos daño y usemos la vara de la corrección. Dios es el autor de la vida humana. Él es quien sabe cómo funcionamos mejor y cuáles son los estímulos a los cuales respondemos como seres humanos.

Los psicólogos de hoy nos dicen que la vara de la corrección no es necesaria, que eso causa frustración al niño. Y debo decir, hermanos, que la psicología tiene apenas cien años y que andan dando tumbos desde hace cien años para acá. Pero ellos nos dicen: «Hoy no se le puede pegar a un niño, eso es una crueldad. Sólo una bestia humana puede pegar una pela a un niño». Pero, hermanos, Dios es el creador de la vida; Él creó a los mismos psicólogos. Y ese Dios que creó todas las cosas dice en Su Palabra que «la vara de la corrección alejará la necedad del muchacho».

Sabemos que hay muchos padres que golpean a sus hijos bestialmente, eso es verdad. Sabemos que hay padres que han abusado y que abusan de su autoridad, y cuando un padre le pega airado a un niño es un abusador. Él está abusando porque su niño no puede devolverle el golpe. Él está abusando de su tamaño y de su autoridad.

Hermanos, el hecho de que existan tales especímenes de padres, por no decir otra cosa, no atenta contra la enseñanza de nuestro texto. El hecho de que hay padres crueles e inmisericordes —y debo hacer aquí la aclaración de que tan inmisericorde es el que abusa de su hijo como el que nunca le pega; es una crueldad no amarrar esa maldad que vino ligada a su corazón, es una crueldad—. Pero hermanos, el hecho de que hay padres que abusan de la autoridad que Dios ha impuesto sobre ellos, eso no atenta, eso no elimina, eso no borra la realidad de nuestro texto.

Dios en su gracia común ha puesto en los niños por lo menos cinco cosas, cinco cosas que nos permiten trabajar eficazmente —no perfectamente, pero sí eficazmente— con ellos en cuanto a la crianza. Y por esas cinco cosas que Dios ha creado, nuestra disciplina paterna es efectiva en la vida de nuestros hijos. ¿Cuáles son esas cinco cosas?

Primera: credulidad en las palabras de los padres

En primer lugar, credulidad en las palabras de los padres. Los niños nacen con una propensión hacia la credulidad en nuestras palabras. Puede suceder que a medida que pase el tiempo, esa credibilidad pueda verse minada por una causa u otra, como cuando le decimos al niño: «Si haces esto te voy a pegar». El niño lo hace y no se le pega. O cuando le decimos al niño: «No te preocupes, mañana te saco a pasear». Llega mañana y no lo saca a pasear. Y a medida que el tiempo va pasando, la credibilidad del padre comienza a venirse a menos.

Pero naturalmente, los niños tienden a creer lo que los padres dicen. Y cuando discuten con un amiguito acerca de algo, el argumento clave es: «Mi papá me lo dijo». Y ya no se puede decir más nada. Ese es el argumento más grande que se puede dar: «Mi papá me lo dijo», o «mi mamá me lo dijo». Porque Dios en su gracia común ha puesto credulidad en el corazón de nuestros hijos.

Segunda: dependencia de sus padres para guianza y protección

En segundo lugar, dependencia de sus padres para guianza y protección. Dios ha puesto en el niño una fuerte necesidad de cuidado, de guía y de protección; y al mismo tiempo ha puesto en ellos un instinto que los mueve a buscar esa guía y esa protección de sus padres. Nosotros somos la seguridad de nuestros hijos.

Todavía recuerdo que cuando era un niño, no sé si de cinco o seis años de edad, visitamos un circo que llegó a nuestro pueblo, y al cual acudió mucha gente. Y estando allí en medio de la multitud, en un momento de descuido, me solté de la mano de mi madre. Ella todavía estaba casi al lado mío, pero yo no podía verla en ese momento. Y todavía recuerdo perfectamente cómo sentí por un instante que el corazón se me iba a salir de la boca, y que mis piernas no podían sostenerme en pie. ¿Por qué? Porque yo no veía a mi madre por ningún lado.

