Casete número dos de la misma serie impartida en la clase de Escuela Dominical para adultos de la Iglesia Bautista Trinity, el 13 de enero de 1991.
Transcrito y traducido al Español por Opus 4.7 Claude.
Hace dos semanas aprovechamos esta clase para considerar el tema del abuso infantil, centrándonos no en la horrible realidad del abuso sexual de menores, sino en un sentido mucho más general. A la luz de la respuesta de ustedes como pueblo del Señor y de las preocupaciones pastorales que el Señor ha puesto en mi corazón, abordaremos ese tema nuevamente hoy, y si Dios quiere, también el próximo día del Señor, cuando tendré el privilegio de enseñar la clase de adultos otra vez.
Al retomar el tema, confío en que no hay ni uno de ustedes que sienta que es irrelevante para su vida. Muchos son actualmente padres con hijos aún en su minoría de edad —es decir, menores de edad legal y bajo el cuidado de sus hogares. Para ustedes, la relevancia es muy patente.
Otros somos abuelos, con la responsabilidad de estar en las alas, por así decirlo, como una especie de control de calidad y corte de consejo para ayudar a nuestros propios hijos en la crianza de los nietos, y para asegurarnos de estar al lado de ellos en la implementación de sus convicciones sobre la formación de los hijos. Así, nosotros como abuelos podemos no ser culpables de las diversas formas de abuso infantil que quizá evitamos en la crianza de nuestros propios hijos, pero que en la blandura y la erosión que tantas veces vienen con los años podríamos llegar a cometer —no contra nuestros propios hijos, sino contra nuestros nietos.
Y luego están otros entre ustedes que sé esperan ser padres algún día. Para algunos hay otra esperanza intermedia: que Dios les conceda un esposo o una esposa, y que en la bendición de Dios sobre esa unión engendren hijos.
E incluso si no encajan en ninguna de esas categorías ahora ni nunca, sí tenemos responsabilidades unos con otros que tocan cualquier área del deber bíblico. Hebreos 10:24 dice: «Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras». Y aquellos de ustedes que tal vez nunca se casen, nunca sean padres o abuelos y no tengan hijos propios —ustedes sí tienen hermanos y hermanas que los tienen. Y tienen obligaciones hacia ellos para estimularlos al amor y a las buenas obras. Y mientras más exacta sea su comprensión de estas perspectivas bíblicas, más capaces serán de ayudar amorosamente a sus hermanos y hermanas que, en la voluntad de Dios, tienen esta responsabilidad solemne del cuidado de sus hijos.
Y luego, además, a la luz de Gálatas 6:1, hemos de procurar proveer un clima de restauración benigna unos a otros si se perciben faltas. Y cualquiera sea nuestra relación directa con los niños, todos nosotros tenemos alguna relación con ellos y sus padres. Y Gálatas 6:1 dice: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». Así que, al pensar en las diversas categorías de los miembros de esta congregación, no creo que haya uno solo entre ustedes que esté exento de la relevancia de nuestro tema.
Repaso: dos presupuestos fundamentales
Ahora, brevemente, a manera de repaso, déjenme poner ante ustedes dos asuntos cruciales antes de retomar nuestra discusión. Cuando tomamos el tema hace dos semanas, presenté ante ustedes lo que llamé los presupuestos fundamentales para nuestra discusión —los presupuestos que sostienen toda nuestra discusión. En otras palabras, nuestra discusión está predicada sobre, asume la existencia de, estos dos presupuestos vitales.
Presupuesto uno. El deber fundamental de los padres cristianos está delineado en Colosenses 3:21 y en Efesios 6:4: «Padres, no irritéis ni amargéis a vuestros hijos, para que no se desalienten», y: «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor». Así que el presupuesto número uno es que esos dos textos dan una destilación, en forma resumida, del deber comprehensivo de los padres cristianos.
Presupuesto dos. Estos deberes requieren el uso justo del castigo corporal y de la dirección y corrección verbal autoritativa. Estos deberes requieren el uso justo del castigo corporal y de la dirección y corrección verbal autoritativa.
Esto es muy claro en Efesios 6:4. Hemos de criar a nuestros hijos por medio de la disciplina y la amonestación. La amonestación es dirección y corrección autoritativa de nuestros hijos.
Ahora bien, esto es impopular en nuestra época. Se nos dice que de alguna manera retorcerá, sofocará o deformará el ego y la psique emergentes de nuestros hijos si les imponemos nuestros sistemas de valores. ¿Han oído algo parecido? Bueno, miren: en la medida en que nuestros sistemas de valores se derivan de la Palabra de Dios, eso no solo es absurdo —es una mentira descarada que contradice lo que la Palabra de Dios dice que hemos de hacer. Hemos de nutrir, no estrechar, ni sofocar, ni deformar a nuestros hijos por medio de la amonestación, la dirección y la corrección autoritativas. Esas son las cosas con las que ellos son nutridos. No es de extrañar que el profeta Isaías dijera: «¡Ay de los que al mal llaman bien, y al bien mal!». Porque ese es exactamente el clima en que vivimos en nuestra época.
E igualmente con el castigo corporal o las nalgadas: hemos de criarlos en la disciplina del Señor —la palabra en ese contexto significa principios morales y lecciones impuestas mediante el uso prudente y sabio de la vara de corrección. Ese término que se repite una y otra vez en el libro de Proverbios —Proverbios 22:15, 23:13-14 y muchísimos otros textos.