Hermanos, nosotros somos la seguridad de nuestros hijos. Esa es la manera en que Dios planificó la vida humana. Imagínense lo fuerte que es para un niño, si eso es así, ver a su padre o a su madre actuando en medio de una depresión sin saber qué hacer. Toda su seguridad se va al piso.

Ellos están esperando nuestra dirección, nuestra guía. Por eso busque a un niño que no tiene dirección clara en su hogar y en unos años encontrará un hombre inseguro, un hombre que no sabe qué hacer con su vida. Un hombre inseguro, ¿por qué? Porque en su casa no le pusieron límites claros, no le levantaron claramente cuáles son las paredes entre las cuales él podía moverse. Nuestros niños necesitan guianza y protección.

Tercera: deseo de complacer a los padres

En tercer lugar, Dios también ha puesto en su gracia común deseo de complacer a los padres. A ellos les encanta que les digamos que lo han hecho bien. Les gusta ver cómo sonreímos con aprobación cuando hicieron aquello que nosotros les mandamos hacer.

Cuarta: interés de reciprocar el amor que les damos

En cuarto lugar, Dios también ha puesto en ellos interés de reciprocar el amor que les damos. Cuando sonreímos a nuestros niños, ellos tienden a sonreírnos de vuelta, aún cuando son tan pequeñitos que no saben hablar. Ellos no saben hablar, pero saben sonreír. Y ellos captan nuestra sonrisa como un gesto de amor. Y cuando nos sonríen de vuelta, lo que están haciendo es reciprocar ese gesto de amor que hemos tenido con ellos.

Y cuando aprenden a hablar, y nosotros como padres tomamos a nuestros hijos, les damos un abrazo y les decimos: «Te amo», generalmente los niños responden: «Yo te amo también». ¿Por qué? Porque Dios ha puesto en nuestros niños un interés de reciprocar nuestro amor. Hay una tendencia innata en ellos.

Es posible que esa tendencia también sea minada con el paso de los años. Y por eso algunos padres no ven que sus hijos les devuelven el amor que ahora les manifiestan. Pero eso no elimina la realidad de lo que estamos diciendo. Los niños naturalmente están interesados en reciprocar el amor de sus padres.

Quinta: marcada tendencia a imitarlos

Y en quinto lugar, hay en ellos una marcada tendencia a imitarlos. Eso es algo que Dios en su gracia común ha puesto en los niños: una marcada tendencia a imitarlos. Y debo decir aquí que esto es para bien o para mal.

Los niños imitan a sus padres. Por eso dice el apóstol Pablo en Efesios capítulo 5, versículo 1: «Vosotros, pues, como hijos amados, sed imitadores de Dios». Si sois hijos de Dios, debéis imitar a Dios. Ellos imitan nuestros buenos y malos hábitos. Ellos imitan los gestos que tenemos, la forma de hacer las cosas.

¿Recuerdan ustedes, hermanos, aquella historia de esa señora que cada vez que iba a poner la carne en el sartén le cortaba las dos puntas? Y el hijo le pregunta: «Pero mami, ¿por qué cada vez que vas a poner la carne en el sartén le cortas las dos puntas?». Dice: «Bueno, porque yo siempre vi a mi madre hacerlo de esa manera». El niño va donde la abuela y le dice: «Abuelita, ¿por qué tú cortas las dos puntas de la carne antes de meterla en el sartén?». Y dice: «Bueno, yo siempre veía a mi madre hacerlo de ese modo». Va donde la bisabuela, que todavía está viva: «Bisabuela, ¿por qué es que tú le cortabas las dos puntas a los pedazos de carne?». Y dice: «Porque no me cabía en el sartén». Pero a medida que el tiempo fue pasando, la madre y la hija siguieron haciendo lo mismo, porque nosotros aprendemos por imitación.

Aprendemos los buenos y malos hábitos de nuestros padres. Hablamos como ellos, caminamos como ellos, nos paramos como ellos, inconscientemente los imitamos. Y lo que es más dramático aún: nosotros tendemos a imitar las idiosincrasias de nuestros padres.