Esos son nuestros dos presupuestos. Para cualquiera que no estuviera con nosotros la vez pasada, por favor no planteen esas preguntas hoy. Esos son nuestros datos dados. Eso es a lo que estamos comprometidos a la luz de las Escrituras.
Definición de trabajo del abuso infantil entre el pueblo de Dios
Y luego procuré poner ante ustedes una definición de trabajo del tipo de abuso infantil al que nosotros, el pueblo de Dios, somos susceptibles —no el tipo de abuso infantil del que solo los no convertidos son culpables, sino el tipo del que ustedes y yo, en el contexto de ser verdaderos creyentes y deseosos de obedecer la Palabra de Dios, podríamos, en uno u otro grado, ser culpables.
Y esta es la definición que les di como una definición de trabajo, y a la que seguiremos haciendo referencia a lo largo de nuestra discusión. La definí así: un patrón sostenido de exasperar o provocar a ira a un hijo, o un descuido sostenido de los medios ordenados para la formación del hijo, o un acto agravado que inflige daño permanente al cuerpo o al espíritu del hijo.
Y las palabras clave son patrón sostenido. Ningún padre es perfecto en su crianza. Y nadie está diciendo, ni debería decir, que somos culpables de abuso infantil si, al reflexionar al final del día, nos damos cuenta de que tal vez en cierta área de disciplina, amonestación o corrección fuimos un poco demasiado enérgicos, o un poco demasiado indulgentes. Pero ese no es el patrón global.
Es como las notas en el clavado: se descartan los extremos —los más altos y los más bajos— y se toman los del medio, los cuales son representativos de ese clavado en particular. Bien, estamos hablando de un patrón sostenido. No quisiera que ningún tierno hijo de Dios, comprometido a ser el mejor padre que la gracia de Dios pueda hacer de él o ella, pensara que ha sido culpable de abuso infantil porque sabe que no ha sido un padre perfecto. No estamos hablando de los actos ocasionales en los que fallamos, sino de un patrón sostenido de exasperar o provocar a ira a nuestros hijos, o de un patrón sostenido de descuidar la disciplina o la amonestación.
Pero además de eso, el pueblo de Dios podría ser culpable de abuso infantil por un acto agravado que inflija daño permanente al cuerpo o al espíritu del hijo. Hay ocasiones en que los hijos de Dios pierden los estribos y pierden el control. No deberían hacerlo. Si la pérdida del control es un patrón, ese hombre no es cristiano. La Biblia lo deja claro. La ira y el enojo están enumerados en Gálatas 5:19-20 como obras de la carne, y los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Los maldicientes —los culpables de un patrón de habla abusiva y destructiva— no son miembros del reino de Dios; 1 Corintios capítulos 5 y 6.
Pero Moisés —un verdadero hijo de Dios, el hombre más manso sobre la faz de la tierra— perdió los estribos. Y por eso no entró en la tierra de promisión. Por aquel solo acto se le prohibió la entrada en la tierra. Y así un hijo de Dios, en un arrebato de ira, podría cometer un acto que inflija daño permanente al cuerpo o al espíritu de su hijo. Y si es así, es culpable de abuso infantil. Gracias a Dios, no es el pecado imperdonable —pero no por eso deja de ser el pecado del abuso infantil tal como lo estamos definiendo.
Primera categoría: el clima general del hogar
Bueno, luego, habiendo dado ese repaso y aclaración de nuestros presupuestos y de nuestra definición de trabajo, abrí la clase para discusión. Y hubo varias observaciones útiles de parte de ustedes en cuanto a las maneras en que, según esa definición y basados en estos presupuestos, podríamos ser culpables del pecado del abuso infantil.
Y mientras luchaba con cómo aprovechar mejor estas dos —posiblemente tres— sesiones restantes sobre el tema, algo en mí quería simplemente abrir el tema de nuevo para recibir aportes. Pero luego pensé: no, si no comenzamos ahora a darle algunas categorías organizadoras a estas cosas, casi todo se evaporará en cuestión de semanas. Y por eso lo que quiero hacer esta mañana es tomar la primera de varias categorías dentro de las cuales este tipo de abuso infantil puede ocurrir entre el pueblo de Dios.
Y la primera categoría es lo que estoy describiendo como el clima general del hogar en el que los niños están siendo criados. Déjenme llamarlo el aire emocional y espiritual que flota por ese hogar mientras esta mamá —le pondremos piernas en un momento— y este papá de hombros anchos procuran criar a estos niños de una manera bíblica.
Y mucho abuso infantil entre el pueblo de Dios ocurre en lo que estoy describiendo como el clima espiritual y emocional general del hogar. Ahora déjenme explicar lo que quiero decir.
Si el abuso infantil del que estamos hablando es un patrón sostenido que exaspera, desanima o provoca a ira a nuestros hijos, entonces obviamente puede haber un clima en el hogar —emocional y espiritual— que efectivamente exaspera, desanima o provoca a ira.
Más aún: si según nuestra definición el abuso infantil es el descuido sostenido de los medios designados para la formación del hijo, entonces debemos abordar el asunto del clima espiritual y emocional del hogar, el cual determinará en gran medida si la amonestación y la corrección producen sus efectos deseados. Alguien podría estar administrando la vara correctamente en el análisis técnico de qué provoca las nalgadas y cuántas nalgadas se dan —pero si esto no se hace dentro de un clima emocional y espiritual apropiado, puede neutralizar la influencia santificadora de la vara. E igualmente con la amonestación.