Si un niño crece en un hogar donde las cosas de Dios son obviamente tomadas en serio, él también las tomará en serio. Pero si crece en un hogar donde sus padres sólo hablan del trabajo, de lo que desean tener, de lo que desean comprar, escuchan cómo la madre se frustra porque no tiene eso, porque no tiene aquello, rara vez ven a la madre o al padre con un libro en la mano, sólo entonteciéndose en la televisión, los escuchan cómo critican a las personas fuera y dentro de la iglesia, rara vez escuchan a los padres alabar a Dios, expresar sus agradecimientos por las bendiciones recibidas... hermanos, si ese es el ambiente en el que crece un niño, ese es el estilo de vida que ese niño imitará. Él está captando silenciosamente cuáles son las cosas que realmente tienen valor a los ojos de sus padres. Y ese es el camino que seguirán. Ellos están imitando la idiosincrasia de su padre, que solamente piensa en hacer dinero, en hacer dinero, en hacer dinero, y la madre solo en comprar, en comprar, en comprar.

Hermanos, nosotros podemos dedicarnos a trabajar con nuestros niños, a criarlos en la disciplina y amonestación del Señor, porque Dios, en su gracia común, ha puesto cinco elementos esenciales en el corazón de nuestros hijos:

  1. Ellos creen lo que ustedes les dicen.
  2. Ellos dependen de ustedes para guianza y protección.
  3. Ellos desean agradarles.
  4. Ellos tienden a reciprocar vuestro amor.
  5. Hay en ellos una tendencia innata a imitarlos.

Es Dios quien ha creado ese lazo especial que existe entre padres e hijos. Por ello, los niños alardean a veces de que su papá es más fuerte: «¡Mi papá es más fuerte que el tuyo, y más inteligente!». Y hasta pelean por eso. ¿Por qué? Porque ellos están orgullosos de sus padres… hasta que llegan a la adolescencia y comienzan a contemplarlos con ojos más objetivos. Y ahí es que está el peligro, ahí es que está el peligro.

Por eso muchos niños que crecen en iglesias cristianas se van al mundo a los 12, 13, 14 años de edad. ¿Por qué? Porque a esa edad comienzan a pensar un poco más independientemente, y entonces llegan a la conclusión de que sus padres eran unos hipócritas. Pero hasta que llegamos a esa edad, los niños son crédulos; los niños son crédulos.

Ellos están orgullosos de sus padres, y Dios ha hecho esto así para que nuestro trabajo con ellos pueda dar resultado.

Gracia común y gracia especial

Es cierto que la crianza de nuestros niños no nos hará cristianos. La crianza de un niño no lo hace cristiano. No es la gracia común la que lleva a los hombres a la salvación, sino la gracia especial de Dios. Dios tiene una gracia común a través de la cual da dones y beneficios a todos los hombres, creyentes e incrédulos. Dios hace llover sobre justos e injustos. Dios hace salir su sol sobre malos y buenos. Pero esa no es la gracia que trae a los hombres a salvación, sino la gracia especial.

Por más que disciplinemos a un niño, y por más que le enseñemos la palabra de Dios, no podremos cambiarle el corazón de piedra por uno de carne. Sólo Dios puede hacer eso. Pero Dios usará esa disciplina, primero, para frenar la maldad que hay en su corazón. Y eso es bueno. Y en segundo lugar, Dios puede usar esa disciplina en su gracia especial para atraerlos a Cristo y hacer un uso poderoso de ellos para la gloria de Dios.

¿Y cuántos hermanos están aquí hoy, en esta iglesia, redimidos por la sangre de Cristo, pero que lamentan el que sus padres no hayan sido más consistentes controlando sus pasiones y sus hábitos pecaminosos? ¿Cuántos están aquí en esta noche que se lamentan porque «mis padres no fueron más consistentes»? Hoy son cristianos, es verdad, pero cuánto problema tienen para ejercer el dominio propio, para ser disciplinados en su vida de piedad. Sus padres nunca pusieron un freno a su holgazanería; estudiaban cuando querían, se levantaban de la cama cuando querían. Nunca le pusieron un freno a su mucho dormir, a las horas que pasaron frente a un televisor.

¿Y qué tenemos hoy? A un creyente que tiene que vencer muchos obstáculos para tener una vida disciplinada de piedad. A un creyente con muy mal hábito de lectura y con muchos hábitos pecaminosos que vencer.