La ilustración: radón y asbesto en el hogar
Déjenme ponerlo de esta manera, como procuraba ilustrarlo. Verán: podría haber un hogar que, en cuanto a su apariencia física general, hable de orden, calidez, habitabilidad. Un clima en la apariencia externa donde todo en él dice que este es un lugar donde los niños podrían ser criados con deleite, con comodidad y con eficacia.
Sin embargo, supongamos que los padres saben —les hicieron la prueba y saben— que hay niveles aterradoramente altos de radón que suben a través del piso del sótano, y los niños están siendo expuestos constantemente a influencias invisibles pero reales que podrían crear síntomas tempranos de cáncer mortal. Y no hacen nada al respecto. Porque los niños no saben; «lo que no saben no les hará daño». Supongamos que en una investigación posterior descubren que hay niveles muy elevados —por un revestimiento antiguo de las tuberías a lo largo de toda la casa con un aislante con asbesto. Tienen un sistema de calefacción de aire forzado caliente que está circulando constantemente partículas minúsculas invisibles pero reales de asbesto, las cuales los niños están respirando en sus pulmones.
Ahora bien, ¿esos padres serían acusados con justicia de abuso infantil si se descubriera que sus hijos tienen varias formas de cáncer a los veinte años? ¿Sí o no? Sí. Incluso podrían ser legalmente acusados si se pudiera comprobar que conocían las condiciones y no las corrigieron.
Ahora bien, ¿cuál era el problema? Había un clima, una condición atmosférica que, muy imperceptiblemente, los niños estaban respirando día tras día —y eso los estaba preparando para una tumba temprana.
Pues bien, de la misma manera, padres cristianos —por descuido, por falta de disposición para mortificar ciertos pecados en sus propios corazones, por pereza espiritual y un sinfín de otros pecados— pueden fallar en crear el clima saludable esencial para una crianza efectiva, o pueden tolerar el radón y el asbesto de pecados no mortificados que producirán cánceres espirituales en sus hijos.
¿Les hizo eco la ilustración en sus corazones? Espero que sí. Y espero que se quede ahí, y espero que nunca la olviden. Porque eso es de lo que estamos hablando: un patrón sostenido que desanima o provoca a ira a nuestros hijos; un patrón sostenido del descuido de aquellos medios esenciales para su formación. Y en la cima de la lista de esos medios está, bajo Dios, la creación de un clima espiritual y emocional general en el hogar que hará que esos medios ordenados por Dios, bajo la bendición del Espíritu Santo, sean eficaces en las vidas de nuestros hijos.
El radón espiritual del hogar: la hipocresía (Mateo 23)
Bien, intentemos identificar algo del asbesto espiritual y el radón. Daré la cátedra en la primera parte y luego abriré para que ustedes me den la retroalimentación sobre los resultados de estas diversas formas de radón espiritual y asbesto suspendido. Pero déjenme poner ante ustedes cuatro asuntos con respecto al clima espiritual y emocional general del hogar, todos bajo una misma cabeza: cuando un hogar está caracterizado por la hipocresía, en oposición a la sinceridad y la realidad.
Cuando el clima de un hogar está caracterizado por la hipocresía en los padres, en lugar de la sinceridad y la realidad —ese hogar está constantemente lleno del radón nocivo que destruirá las almas de nuestros hijos.
¿Y cuáles son las características principales de tal hipocresía, en oposición a la sinceridad y a la realidad? Bueno, no conozco una exposición más concentrada de ese horrible pecado de hipocresía que la que se da en Mateo 23. Así que vayamos allí juntos y miremos brevemente cuatro de las características principales de la hipocresía.
Nuestro Señor está hablando a los escribas y fariseos. Pero el principio es este: aquellos que debían guiar y nutrir a otros no podían verdaderamente guiarlos y nutrirlos —porque eran hipócritas; ellos mismos no eran reales. ¿Y cuáles son las marcas de esa hipocresía cuando se manifiesta en las relaciones reales entre los líderes y aquellos que son guiados?
Primera marca: «Dicen, pero no hacen» (Mt. 23:3-4)
Miren la primera, justo al comienzo del capítulo. «Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo». Mientras estén citando a Moisés, ustedes mejor obedézcanlos, porque Moisés era profeta de Dios. Y cuando se sientan en la cátedra de Moisés y leen de la ley y los profetas, obedézcanlos.
Pero luego dice: «mas no hagáis conforme a sus obras». Obedézcanlos cuando citen las Escrituras; no los sigan en la manera en que viven. «Mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen» —y en el contexto: «dicen», ¿con qué propósito? Con el propósito de guiar a otros. ¿No es ese el contexto? No se sentaban simplemente en la cátedra de Moisés a citar las Escrituras porque les encantara oírse. Sus discípulos estaban reunidos delante de ellos. Sus seguidores estaban congregados ante ellos. Así que decían, con el fin de dar instrucción a otros, pero ellos mismos no encarnaban esas instrucciones en sus propias vidas.
«Dicen, y no hacen». Versículo 4: «Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres». ¡Ay! Y exponen los deberes de otros hasta que el hombre queda abrumado por una carga tres veces más pesada de lo que un hombre común puede llevar. «Pero ellos ni con un dedo quieren moverlas». No alargarán siquiera un dedo para tocar esa carga y ponerla sobre sus propias espaldas. Ellos mismos no la moverán con su dedo.