Eso no los justifica de ningún modo, no estamos aquí justificando eso. Los deberes escriturales son para todo creyente, no importa la crianza que haya recibido. Cuando Dios dice que debemos ser disciplinados en la vida de piedad, debemos ser disciplinados en la vida de piedad, aunque nuestros padres no nos hayan educado para eso. Pero lo que estamos diciendo aquí, hermanos, es que es indudable que la crianza de nuestros padres tiene una fuerte incidencia en nuestras vidas, fuerte y determinante.

Aunque debo aquí hacer una nota pastoral: hermanos, yo no digo esto para que nos sintamos molestos y amargados con los padres que Dios nos ha dado. Dios es soberano y Él nos dio a nuestros padres. Y por otro lado, hermanos, nuestros padres no eran cristianos. No los juzguemos duramente. Ellos no sabían lo que estaban haciendo. Ellos no tenían la luz que nosotros tenemos. Pero hermanos, nosotros sí tenemos esa luz. Ellos tenían cierta justificación, excusa; pero nosotros no tenemos justificación, no tenemos excusa.

Y hermanos, por amor a vuestros hijos, no esperen para comenzar a moldear el carácter de ellos, porque mientras más tarden en comenzar, más dura será la astilla para poder darle forma. Más dura será, más difícil será.

3. Por los trágicos resultados que vendrán si descuidamos ese deber

¿Por qué debemos dedicarnos a moldear el carácter de nuestros hijos? En primer lugar, por la realidad del pecado que mora en cada uno. En segundo lugar, por la efectividad de la corrección paterna. En tercer y último lugar, por los trágicos resultados que vendrán si descuidamos ese deber. Proverbios capítulo 29, versículo 15. Salomón, una vez más, dice aquí:

La vara y la corrección dan sabiduría, mas el muchacho consentido avergonzará a su madre. (Pr. 29:15)

Y al igual que nuestro texto anterior, este contiene una buena noticia y una mala. ¿Cuál es la buena noticia? Que la vara y la corrección dan sabiduría. Que Dios se complace en usar esos medios de su gracia común para obrar en nuestros hijos su gracia especial. La vara no sólo lo alejará de la necedad, sino que la vara le dará sabiduría.

Pero también tenemos aquí una mala noticia: «El muchacho consentido avergonzará a su madre». He aquí el resultado que debemos esperar si descuidamos a nuestros hijos. No podemos desatender a nuestros hijos y escapar del resultado que encontramos en este texto.

Aunque aquí también debo hacer otra aclaratoria. No todos los niños e hijos que al final causan vergüenza a sus padres es porque fueron desatendidos, no necesariamente. Yo conozco hijos de padres piadosos que los educaron en la disciplina y amonestación del Señor y en algún momento se extraviaron. Hermanos, no necesariamente todo hijo que avergüenza a su padre es por culpa de su padre. El texto no está diciendo eso. Aquí no está diciendo que todo hijo que avergüenza a su padre es porque él lo desatendió. Lo que aquí está diciendo es que todo el que lo desatiende causará su vergüenza. Eso es lo que está diciendo el texto. Desatender a nuestros hijos traerá sus consecuencias. ¿Cuál es la consecuencia? Seremos avergonzados.

Nuestros hijos tienen maldad en sus corazones, y si los desatendemos, esa maldad crecerá, y nosotros seremos avergonzados. ¿Cuándo? Cuando veamos manifestarse la rudeza de nuestros hijos, su egoísmo, su falta de dominio propio. Ese bebito muy tierno algún día crecerá, y será un niño rudo y rebelde que no puede estar tranquilo en ningún sitio. Y por más que usted diga que su hijo es «hiperactivo», la gente se sentirá molesta en el supermercado, en la consulta del dentista, en la casa de su amigo; se sentirá molesta porque su hijo es un incontrolable, no hiperactivo. ¿Y sabe qué pasará, hermano o hermana? Te sentirás avergonzado de tu hijo porque no lo puedes controlar. Porque es un incontrolable. Es lo que el texto está diciendo. El muchacho consentido causará vergüenza a sus padres.