Ahora bien, si ustedes quieren crear un clima de hipocresía y falta de realidad —que es una de las formas más viciosas de abuso infantil— entonces esto es todo lo que necesitan hacer: estén suficientemente familiarizados con las Escrituras para poder traer ante sus hijos la Palabra de Dios con respecto a la honestidad, la integridad, la sensibilidad hacia los demás, hacer a otros lo que querrías que ellos te hicieran a ti, y todos los preceptos morales de la Palabra de Dios. Pero luego no encarnen esos preceptos en su propia vida, y no sean valientes y sinceros en confesar sus fracasos delante de sus hijos. Caminen delante de ellos como si nada hubiera pasado, cuando han fallado en guardar los mismos mandamientos y preceptos que han puesto sobre las conciencias de sus hijos.
¿Y saben lo que están haciendo? Están creando un clima en el hogar de hipocresía y de ausencia de realidad. ¿Y qué producirá esto? Provocará a sus hijos a ira. Los provocará a desánimo. Y escúchenme bien: creará el peor tipo de cinismo y dureza hacia el evangelio. Porque proyectarán a todo otro adulto que intente enseñarles la Palabra de Dios la hipocresía que se manifiesta en sus padres. Y dirán: «El predicador es como mamá y papá. Puede pararse allá arriba a tronar y hablar y decirnos qué hacer, pero apuesto que él tampoco lo hace».
Porque la exposición más cercana, más activa, más completa que ellos tienen a figuras de autoridad enseñando la Palabra de Dios son sus padres. ¿Habríamos de declararlos culpables si proyectan a todas las demás figuras de autoridad de menor intimidad la idea de que probablemente operan igual que mamá y papá?
Esa es la primera marca del horrible radón de la hipocresía que crea un clima de vicioso abuso infantil.
Segunda marca: inconsistencias disimuladas con palabras hábiles (Mt. 23:16-22)
Miren la segunda, en los versículos 16 al 22. No es exhaustivo; quiero seleccionar las más aplicables al hogar.
«¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor». En otras palabras: si alguien decía: «Juro por…» —no por Salomón, sería entonces por el templo de Herodes— «Juro por el templo», ellos decían: «Ese juramento no te ata». Pero si decías: «Juro por el oro del templo de Herodes», ahora sí estás obligado a cumplir tu juramento. Hacían una distinción entre un juramento genérico por el templo y un juramento por el oro del templo. Uno te ataba; el otro no.
Versículo 17: «¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?». Dice: si van a hacerlo, háganlo al revés. Porque ¿qué es mayor, el oro o aquello que ha convertido al oro de un metal precioso común en una cosa sagrada por ser parte del templo, el cual es un objeto sagrado apartado para Dios? ¿Cuál es mayor: el oro, o el templo que santifica al oro? Si van a jugar este juego, al menos digan que un hombre está obligado cuando jura por el templo, no por el oro. Porque ustedes están tan llenos de hipocresía y distinciones artificiales que incluso sobre la base del sentido común lo tienen todo enredado.
Luego sigue diciendo —versículo 18: «También: Si alguno jura por el altar, no es nada». «Oh, eso no es nada. Pueden decir: ‹Juro por el altar del templo›. Alguien dijo que en realidad eso no los obliga». «Pero el que jura por la ofrenda que está sobre el altar, es deudor». Es decir, está realmente atado a su juramento. Aquí hicieron otra distinción muy artificial y arbitraria en cuanto a qué juramento los obligaría, en cuanto al objeto por el cual juraban al hacer el juramento.
«¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? Pues el que jura por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él; y el que jura por el templo, jura por él y por el que lo habita; y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por aquel que está sentado en él».
Ahora, si intentáramos identificar este elemento de su grosera hipocresía en relación con las obligaciones morales y éticas… Quiero que tengan presente el contexto. Verán: un juramento los ataba. La marca del hombre justo es que «jura aunque sea para su daño y» —¿qué?— «lo cumple» (Salmo 15:4). Así que esto tiene que ver con personas que atan las conciencias de otras personas a un deber moral.
Ahora bien, ¿en dónde residía su hipocresía? ¿Pueden articular esto? ¿Alguien quiere intentar extrapolar el principio que hay en este pasaje que acabo de leerles? Bueno, creo que si pescáramos lo suficiente lo encontraríamos. Pero en aras del tiempo, déjenme decirles cómo lo he expresado yo. Lo llamé su capacidad de ser culpables de las inconsistencias más flagrantes y de disimular esas inconsistencias mediante el uso hábil de palabras.
¿No es eso lo que estaban haciendo en asuntos morales y éticos? Eran culpables de las inconsistencias más flagrantes. Jesús los expuso. Pero ellos lo disimulaban ante la gente común mediante un uso hábil de las palabras.
«Ah», dirán, «los padres cristianos no hacen eso, ¿verdad?». Oh, ¿no lo hacen?
El padre le dice al hijo que acaba de pelear con su hermano o hermana: «Ahora, ¿qué causó esto?». Y resuelves los asuntos. «Ahora, hijo, ahora, cariño: no debiste perder los estribos así y golpear a tu hermano y a tu hermana».
Diez minutos después, después de que el hijo ha recibido las nalgadas por haber perdido los estribos, ven que tú llegas a casa del trabajo, o sales del garaje, o ven que la esposa entra de hacer las compras —cualesquiera que sean las circunstancias. Y por alguna pequeña provocación oyen las palabras agudas entre mamá y papá. Y cuando en su inocencia dicen: «Papá, ¿no es eso estar enojado con mamá?», la respuesta es: «Guarda tu lugar y hónrame. Hay lugar para la ira justa. Tú no conoces las circunstancias. Ahora no seas tan impertinente como para volver a cuestionar lo que le digo a tu madre. ¿Me entiendes?».
¿Qué es eso? «¡Ay, hipócritas!». Lo que en el hijo fue el pecado de un espíritu no gobernado, en ti es una respuesta justa a la ineptitud de tu esposo o tu esposa.
¿No creen que el niño ve a través de esa hipocresía? Les digo: ese es radón potente —poder disimular inconsistencias flagrantes en el asunto de las responsabilidades éticas y morales mediante el uso hábil de las palabras.
Es algo horrible —una forma viciosa de abuso infantil. Porque tanto confunde la conciencia del niño, como provoca en él un sentido de incertidumbre. «Me parece que papá estaba enojado con mamá». Y arruinas en ese niño la capacidad de discernir qué es ira justa y qué es ira injusta. Qué es una expresión apropiada de ira y qué es una expresión impropia. Y lo que estás diciendo con tu boca, en términos de lo que estás haciendo con tu vida, no es solamente ser culpable de la primera categoría de hipocresía —exigiendo estándares en los hijos que tú mismo no sigues ni ejemplificas— sino ser culpable de inconsistencias flagrantes no arrepentidas y no reconocidas, disimuladas por el uso hábil de las palabras.
Tercera marca: perversión de los valores bíblicos relativos (Mt. 23:23-24)
Ahora miren la tercera categoría de hipocresía. Y no encuentro esto placentero, queridos hermanos, pero es necesario si vamos a evitar ser justamente acusados del abuso infantil como lo hemos definido. Ningún tribunal humano los tratará de esta manera, pero el tribunal de Dios sí lo hará. Y eso es lo que nos preocupa: el tribunal de Dios.
Miren los versículos 23 y 24. ¿Qué tenemos aquí? «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino». Fueron a la casa de su amigo para una comida. Y en lugar de llevar unas mentas de postre, o una caja de chocolates, le llevaron una bolsita de la menta que cultivaron en el jardín de atrás. Y la envolvieron en un paquete muy bonito; era un detalle precioso. Y antes de que la Sra. Finkelstein la pusiera en el estante, la saca y toma su pequeña balanza y la pesa. Dice: «Bueno, aquí hay cinco gramos de menta —cinco; bien, hay que diezmar medio gramo». Así que toma medio gramito y lo pone en una bolsita para llevar al templo. Y hace eso con el…
Esto es lo que el Señor está diciendo que hacían. ¿Pueden visualizarlo ahora? ¿Pueden ver a la Sra. Finkelstein en la cocina haciendo esto? Con su esposo detrás del hombro asegurándose de que lo esté haciendo bien. «Eneldo en el frasco, comino completo. Asegúrate, porque somos buenos diezmadores. Somos buenos diezmadores». «Honra a Jehová con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos»; incluso una décima parte de nuestras mentas de postre. «Vosotros diezmáis la menta y el eneldo y el comino».
Pero miren lo que dice: «y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello». Ahora noten lo que esto constituía: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!». Y aquí el Señor usa una ilustración grotesca. A veces me han acusado de ser un poco menos digno porque uso ilustraciones grotescas. Pues entonces acusarán también a su Señor —porque él usa una ilustración grotesca.
Si ustedes estuvieran en Palestina y estuvieran bebiendo el vino que primero llegó a ser vino cuando las uvas eran echadas a una copa de piedra abierta, del tamaño de estas pequeñas piscinas para exteriores que se compran en las tiendas… No tan honda. Y hacían un hueco en la piedra y luego habría un agujero al fondo que tapaban. Las uvas eran echadas adentro, y luego eran pisadas con los pies. Es por eso que el Antiguo Testamento habla de toda esa imagen del pisar de las uvas, y en el «Battle Hymn of the Republic» —«Aquel que pisa el lagar de la cólera de Dios»—. Esa imagen es tomada de la Escritura.
Y así pisaban las uvas. Bueno, obviamente, si lo pisaban al aire libre, y había moscas de la fruta alrededor, y se acercaban demasiado o se posaban demasiado —¡pum! Se acabaron. Y entonces ocurriría que se mezclarían con el jugo que saldría, y ese se vertiría en el odre de piel de cabra anudado por debajo: un odre nuevo, fresco. Luego se ataba la parte de arriba y el vino se ponía a fermentar. Y entonces tienen toda esa imagen, como dijo el Señor Jesús: «No se puede echar vino nuevo en odres viejos». Sería colgado de un trípode, y cuando se quería vino, se desataba la extremidad izquierda, se dejaba salir un poco y se volvía a atar.
Pero ahora, dadas las circunstancias en las que primero fue pisado, no querrían echarlo directamente en su copa. Así que toman un trozo de muselina y lo extienden sobre el recipiente. Y cuando vertían el vino del odre, este tenía que pasar por la muselina hasta la copa —y todas las pequeñas moscas y pulgas que cayeron dentro, o bebieron demasiado y se cayeron al vino y murieron en él, son filtradas. Así que aquí está la escena: aquí está un tipo, meticulosamente —tiene un huésped especial—, preparando meticulosamente su copa de vino. Quizá la cuela dos veces, para asegurarse de que ni el pie de una pulga pase.