Y dice John Abbott algo que me puso a temblar en su libro. Él decía a los creyentes:

Vuestra felicidad futura está en las manos de vuestros hijos. Ellos podrán ensombrecer todas vuestras expectativas, amargar todas vuestras alegrías y haceros tan miserables que vuestra única esperanza de alivio sea la muerte.

Hermanos, aquí no estamos hablando de una tontería. Esos que están hoy en las cárceles por ser unos narcotraficantes, esas que están ahora mismo en las calles ejerciendo la prostitución, también tuvieron padres y fueron bebitos inocentes, fueron niños pequeños en las manos de sus padres. Y eso es lo que Abbott te está diciendo. El muchacho consentido avergonzará a su padre.

El que dice no tener tiempo

Hermanos, muchas personas evaden este deber de moldear el carácter de sus hijos diciendo que no tienen tiempo. No tienen tiempo. Y ¿saben lo triste del asunto? Es verdad que no tienen tiempo. Es verdad que no tienen tiempo. Viven tan centrados en sí mismos, tan dedicados a agradarse a ellos mismos, que ciertamente no tienen el tiempo que se requiere para moldear el carácter de un niño. Eso no se hace en una hora, no se hace en dos, ni en una semana, ni en un mes. Eso requiere de tiempo.

Y si la madre lo que prefiere es tomar su carro en las mañanas y salir a hacer todas las diligencias que pueda, o a visitar a papi o a mami, o a hacer cualquier otra cosa que pueda sacarla de la casa, ¡claro que no tiene tiempo! Claro, pero no importa: ella tiene un servicio maravilloso. Un servicio tan maravilloso que ella no sería capaz de darle a esa mujer la llave donde guarda sus joyas y sus brillantes, pero pone en sus manos el alma de su hijo. El alma de su hijo. Claro, no le daría la llave del armario donde guarda sus joyas.

Y claro, no solamente están las niñeras; para eso también están los abuelos, para dejarles a los niños todos los fines de semana e irme a andar con mi marido, porque «yo también tengo que disfrutar de la vida». Hermano y hermana, Dios te ha dado un vientre para fecundar a un niño, y después de nacido tienes que criarlo. Y eso requiere de tiempo. Moldear el carácter de un niño no se hace en un día, ni en dos, ni en un año, ni en diez. Eso es una labor que requiere de esfuerzo. Es una labor que requiere mortificar el maldito egoísmo que tenemos en el corazón. Aquí no estamos jugando, hermanos. Aquí estamos hablando de algo serio.

¿Y qué pasa con el padre? El padre tampoco tiene tiempo. Él está dedicado a cosas más importantes. ¿Y cuáles son esas cosas más importantes? Hacer dinero y hacerse de un nombre. Hacer dinero y hacerse de un nombre, para que la gente diga: «Oh sí, yo conozco a fulanito de tal, él es amigo de mucha gente influyente. En sus fiestas van todos los apellidos preminentes de República Dominicana». Hombres que tampoco tienen tiempo para criar a sus hijos. Vayan a sus casas para ver el desastre de familia que tienen. Ellos tienen villas en La Romana, casa en Miami, cuenta de banco fuera, pero vayan a sus casas para ver esas familiotas que tienen. Hijos que no sirven para nada. ¿Saben por qué? Porque los padres no tenían tiempo. Ellos estaban demasiado ocupados haciendo dinero y forjándose un nombre. Y el poco tiempo que tienen libre, esos pobres padres están tan saturados y cansados que no lo pueden emplear para estar un rato con sus hijos, porque después de todo él también requiere de descanso, él también necesita tiempo para descansar.

Es verdad que no tienen tiempo porque son materialistas y deben arrepentirse de ese pecado.