Y luego dice: «Ven y sirve la copa de vino». Y está muy meticuloso también. Y mira a través de ella, la sostiene a contraluz. Dice: «Oh, se ve muy clara. No pies de moscas, alas, narices, nada. Eso es precioso». Y justo cuando está a punto de tomar su vino, lo pone sobre la mesa. El camello entra en la tienda y se mete dentro de la copa.
Ahora bien, ¿cómo metes un camello dentro de una copa? Bueno, no puedes. Es una figura grotesca, exagerada, bizarra. Pero Jesús la usó. Y he aquí que el tipo que era tan cuidadoso para asegurarse de que no hubiera mosquitos —no ve siquiera el camello, y se traga el vino con el camello entero dentro. Ahora miren el pasaje, y si esa no es la figura, entonces díganme qué es. «Coláis el mosquito y os tragáis el camello». Una figura grotesca, bizarra, exagerada —pero ¡qué poderosa!
Ahora bien, ¿qué está ilustrando Jesús en esto? «Diezmáis la menta y el eneldo y el comino, pero la justicia, la misericordia y la fe han quedado por hacer». Se aseguran de que su vino no esté de ninguna manera contaminado o estropeado estéticamente por el ala de una mosca —y sin embargo se tragarán todo un camello. ¿De qué habla Jesús aquí? ¿Cuál era el clima que los constituía guías ciegos? Otra imagen muy, muy impactante. ¿Pueden expresar en pocas palabras lo que Jesús está aislando aquí? ¿Alguien quiere intentarlo?
De nuevo, creo que si pescáramos lo suficiente lo conseguiríamos. Esta es la manera en que lo he expresado: cuando hay una perversión y distorsión obvia de los valores bíblicos relativos. Cuando hay una perversión o distorsión obvia de los valores bíblicos relativos.
¿Le dijo Dios al antiguo Israel: «Den un diezmo de todo lo que poseen. Honra a Jehová con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos»? ¿Requirió Dios eso? Sí. ¿Pero en cuántos lugares lo requirió Dios? Pueden contarlos con los dedos de una mano. ¿Pero en cuántos lugares en la revelación del Antiguo Pacto requirió Dios la justicia, la misericordia y la fe? Desde Génesis hasta Malaquías.
Esos son los grandes requisitos morales y espirituales abarcadores de Dios —que ejerzan justicia los unos con los otros; que los reyes ejecuten justicia en la tierra. Los profetas están llenos de llamados a la justicia en el trato de Israel los unos con los otros. Dios una y otra vez enfatiza la misericordia. Él mismo muestra su misericordia para con su pueblo a pesar de todos sus alejamientos y todas sus desviaciones. Y en el Antiguo Testamento dijo: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Dios una y otra vez enfatizó a través de las palabras de los profetas y de sus propios tratos con su pueblo que la misericordia había de ser la característica dominante de su pueblo.
Y la fe. Los héroes de la fe están enumerados en Hebreos 11. La gran mayoría son personajes del Antiguo Testamento. La idea de que el Antiguo Testamento es ley —haz y vive— y el Nuevo Testamento es fe —vive y haz—, eso es absurdo. Dios siempre llamó a su pueblo a una vida de fe; una vida de vivir sobre la base de la Palabra de Dios en el mundo invisible de la realidad espiritual, lo cual siempre producirá una vida de semejanza a Dios y de mente celestial.
Así que ven a estos guías ciegos. En otras palabras: no eran más aptos para ser guías del camino de otro de lo que un ciego es apto para guiar a alguien por un camino peligroso al borde de un precipicio escarpado.
Queridos padres: si quieren ser culpables de una forma muy viciosa de abuso infantil, entonces creen este tipo de clima en su hogar —un clima en el que hay una perversión y distorsión obvia de los valores bíblicos y de los valores bíblicos relativos.
Un hogar en el que sus hijos se crían temiendo una lista de prohibiciones. «¡Nunca te atrevas a fumar! Nunca te atrevas a ir a un cine comercial. Nunca te atrevas a considerarlo». Ahora, ¿estoy defendiendo el fumar? No. ¿Estoy defendiendo ir al cine comercial? No. Yo mismo no voy a ellos. Los que he visitado en mis años de adulto desde que soy cristiano se pueden contar con los dedos de una mano y posiblemente con uno de la otra. Y los podría nombrar. No he fumado desde los 17 años. Así que que nadie diga que estoy intentando favorecer mi propio bolsillo. No.
Pero aquí hay un hogar en el que los valores morales del niño se centran en los mosquitos —el fumar, la asistencia al cine. Hay mosquitos en cuestiones éticas y morales. Pero un hogar en el que la justicia está ausente. El primer hijo que entra y dice: «Tal y tal hizo esto» —se acepta su palabra. Y el siguiente niño recibe la zurra en sus posaderas sin nunca tener una oportunidad de presentar su versión. «El que primero presenta su causa parece justo, pero su vecino viene y lo examina» (Pr. 18:17). «No juzguéis según las apariencias —dijo Jesús—, sino juzgad con justo juicio».
Y padres y madres: Dios los llama a la justicia en su hogar. Aunque puede significar que tengan que examinar un asunto durante 3 horas antes de poder empezar siquiera a esperar haber llegado a los hechos. Pero no administrarán el castigo hasta que hayan hecho todo lo que puedan para asegurarse de que sea un castigo justo.
«Pero», dices, «pastor Martin, ¡tengo comidas que cocinar y…!». Amigos míos, escuchen. Yo fui criado en una familia de 10 niños, el segundo mayor. Crecí cambiando pañales, lavando platos y restregando pisos, y viendo a mi madre usar la vieja lavadora Maytag —teniendo que restregarlos en una tanda, ponerlos en la vieja tina de jabón y dejarlos remojar, y luego pasarlos por el escurridor. Y muchas veces yo mismo pasé docenas de pañales por el escurridor. Y aun así había tiempo para sentarse y aclarar la justicia en las tensiones, en una casita que —hasta que mi papá y yo le agregamos dos cuartos— era como el verso infantil: «Había una vieja que vivía en un zapato. Tenía tantos niños que no sabía qué hacer». Todos amontonados en una pequeña casita de seis habitaciones, parte del tiempo con una abuela y una tía viviendo con nosotros también.
Así que no me descarten como un idealista. Por la gracia de Dios criamos a tres niños; en cierto momento, todos tenían menos de 5 años. Estoy diciendo que algo es más importante en esa tarde del martes —cuando Johnny y Mary tuvieron una riña, y Mary entra y presenta un caso muy convincente de por qué a Johnny se le debería sacar el trasero. Algo es más importante que tener la cena exactamente a la hora: y eso es administrar la justicia en esa riña entre Johnny y Mary.
Y si tienes que recibir a tu marido en la puerta cuando llega del trabajo y decir: «Querido, recién comencé a preparar la cena, pero surgió este asunto, y sentí que si iba a administrar justicia tenía que trabajar en él. Y recién hace 10 minutos lo resolví. Lo siento, querido, pero sé que prefieres que administre justicia a que tenga la cena exactamente a las 5:30».
Y si él es un hombre piadoso, tomará a esa mujer en sus brazos y dirá: «Querida, te amo por no haberte detenido en el mosquito del horario común de la cena, mientras te tragabas el camello de una administración injusta del castigo en el hogar».
¿Ven cuán relevante es esto? Porque si están determinados a guardar sus pequeñas reglitas y tragarse los camellos de la injusticia y la falta de equidad —la misericordia, la justicia y la fe—, se han vuelto guías ciegos para la conciencia de sus hijos. Y los han enviado a la vida con una visión distorsionada de los valores éticos y morales y de su importancia y peso relativos.
Yo no dije eso. Jesús lo dijo. Creo que algunos de ustedes son culpables de ese tipo de abuso infantil. Están ciegos —porque mientras nunca pensarían en manchar sus labios y contaminar sus pulmones con un cigarrillo, succionan en su espíritu día tras día un espíritu falto de misericordia, falto de justicia, falto de fe.
¿Puedo decir que un cigarrillo no puede producir el cáncer moral que los sentimientos injustos hacia tus hijos pueden producir? Puede enviarte a una tumba temprana con cáncer de pulmón, pero no enviará a tus hijos al infierno por tener esta visión distorsionada de la justicia. No los enviará a la vida con una visión distorsionada de los valores.
¿Me oyen, queridos padres? Lo ven en el texto, o están sentados allí diciéndose: «Ah, ese es el pastor Martin». No, no. Jesús dijo esto. Jesús dijo: cuando estás más preocupado por las alas de las pulgas y las pulgas en tu vino que por tragarte el camello de la injusticia, la ausencia de misericordia y de fe —eres un guía ciego.
De modo que bajo Dios podamos crear en nuestros hogares un clima que no esté marcado por la hipocresía. La hipocresía que dice «haz lo que digo, no lo que hago». La hipocresía que hace distinciones artificiales con palabras —lo que en los niños es evidentemente un espíritu no gobernado de ira, en mí es un desahogo justo de mis derechos como esposo. Y que se enfoca en cuestiones pequeñas. Sí, son cuestiones pequeñas. Y debemos preocuparnos —servimos a un Dios meticuloso. Pero no ve la distinción entre un camello en su copa y el pie de una pulga en su copa.
Y están entrenando a sus hijos. Los están entrenando. Por eso él llamó a estas personas guías ciegos. Estaban guiando la conciencia de Israel. No es de extrañar que la multitud pudiera decir: «Oh, no nos atrevamos a crucificar a Cristo —es día de fiesta; debemos ser puros en la fiesta». Y no se conmocionaron con la idea de asesinar al Hijo de Dios. ¿No es eso lo que estudiamos en Marcos? «No en día de fiesta. Hemos de guardar la fiesta como santa. No podemos entrar en el palacio de juicio de Pilato; seremos contaminados para la fiesta». Pero podían gritar: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!». Y luego podían ir y comer la Pascua con buena conciencia. ¿Cómo se volvieron así? Guías ciegos que acondicionaron sus conciencias.
Y les digo: las horas que tengo que pasar con mis compañeros ancianos tratando con personas que son víctimas de guías ciegos —y algunas fueron criadas en hogares supuestamente cristianos. Hipocresía.
Cuarta marca: apariencias externas mientras se toleran vicios internos (Mt. 23:25-26)
Una característica más que quiero que veamos en este pasaje. Y aunque obviamente no vamos a llegar a las cosas que esperábamos, quiero que ustedes sepan que he llegado a una nueva determinación: que cuando esté preparado, y esté adecuadamente preparado, con las tres cosas —con las notas y los textos— no voy a apresurarme por un esquema. Prefiero que una semilla quede plantada profundamente que tres esparcidas en la superficie.