La responsabilidad recae sobre el padre varón

Padres —y cuando hablo de padres estoy hablando aquí a los varones—, padres de nuestra iglesia: es sobre ustedes que recae la mayor responsabilidad en la crianza de vuestros hijos, no sobre sus esposas. Es verdad que ellas son las que tienen más tiempo con ellos, y así fue como Dios lo planificó. No para que la mamá vaya a buscar un trabajo fuera para «realizarse como mujer». Te quieres realizar como mujer: dedícate a la crianza de tus hijos. Que ese no fue un trabajo que Dios le dejó a cualquiera. Se requiere de mucha inteligencia y de mucha sagacidad espiritual para poder criar a un muchacho. Y el mundo nos ha vendido la imagen de que la mujer inteligente está en la calle trabajando, la pobre estúpida está en la casa criando a sus hijos. Pero esa es una imagen completamente distorsionada de lo que enseña la Escritura.

Pero hermanos, aún así debemos repetir: no es sobre las madres que recae la mayor responsabilidad, es sobre los padres. Son ustedes los que están llamados a marcar las pautas de la crianza de sus hijos. Ustedes son los que ponen las reglas. Ustedes son los que deben conocer cuáles son las debilidades de sus hijos. Ustedes son los que deben planificar cómo van a trabajar con las debilidades de ellos. Y por otro lado también están llamados ustedes a trabajar directamente con vuestros hijos para moldear su carácter.

Y eso hay que tomarlo en cuenta a la hora de elegir un trabajo. Eso hay que tomarlo en cuenta, y en ocasiones tendrá que tener el coraje de decirle a su jefe que usted es un hombre de familia y que no va a descuidar a su esposa e hijos por una maldita carrera. Y se requiere de coraje, de valor para decirle a su jefe; pero hay que decírselo, porque no somos padres sin hijos: tenemos muchachos y esposa que atender. Y tenemos que ser valientes y decirle al jefe: «Lo siento mucho». Y cuando el jefe nos diga: «No vas a llegar a ningún lado», le diremos: «Está bien no llegar a ningún lado, pero en el tribunal de Dios no tendré que bajar la cara avergonzado cuando mis hijos sean arrojados en el infierno por mi culpa».

Hermanos, yo no estoy diciendo con esto que dejen su trabajo y que se pasen el día entero en su casa sin hacer nada, porque eso no es propio de un hombre. Aquí estamos hablando de prioridades. Aquí estamos hablando de pensar cuidadosamente cómo vamos a planificar nuestro horario, de tal manera que cumplamos con nuestras responsabilidades laborales, pero sin descuidar a nuestras esposas, sin descuidar a nuestros hijos. Porque Dios ha puesto sobre los padres esa responsabilidad.

Hermanos, Dios ha puesto sobre nuestros hombros una importantísima tarea: moldear el carácter de nuestros hijos. Y ellos lo necesitan desesperadamente. Descuidar esa tarea no sólo es un pecado contra Dios, sino también una crueldad contra nuestros hijos. Una crueldad contra nuestros hijos. Nuestra influencia será determinante en los años futuros de nuestros hijos. Ellos no pueden moldearse solos, y nosotros dejaremos en ellos marcas indelebles —estemos conscientes de eso o no, sea para bien o sea para mal—.

Dos ejemplos: la madre de Washington y la madre de Byron

Y para concluir, yo quisiera dejar en vuestras mentes dos ejemplos, uno positivo y otro negativo, que usa John Abbott en su libro: el ejemplo de la madre de Washington y el ejemplo de la madre de Byron. Dice Abbott:

George Washington tuvo una madre que hizo de él un buen muchacho, e infundió en su corazón aquellos principios que lo llevaron a ser el benefactor de su país y uno de los ornamentos más brillantes del mundo. La madre de Washington merece la gratitud de su nación. Ella enseñó a su hijo los principios de la obediencia, del valor moral y de la virtud. Ella en gran medida formó el carácter del héroe y del estadista. Fue en el contexto de su hogar que ella enseñó a su hijo juguetón a gobernarse a sí mismo. Y así fue preparado para la brillante y útil carrera que luego prosiguió.

Tenemos una deuda con Dios por el don de Washington, pero no estamos menos endeudados por el don de su inestimable madre. Si hubiese sido una madre débil, indulgente e infiel, las energías desenfrenadas de Washington posiblemente le habrían elevado al trono de un tirano o, en su desobediencia juvenil, probablemente habrían preparado el camino para una vida de crimen y un sepulcro deshonroso.

Y hoy estaríamos hablando de Washington como de un perverso. Pero ese hombre tuvo una madre dedicada y fiel, que forjó en el corazón de ese muchacho lo que llegó a ser.

Pero tenemos también el ejemplo negativo de Byron, un poeta inglés autor de obras atormentadas, impetuosas, violentas, como lo fue también su propio carácter y su propia vida. Este hombre murió en 1824, es decir, 25 años después de la muerte de Washington y nueve años antes de que se publicara en Inglaterra el libro de John Abbott. Por eso, para los lectores de este hombre, el ejemplo de Byron estaba muy fresco en sus mentes. Dice Abbott, hablando de Byron:

Byron tuvo una madre que era exactamente lo opuesto a la señora Washington. Y ese carácter de la madre fue transferido al hijo. Así que no nos debemos maravillar de su carácter ni de su conducta, porque lo vemos como la consecuencia casi necesaria de la educación que recibió y de las escenas presenciadas en el salón de su madre. Por un tiempo la madre le permitía desobedecer sin castigo, mientras que en otras ocasiones, en un estallido de ira, saltaba sobre él para golpearlo.

¡Y qué imagen más familiar para nosotros! La madre y el padre que durante un tiempo dejan a sus hijos hacer lo que les dé la gana porque no los están molestando, pero en un momento dado el padre está molesto por alguna razón, salta sobre el hijo y lo golpea. ¿Qué le están enseñando a sus hijos con eso? Dice este señor:

De ese modo, ella le enseñó a desafiar toda autoridad divina y humana. Ella le enseñó a entregarse sin restricción al pecado, a entregarse a sí mismo al poder de sus pasiones locas. Ella le enseñó a entregarse a ese mar de libertinaje y de maldad en cuyas olas Byron fue echado toda su vida. Si los crímenes del poeta merecen la execración —es decir, el aborrecimiento del mundo—, el mundo no puede olvidar que fue su madre quien fomentó en el corazón juvenil de su hijo aquellas pasiones que hicieron de su hijo una maldición para sus contemporáneos.

Eso fue lo que Byron aprendió de su madre. No porque ella se lo quiso enseñar, pero indirectamente se lo enseñó.

La madre de Washington, la madre de Byron, hermanos: ¿qué nosotros queremos lograr con nuestros hijos? Porque cualquier cosa que queramos lograr, que no sea que ellos sean unos depravados perversos, requiere de esfuerzo de parte nuestra.

Hermanos, que Dios nos ayude a tomar en serio las advertencias que hemos escuchado esta noche. ¿Saben por qué? Porque nuestros hijos, la iglesia y el mundo, necesitan desesperadamente que nosotros lo tomemos en serio.

¿Por qué nuestros hijos necesitan desesperadamente que nos ocupemos de criarlos en la disciplina y amonestación del Señor? Primero, por la maldad que mora en sus corazones. Segundo, por la efectividad de la corrección paterna. Tercero, por las trágicas consecuencias que nos vendrán si descuidamos esa labor: seremos avergonzados.

Hermanos, que Dios nos ayude. Que Dios abra nuestro entendimiento y ponga un peso en nuestros corazones para trabajar bíblicamente con nuestros hijos. Vamos a orar.

Oh Señor y Dios, cuán serias son las advertencias que hemos escuchado de Tu Palabra en esta noche. Padre, perdónanos, perdónanos porque muchas veces no somos todo lo fieles y todo lo responsables que debemos ser en la crianza de nuestros hijos. Perdónanos, oh Señor, porque tendemos al hastío, al cansancio, a la desesperación, muchas veces cuando vemos que trabajamos y trabajamos con ellos y a veces no contemplamos ningún progreso. Pero ayúdanos, oh Señor, con el poder de Tu Espíritu; aliéntanos, ayúdanos, para que podamos continuar desarrollando en ellos y moldeando el carácter de ellos, de manera que algún día podamos presentártelos a Ti como un trofeo de Tu gracia. Bendice a nuestros hijos, oh Señor, ten misericordia de ellos, ayúdanos a criarlos en Tu temor. Te lo suplicamos en el nombre de Jesús. Amén.