Pero miren la última característica que tiene tanta relevancia para un hogar cristiano y su atmósfera y clima. Versículos 25 y 26: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio».
Y básicamente lo que tienen aquí —en interés del tiempo, iré directamente al meollo del asunto: estaban preocupados con las apariencias externas mientras toleraban groseros vicios internos. Jesús dijo que el interior de su humanidad era como una copa que no había sido lavada en meses. El exterior era como una copa que había sido lavada y pulida tres veces al día. Limpian el exterior, pero por dentro están…
¿Quieren crear un clima en el hogar lleno del radón venenoso y nocivo de la hipocresía? Entonces, como padre, preocúpate más por cómo apareces ante tus hijos y ante los demás que por cómo apareces ante Dios. Preocúpate más por lo que tus hijos creen que eres que por lo que Dios sabe que eres —y encajas perfectamente en el cuadro.
Si no estás, en el transcurso de un día, lamentándote ante Dios sobre el fregadero, como madre; sobre la tabla de planchar; como obrero en la oficina, en la tienda, en el camino mientras viajas; si cuando pensamientos de orgullo y lujuria y egoísmo e ira injusta buscan contaminar tu espíritu, no estás clamando: «Oh Señor Jesús, límpiame por tu sangre. Restriega el interior de la copa». Y solo te preocupas si tu hijo te encuentra mirando una revista indecente —entonces sí te preocuparías. Pero si puedes pasar imágenes en la pared de tu mente una docena de veces al día y no preocuparte, estás creando el radón y las partículas suspendidas de asbesto en tu hogar.
Y no se sorprendan si sus hijos son afligidos con el cáncer de ser desanimados, de volverse cínicos, de convencerse de que no hay nada, ni nadie, real. Los resultados en sus hijos serán los opuestos directos del mandato de Colosenses 3 y Efesios 4: «Padres, no exasperéis ni irritéis a vuestros hijos, para que no se desalienten». «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos».
Un llamado al cierre
¿Puedo dar un desafío al cerrar a ustedes, madres y padres? No puedo pensar en una mejor manera de gastar una hora de este día del Señor que esta: que ustedes, mamás y papás, cuando los niños estén tomando su siesta o en su tiempo tranquilo —para estar descansados para el servicio de la tarde— tomen estas cosas y digan: «Oh Dios, danos un pequeño día de juicio».
Y si nuestro hogar tiene algo del radón y las partículas suspendidas del asbesto de la hipocresía —en oposición a la realidad, la sangrante realidad— Señor, muéstranos si estamos exigiendo en los niños lo que nosotros mismos no ejemplificamos. Señor, muéstranos, para que cuando los niños se levanten de sus siestas podamos tener un consejo familiar y confesar nuestros pecados a ellos.
Señor, muéstranos si hay inconsistencias flagrantes que estamos disimulando mediante el uso hábil de palabras y engañando las conciencias de nuestros hijos. Pide a Dios que te muestre, y luego prepárate para confesárselo a los niños cuando se levanten de sus siestas, si tienen edad suficiente.
Y si ha habido una perversión y distorsión obvia de los valores bíblicos relativos, identifica esas áreas. Confiésalas al Señor. Y cuando los niños se levanten de su siesta, confiésaselas a esos niños, y diles que por la gracia de Dios has terminado con este asunto.
Y si has estado preocupado por las apariencias externas mientras toleras vicios internos groseros, dile a Dios que eres un guía ciego y que quieres ser hecho un guía con vista. Y luego díselo a tus hijos.
Ahora creo que algunos de ustedes son lo suficientemente serios sobre la Palabra de Dios para hacer lo que les he amonestado a hacer. Pero les digo que lo que rompe mi corazón es que también creo que algunos de ustedes oirán este tipo de cosas —asistidos, creo, por el Espíritu Santo esta mañana— y no harán ni una sola cosa al respecto. Que Dios tenga misericordia de ustedes y de sus hijos. Y espero haber ido al cielo antes de que mis compañeros ancianos y yo tengamos que tratar de recoger el desastre que viene de su radón y su asbesto —porque alguien tendrá que tratar de ordenar el desastre.
Oración de cierre
Oremos.
Oh Señor, nuestro Señor, ante quien todas las cosas están desnudas y manifiestas: ¿no tomarás tu Palabra esta mañana y nos escudriñarás hasta lo más profundo de nuestro ser? Que donde haya algo de la hipocresía de los fariseos y los escribas en nosotros —no como reinante, pues sabemos que eso sería inconsistente con estar en un estado de gracia, sino como un aspecto feo de nuestro pecado remanente— oh Dios, con David oramos: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí algún camino de perversidad, y guíame en el camino eterno».
Bendice a los padres que ya han resuelto seguir el consejo dado, para pasar un tiempo solemne en tu presencia esta tarde, y luego, donde se descubra el pecado, confesártelo a ti y, donde sea necesario, a sus hijos. Señor, ¿no harías una gran obra en toda esta congregación hoy, purgando nuestros hogares de este radón tóxico y de esta más mortal de las hipocresías? Y en su lugar, concede la atmósfera y el aire saludables de la realidad, la transparencia, la apertura, los valores correctos. Oh Dios, hazlo.
Lo pedimos por el bien de tu Hijo, por el bien de los preciosos niños que se nos han confiado en esta congregación de muchas maneras. Escucha nuestro clamor y respóndenos por amor de Jesús. Amén.